4 de noviembre de 2012

Pisuerga: jara y sedal

Dice el refranero popular que “a falta de pan buenas son tortas”, así que si no hay posibilidades de subirse a una montaña ¿porque no apuntarse a un día de pesca? La cuestión es estirar un poco las piernas y no perder el contacto con la naturaleza, así que aquí estoy, a las 6:30 de la mañana, a la puerta de la casa de Jon, esperando a Miguel, para irnos de pesca, bueno, a pescar van ellos, yo me daré un paseo y, con un poco de suerte, les sacaré alguna foto de esas que dejan con la boca abierta, la típica foto del pescador con una pieza de varios kilos y de un tamaño descomunal.

Antes de nada debo decir que la especialidad de Jon y Miguel es la pesca sin muerte, o sea, coger la pieza y soltarla al instante, y para ello utilizan unas cañas no muy largas, finitas y muy flexibles, con dos tipos de cebos diferentes, mosca y ninfa, la diferencia entre una y otra es básicamente que la mosca flota y se utiliza para pescar en la superficie, y la ninfa se hunde, por lo que es más útil para pescar en profundidad. Viéndoles cambiar de una técnica a la otra me recordaban a mí cuando cargaba por el monte con la cámara réflex y andaba cambiando continuamente de objetivos, pero bueno, esa es otra historia.

El lugar escogido para esta jornada es el río Pisuerga, en un coto entre las localidades de Salinas de Pisuerga y Quintanaluengos, que a su vez se encuentran entre Cervera de Pisuerga y Aguilar de Campoo.

Junto al río discurre una pista en la que aparcamos el coche, al lado de un refugio de pescadores. Jon y Miguel deben enfundarse sus trajes acuáticos, lo cual parece todo un ritual, nada que ver con ponerse unas botas y colgarse la mochila.

Retrocedemos unos metros por la pista hasta el lugar elegido por Jon para meterse en el agua, él ya conoce el sitio y tiene bien trazado su plan de acción, aunque la verdad es que no tiene ningún secreto, se trata de meterse al agua y remontar el río poco a poco repitiendo una y otra vez el típico gesto de las lanzadas, un movimiento muy similar a la forma de utilizar un látigo. Lo había visto alguna vez en la tele, pero en vivo y en directo resulta más vistoso y espectacular. Ahora sólo falta que las truchas se pongan a picar como locas.

Comienzan las lanzadas

Yo pensaba que esto era echar la caña y empezar a sacar piezas, pero parece que no, que la cosa lleva su tiempo y que los peces no siempre están por la labor, y hoy parece ser uno de esos días. El coto está entre dos presas y por lo visto hay demasiado caudal de agua y eso dificulta la pesca en algunos tramos, además se ha levantado viento, lo cual debe ser peor todavía. En fin, que después de un rato dejo a mis compañeros metidos en faena y yo me voy a dar una vuelta por la zona.

Camino por la pista en dirección a Quintanaluengos. A mi izquierda hay una pequeña sierra muy tentadora, pero el paso está cortado por una valla de espinos y no me atrevo a profanarla, desconozco la zona y lo mismo que hay cotos de pesca puede haber cotos de caza, o gente a la que no le guste que se metan por sus tierras, así que me limito a continuar por la pista en busca de algún lugar que pueda dar libre acceso a esa zona.

Sierra sobre el Pisuerga

En el camino aparece un pequeño pueblo, Barcenilla de Pisuerga, desde el cual sale una pista que se dirige a una zona más abrupta, con continuas elevaciones del terreno y una pequeña sierra de fondo, lo de pequeña es por el poco desnivel que parece haber, pero en realidad son cumbres que pasan de los 1.300 metros, aunque la presencia de gran cantidad de pistas y antenas en la parte más alta no invitan a aventurarse por las mismas. Tampoco es esa mi intención, pero sí me acercaré a alguna zona desde donde pueda tener una vista del entorno, especialmente de la cercana montaña palentina, la visión del Curavacas y el Espigüete me trae gratos recuerdos del verano pasado.

La montaña palentina

En lo alto de un cerro hay habilitado un mirador con bancos y carteles informativos, lo que me hace descubrir que a mis espaldas, a lo lejos, se encuentra la sierra Cebollera. De frente la ya mencionada sierra y una pequeña elevación atravesada por la línea férrea del tren de La Robla que será mi próximo objetivo.

Al acercarme a esta elevación descubro que también está delimitada por una pequeña valla de alambre, supongo que es para que el ganado no se meta en la zona, pero de momento decido rodear el cerro y explorar los alrededores. Los campos ya han sido cosechados y sólo falta que los tractores recojan los enormes fardos de paja para dejar la tierra libre para ser arada y lista para comenzar con los preparativos de una nueva cosecha.

Fardos

Rodeando el cerro llego hasta las vías del tren y aquí decido saltar el alambre y acceder a la parte más alta del terreno. El lugar no es que sea espectacular, pero las vistas son bastante agradecidas, sobre todo si se mira hacia la montaña palentina. Recorro esta parte alta hasta una horcada por la que discurre la pista que viene del pueblo y emprendo el regreso hacia el refugio de pescadores donde hemos dejado el coche. Aprovecharé para comer allí y luego iré en busca de los pescadores, a ver que tal se les está dando el día.

Terminada la comida y después de reposar un rato junto a la orilla del río me dirijo a buscarles, pero no hace falta porque justo en ese momento aparecen. Parece que la cosa no va muy bien, aunque alguna que otra trucha ya ha picado. Apenas unos minutos para comer algo y enseguida están otra vez metidos en el agua. A partir de aquí, en la medida en que el terreno lo permita, les acompañaré por la orilla del río, haber si conseguimos alguna imagen espectacular y sale alguna trucha de tamaño industrial.

Jon en plena faena

A pesar de que las capturas no están siendo abundantes se les ve en la cara que disfrutan con la caña. El proceso se repite una y otra vez, agitar la caña, lanzar el cebo y recoger hilo, y, dependiendo del tramo, cambiar de mosca a ninfa y de ninfa a mosca continuamente. Así transcurren las horas hasta que avanzada la tarde alcanzamos una zona del río de aguas poco profundas donde parece que hay una buena cantidad de peces. Yo aprovecho para merendar sentado en un banco junto a la orilla mientras sigo contemplando el ritual de la pesca y, justo cuando por fin presencio la captura de un ejemplar de Oncorhynchus mykiss, resulta que se había agotado la batería de la cámara y la de repuesto la tenía sin cargar, así que nos quedamos sin inmortalizar el gran momento.

Miguel en la faena

Por mi parte la jornada de pesca “fotográfica” había llegado a su fin, así que decidí volver poco a poco hasta el refugio y aguardar allí la vuelta de los intrépidos pescadores, quienes no tardaron mucho en aparecer. La verdad es que no sé como pueden aguantar diez horas metidos dentro del agua, lanzando una y otra vez la caña, cambiando de aparejos cada dos por tres, con el agua tan pronto por encima de los tobillos como casi al cuello, pero disfrutan de ello tanto como yo de la montaña, por eso tengo que reconocer que, aunque la pesca no es lo mío, si tuviera que repetir una salida como esta con estos dos, no me lo pensaría dos veces.

Dos hombres y un destino... truchero



f o t o s

Música de Orchestal Manoeuvres in the Dark: "(forever) Live and Die"
 

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