14 de diciembre de 2010

Andarto

28 de marzo de 2010


Hoy he elegido para mi paseo una de esas montañas que no destaca demasiado, pero que a fuerza de verla desde otros sitios, ha acabado despertando mi curiosidad, así que para allá me voy. No es una cima complicada y su acceso es muy fácil, pero que se encuentra junto a un paraje de gran belleza, la depresión de Degurixa, una zona de praderas salpicada de refugios y bordas embutida entre montañas.
Inicio el recorrido junto al embalse de Urkullu, un bonito lugar donde pasar una tarde paseando con la familia. Es pronto, así que aprovecho los primeros rayos del sol para sacar algunas fotos desde la orilla del embalse para después continuar en dirección a la cola del embalse, que recoge las aguas del arroyo que le da nombre, el Urkullu. Aquí se toma la pista que poco a poco va ganando altura hasta alcanzar una zona de pastos, donde la pista se convierte en camino. Hasta ahora he subido acompañado por el murmullo de las aguas del arroyo, que me ofrece algunos rincones muy fotogénicos.



Continúo ascendiendo por el camino hasta llegar a un a un punto donde puedo elegir entre seguir subiendo por el camino trazando un zigzag o ascender en línea recta siguiendo la trocha abierta para la instalación de un gasoducto. Es un tramo muy corto que me acaba devolviendo al mismo camino, que enseguida se introduce en un bonito hayedo que lleva hasta las faldas rocosas del Andarto. La senda bordea el Andarto y continúa hasta que me doy de frente con la preciosa depresión de Degurixa. La visión es para detenerse un buen rato a deleitarse con las vistas y lo primero que se me pasa por la cabeza es bajar hasta los verdes prados y tumbarme tranquilamente un buen rato, pero eso lo dejaré para más tarde, ahora voy a tocar cima.
Bajo hacia la depresión, pero tomo la dirección contraria buscando la subida más cómoda entre las rocas, los hitos me ayudarán, aunque la subida no tiene complicación alguna y en apenas diez minutos estoy en lo más alto disfrutando de otra perspectiva de Degurixa y de todo el entorno. Este es un buen sitio para tomarse un tentempié mientras se planifica el resto de la jornada. Lo primero, claro está, es bajar a Degurixa y estarse allí un buen rato, después… pues ya veremos.



Desciendo por el mismo camino de subida y ahora sí, a disfrutar de Degurixa, y, en mi caso, ¡qué mejor forma de hacerlo que sacando fotos! Pero no soy el único que ha pensado esto, mientras estoy montando la cámara en el trípode buscando los mejores encuadres se me ha acercado una persona desde un refugio cercano, pensaba que me iba a decir que no le sacara fotos ni a él ni a su refugio, pero no, nada de eso, el hombre, muy amablemente me ha hablado de un lugar cercano donde crecen en abundancia los narcisos y ha pensado que me gustaría fotografiarlos, y así lo he hecho, la pena es que no conseguido una foto que transmita la belleza de ese rincito “secreto”.



Atrás se quedan los narcisos y Degurixa, aunque esta última aún la tendré durante un buen rato a la vista, ya que tras atravesar toda la depresión, me dirijo hacia la cima de Arlutz ascendiendo por el camino que atraviesa Degurixa. Una vez en la parte más alta sólo queda recorrer el suave cordal hasta alcanzar las dos cimas de Arlutz, ambas con buzón. Ahora sí, toca despedirse de Degurixa y del Andarto, pero los bellos paisajes y las sorpresas aún no se han acabado.

Regreso a la pista, que está marcada por las señales del gasoducto que discurre bajo tierra, al fondo puedo ver mi próximo objetivo, Kurutzeberri, en el que destaca su cruz de hierro. El camino hace una revuelta para sortear una hondonada y abandono el trayecto del gasoducto para continuar por pista, poco rato, ya que enseguida me desvío a la derecha para subir por la estratificada ladera en dirección a Kurutzeberri. Comienzo a notar las piernas un poquito cargadas, no es que haya andado mucho, pero se nota la falta de actividad durante el invierno… pero la cima está cercana y allí me tomaré un respiro. Al fondo la impresionante silueta del Anboto contemplado por una pareja hace que me olvide de las piernas, es hora de volver a plantar el trípode y la cámara.



La cima de Kurutzeberri es muy rocosa y abrupta, además la roca está gastadísima por las pisadas y resbala bastante, así que hay que andar con cierto cuidado, pero merece la pena subirse hasta aquí. Pasados unos minutos, recuperadas las fuerzas, recogidos todos los trastos, ya sólo queda comenzar a descender por la empinadísima ladera hacia el embalse de Urkullu, pero… apenas he andado un centenar de metros cuando me doy la vuelta para echar una última mirada a Kurutzeberri y descubro algo espectacular, algo que jamás había visto en persona, el cielo se ha oscurecido y una enorme formación de mammatus se acerca directamente hacia Kurutzeberri, y hacia mí. Tiempo justo para volver a montar toda la parafernalia, trípode, cámara, gran angular, disparador por cable, esta es una oportunidad que no se presenta todos los días y que no se puede dejar pasar. Ha sido un rato alucinante, parecía como si el cielo se me fuera a caer encima en forma de enormes rocas, pero no, más tarde me enteré de que este tipo de nubes no suelen traer lluvia, aunque cualquiera lo diría.



Como he dicho, la bajada es muy empinada y las rodillas sufren, aunque creo que peor hubiera sido hacer el recorrido al revés y haber empezado subiendo por aquí… llego hasta un sendero que se introduce en bosque de pinos y que, según el GPS, desciende en dirección al embalse tras trazar varias zetas, lo que aparece en el GPS son las zarzas, la maleza y los pinos caídos atravesados en el camino. Finalmente, con algunos arañazos por todo el cuerpo, alcanzo una pista de cemento que me lleva directamente al lugar donde he dejado aparcado el coche. Ha sido un bonito día entre montañas desconocidas que me han deparado más de una sorpresa, Andarto, Degurixa, los narcisos… y esos mammatus inolvidables.




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29 de noviembre de 2010

Supelegor, en el corazón de Itxina

28 de febrero de 2010

La cueva de Supelegor es, para mí, uno de los rincones más bonitos de la compleja orografía de Itxina, con esa impresionante boca que invita a adentrarse en sus entrañas, aunque yo no soy muy amigo de las cuevas, pero como digo, es, sin duda, uno de los rincones más bonitos de Vizcaya y, siempre que puedo, me acerco a visitarlo.

Hoy comienzo mi recorrido en Urigoiti, que se ha convertido en el lugar de partida habitual cada vez que me acerco a Itxina, los fines de semana Pagomakurre suele estar bastante masificado, así que prefiero Urigoiti, o también Belaustegui, bajo las faldas de los cercanos montes de Arno, que suelen ser lugares más tranquilos y sin problemas de aparcamiento… Y como también viene siendo habitual, el lugar elegido para adentrarme en el complejo karstico de Itxina no podía ser otro que el Ojo de Atxular, otra de las maravillas naturales de Itxina y donde también suelo pasar muchos ratos sentado sobre el puente de roca por encima del Ojo.



Para los que gusten de hacer cimas, sobre el propio Ojo de Atxular se encontrarán con un pequeño buzón, se trata de la cima de Atxulaur Haitza y, aunque no parezca gran cosa, os aseguro que bien merece la pena trepar los escasos metros que nos separan de ella ya que tiene unas vistas muy agradecidas.

Desde Atxular a Supelegor no hay pérdida, sólo hay que ir todo cuesta abajo, aunque encontraremos bastantes marcas de pintura que a veces, más que ayudar, incluso pueden llegar a despistarnos. Son apenas veinte minutos los que nos separan de la cueva, pero en lugar de ir directamente voy a dirigirme primero hacia la cima de Axkorrigan, otro punto de Itxina por el que os recomiendo pasar. Desde la propia cima de Atxulaur Haitza podemos tomar un camino marcado con hitos que lleva primero a la cima de Urtutxe, con unas preciosas vistas sobre los prados de Egalesaburu, además, antes de pasar por Axkorrigan podemos acercarnos al borde del precipicio para asomarnos sobre las Atxak de Itxina, esos bonitos pináculos de roca que habremos podido observar desde abajo al comienzo del recorrido cuando se llega a la pradera de Egalesaburu. La vista sobre las Atxak es impresionante.


Itxina, visto en el mapa, se asimila a una cometa, donde las esquinas serían las cimas de Lekanda, Gorosteta, Altipitatx y Axkorrigan, por eso desde cualquiera de ellas podemos contemplar Itxina en toda su extensión y en todo su esplendor, y se convierten en puntos de referencia para cualquier excursión por la zona, son cimas de fácil acceso, que requieren su esfuerzo, pero que recompensan con unas muy gratificantes vistas. El interior de Itxina es bien diferente, salpicado de pequeñas cimas, se convierte en un auténtico laberinto surcado por infinidad de senderos que van sorteando rocas, grietas, simas, dolinas y cuevas, todo esto arropado por un majestuoso hayedo. Desde la cima de Axkorrigan marcas de pintura roja nos llevaran por uno de esos senderos hacia un claro en el bosque donde nos toparemos de frente con la gran entrada a la cueva de Supelegor. Para los amantes de la mitología y las leyendas será un placer explorar las entrañas de la cueva y pasearse por sus galerías, pero a mí, tengo que reconocerlo, las cuevas en sí no me gustan… aunque siempre acabo metiéndome un poco, me gusta observar las paredes y los techos donde el continuo goteo del agua va dejando su maravillosa huella.



En las proximidades de Supelegor se pueden explorar otras cavidades, una de ellas la encontramos nada más tomar el camino que lleva hacia el Ojo de Atxular (cuidado con la cabeza), cerca de esta tenemos Arko Atxa, un túnel natural que atraviesa la montaña y que aun no conozco, pero al que tengo intención de ir pronto pues en sus cercanías se encuentra la gran grieta central de Itxina, una sima que alcanza los 180 metros de profundidad… otra cueva es la Rampa de las Hojas, que da acceso a la cueva de Itxulegor, en fin, todo un paraíso para los amantes de la oscuridad, aunque eso sí, conviene tomar todas las precauciones del mundo y, si tenemos intención de explorar alguna de las cuevas, acudir en compañía de alguien que las conozca ya que en alguna de ellas hay enormes y peligrosas simas. Por hoy nos conformaremos con contemplar Supelegor, que ya habrá más oportunidades para ver este mundo subterráneo.



Nos dirigimos hacia el Ojo de Atxular para abandonar Itxina por el mismo lugar de entrada y regresar a Urigoiti a la sombra de las verticales paredes de la cara norte de Itxina y sus Atxak, pero aun queda tiempo para disfrutar de un buen rato con otro de los rincones de este paraje. Itxina es un complejo karstico donde no encontraremos una sola gota de agua, pero llover llueve, y esa agua tiene que salir por algún sitio, y ese sitio es el manantial de Aldabide. Con mayor o menor fuerza, dependiendo de la época del año, el agua procedente de las entrañas de Itxina se desliza encajonada entre rocas formando pequeñas, pero muy vistosas cascadas, hasta fundirse con las aguas del arroyo Ipergorta. Sin duda este es un buen lugar para terminar una jornada montañera en la que podremos disfrutar de uno de los rincones más agreste, salvaje y mágico de nuestras montañas.



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15 de noviembre de 2010

Gorosteta

16 de marzo de 2010

Comienzo el recorrido en el aparcamiento de Belaustegui, al que se accede por una pista tras atravesar el barrio de Ibarra, en Orozko, una señal nos indica que desviándonos a la derecha nos introducimos en el parque natural del Gorbea. Este es uno de los caminos más cómodos para introducirse en el parque, y uno de los más bonitos ya que nada más empezar a caminar podremos disfrutar de unas vistas inmejorables hacia Itxina.

En apenas media hora se llega a la majada de Austingarmin, un bello rincón salpicado de bordas y refugios en el cual podemos quedarnos a pasar un rato, sober todo si se va con niños y no apete agobiarles con grandes esfuerzos. Además desde aquí se puede acceder a la cima del propio Austingarmín o, si si se prefiere forzar un poco más, también podemos subir hasta Usategieta, y para los que no se conformen con menos, pues se puede dejar a los crios corriendo por Austingarmin mientras se sube hasta el cercano Odoriaga o a Ipergorta.

En mi caso, voy solo, he decidido acercarme hasta Gorosteta y trastear un poco por sus alrededores, así que tomo rumbo hacia el collado, pero en lugar de ir por la pista voy remontando la pendiente casi en línea recta hacia el punto más alto de la pista.

Una vez arriba puedo ver la cima de Gorbea cubierta de nubes, como suele ser bastante habitual, y como la pista continúa hacia el refugio de Egiriñao. En este punto debo cruzar la pista para seguir ascendiendo hacia la cercana cima de Ipergorta.

Apenas me detengo en la cima de Ipergorta y continúo hacia las rocas que anuncian la presencia de Gorosteta, pero aún no voy a subir a su cima, voy a darme unas vueltas por los alrededores, a explorar la zona y pasar el rato, que en el fondo es de lo que s trata hoy, nada de grandes caminatas y esfuerzos, hoy toca relajarse de verdad. Y los alrededores de Gorosteta son un lugar inmejorable para ello.

De nuevo encaro las rocas que dan acceso al Gorosteta, pero otra vez decido que aún no ha llegado el momento de subir. Voy a seguir dando vueltas alrededor, pero esta vez, en lugar de ir por la zona que da hacia Itxina lo haré el camino que bordea las campas de Arraba, señales de pintura amarillas indican el camino a seguir, pero pronto abandonaré este sendero para ir rodeando poco a poco la cima de Gorosteta.

Sin darme cuenta va pasando el tiempo y ya es hora de comer un poco, así que busco un buen lugar donde sentarme, dejo mis trastos en el suelo y, entre bocado y bocado, aprovecho para disfrutar de las estupendas vistas hacia Arraba.

Ahora sí, ha llegado el momento de subir a la cima de Gorosteta. Sigo rodeándolo hasta llegar al cordal que une Gorosteta con Lekanda y tras unas sencillas trepadas me planto en la cima. Desde aquí las vistas bien merecen detenerse otro rato.

Hora de ir pensando en el regreso, aunque aun queda toda la tarde, pero como sigo tomándome el día con mucha calma, poco a poco voy descendiendo de la cima para dirigirme hacia Ipergorta.

Esta vez tampoco me voy a parar en la cima de Ipergorta, y eso que me parece una buena cima para sentarse a disfruta del paisaje, pero tengo en mente tomar el camino que, atravesando la pista que lleva hacia Austingarmin, y señalizado con marcas de pintura roja, conduce hacia la cima de Usategieta. No es un recorido muy largo, pero esconde rincones muy bonitos y, sobre todo, muy tranquilos, creo que nunca me he encontrado con nadie en este tramo, y ya lo he hecho varias veces. A mitad de camino se puede hacer una pequeña parada en la rocosa cima de Azaolako Atxa para después continuar hasta Usategieta.

En la pelada cima de Usategieta me paro unos momentos, dudando entre bajar directamente hacia Austingarmin o alargar un poco el recorrido descendiendo por la vertiente contraria, hacia la pista que lleva a Arlobi, finalmente me inclino por la segunda opción, que al final lo único que hace es que alargue un poco más el paseo. Frente a mí destaca el Odoriaga y, de nuevo, la majada de Austingarmin.

Ahora sí, ya sólo queda regresar a Belaústegui, pero como decía al principio, lo bonito de este camino, son las vistas hacia las paredes calizas de Itxina, que hoy, con el tono gris azulado que tiene el cielo, destacan sobre manera.

Ya en el coche, al llegar a Orozko, aun tuve la oportunidad de detenerme unos minutos para contemplar estas espectaculares nubes.

Al final el día ha sido tal y como yo quería, un día para relajarse.



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3 de noviembre de 2010

Los Jorrios - Armañón

27 de diciembre de 2009

Navidades y mi cuñado "el montañero", como todos los años, nos hace una visita, así que tenemos que aprovechar los días de buen tiempo, que no son muchos en invierno, y preparar alguna salida, algo tranquilo y corto porque esta misma tarde tiene que marchar hacia Asturias, así que he preparado una salida hacia Los Jorrios, una pequeña cima que hace tiempo tengo ganas de conocer, y lo haremos iniciando el recorrido en el pequeño barrio de Basinagre, en Trucios.
Dejamos el coche en una explanada entre unos caserones y el río y nos preparamos para iniciar el paseo. Rodeamos una de las casas y comenzamos a subir por un camino empedrado que nos llevará hacia un barranco que poco a poco iremos remontando.


El camino sale enseguida a una pista y giramos hacia la derecha, hacia una zona de prados, para enseguida tomar un sendero que aparece a la izquierda y que entre helechos y pinos va ganando altura. El bosque nos quita las vistas, pero pronto salimos a un claro y podemos contemplar el camino que nos espera.


Desde aquí aun no se ve la cima, todavía nos queda un buen rato de subida, aunque esta se hace muy entretenida ya que el camino cambia continuamente, tan pronto estamos caminando por prados como nos introducimos en pequeños bosques, hasta que finalmente penetramos en un tupido hayedo en el que sólo queda despejado el sendero por el que vamos.


Los hayedos son luagres fascinantes, la humedad que se crea dentro de ellos hace que todo se cubra de musgo y el verde aparece por todas partes, contrastando con el marrón de las hojas secas y el gris de la roca. Casi sin darnos cuenta vamos ganando altura hasta que dejamos el hayedo, y el sendero, en el que empieza a predominar la roca, se pone más cuesta arriba.
Ahora comenzamos a darnos cuenta de las dimensiones del karst de Los Jorrios y de lo complicado que puede ser si nos salimos del sendero, cosa que a mi cuñdo le ha faltado tiempo para hacer, siempre parece andar buscando el camino más recto, y eso, alguna que otra vez, nos ha llevado a meternos en pequeños apuros, sobre todo en zonas karsticas, así que esta vez le dejo a su aire y yo sigo por el camino más marcado.


A un lado las rocas y al otro el cuasi abismo hacia el barranco. La verdad es que aquí no hay muchas vías de escape, o tiras para adelante o te das la vuelta y vuelves por donde has venido. De vez en cuando mi cuñado y yo intercambiamos un grito, más que nada para saber que no se lo ha tragado una grieta ya que hemos perdido el contacto visual, él ha seguido subiendo hacia lo que sería el cordal y yo voy a media ladera, sorteando las enormes planchas de piedra, pero siguiendo el sendero. Finalmente le veo aparecer justo por delante de mí. La verdad es que así me quedo más tranquilo.

Seguimos avanzando y, aunque casi no se percibe, seguimos subiendo. Vamos rodeando la montaña en dirección al collado de Campo Pedreo, que separa Los Jorrios de su vecino, Armañón. El camino es muy bonito, ahora vamos pegados a la rocas que, amenazantes, parecen surgir de las entrañas de la tierra.


Esto parece un laberinto, las rocas cada vez son más grandes y el camino parece desaparecer entre ellas, pero no, está ahí.

Vamos dejando atrás el karst, iba a decir lo más complicado del recorrido, pero en realidad no tiene ningún peligro, el camino es muy evidente ya que el ganado que anda por la zona se encarga de que así sea y tampoco ha sido incómodo, así que nadie se asuste.

Bien, como decía, dejamos el karst y enseguida nos plantamos en Campo Pedreo. Aquí debemos girar hacia la derecha en busca de la cercana cima de Los Jorrios. Las marcas de pintura nos ayudarán a alcanzar la cima sin ningún problema ya que de nuevo nos introducimos en terreno rocoso.

En apenas diez minutos se alcanza la cima de Los Jorrios, pero antes hay que superar las paredes de roca, no es complicado y como he dicho el camino está muy marcado, además de estar señalizado con pintura roja. Al mirar hacia atrás podemos contemplar otras cimas menores, también rocosas, y frente a nosotros, conservando algunos neveros, la cima de Armañón que, a diferencia de Los Jorrios, es una agradable campa redondeada.

Alcanzada la cima por fín podemos disfrutar de unas bonitas vistas, sobre todo hacia las montañas del circo de Lunada.


Es hora de descansar y comer un poco, aunque se ha levantado aire y se nota un frío, así que decidimos sacar unas cuantas fotos y descender hacia una zonas más resguardada y menos escarpada, ya que la cima de Los Jorrios nos recuerda que estamos sobre una zona karstica y resulta un tanto incómoda.

Una vez hemos repuesto fuerzas dirigimos nuestros pasos hacia el Armañón. El camino ahora es completamente diferente, dejamos definitivamente las rocas para caminar por plácidas campas y lomas hermosas. Además de Los Jorrios, destaca a lo lejos la Ermita de Nª Sra. de las Nieves, levantada sobre un pequeño cerro rocoso en el camino que lleva hacia las peñas de Ranero, hacia el oeste.


De nuevo toca ir ganando altura para dirigirnos hacia la cima de Armañón y mientras disfrutas de las vistas hacia el macizo de Los Jorrios, del que ahora podemos contemplar la extensión de su karst y el barranco por el que hemos subido.

Hacia el lado opuesto se abren generosos valles que conducen hacia las montañas de Lunada, con sus cumbres pintadas de blanco por la nieve y más cercanas las cimas del cordal de los montes de Ordunte. Carranza a nuestros pies, todo un espectáculo.

Nos acercamos a cima de Armañóm, bastante concurrida ya que un grupo de veteranos montañeros la han elegido para iniciar a los más pequeños, que se entretienen con los restos de nieve que quedan lo más alto.

Desde la cima tenemos unas vistas más amplias ya que ahora podemos mirar hacia todos lados. Podemos ver por donde hemos subido desde Basinagre y por donde vamos a bajar hacia Cueto.
Una bajada de vértigo nos llevará hasta un collado donde se cruzan varias pistas. Nosotros tomaremos la principal que, enseguida, se convierte en una pista de cemento.

La bajada la hacemos bastante rápido ya que a mi cuñado "el montañero" le espera el viaje de vuelta a Asturias, pero primero tiene que ir hasta Bilbao a recoger sus cosas... y a dejarme a mí.
La bajada también se puede hacer por el barranco, por un camino diferente al de subida, pero no llevábamos la ruta en el track y no teníamos claro si el camino estaba bien señalizado, así que como teníamos un poco de prisa bajamos hacia Cueto, mi cuñado por delante apretando así que este tramo pocas fotos pude sacar, pero me quedé con las ganas de hacer la bajada por el barranco, pero bueno, otra vez será, hoy toca guardar la cámara y acelerar el paso.



f o t o s







t r a c k

14 de octubre de 2010

Eskuagatx

1 de noviembre de 2009

El macizo karstico de Eskuagatx es una zona que permanence eclipsada por sus vecinos, las sierras de Aramotz y de Anboto, con cimas cuyos nombres resultan más familiares y atractivas, de ahí que nunca me hubiese fijado demasiado en ella. Cada vez que he andado por Aramotz la vista se me ha ido hacia Anboto y cada vez que he andado por Anboto la vista se me ha ido hacia Aramotz, pero ahí en medio se esconde una pequeña joya, un complicado karst salpicado de simas, de pequeños prados, de varias cimas, unas con generosas vistas y otras casi ocultas, y todo esto cubierto por un impresionante hayedo, en definitiva, un lugar perfecto para perderse un bonito día de otoño.

Inicio el recorrido en el aparcamiento del alto de Urkiola, junto al restaurante Bizkarra, un buen lugar donde reponer fuerzas a la vuelta… Un poste de señales indica la ubicación del centro de información del parquet y hacia allí me dirijo por la empanada pista de cemento. Enseguida hay que dejar la casa del parquet a la izquierda y continuar por la pista de cemento hacia la derecha, dirección al Saibi. Hacia atrás queda el santuario de Urkiola



La pista de cemento enseguida se convierte en una pista de piedras, con el tráfico restringido, aúnque no tanto como a mí me hubiera gustado, al menos hoy… Al llegar a un paso con una puerta me desvío hacia la derecha por un sendero que rodea la cima del Saibi, aunque yo subiré hasta arriba. Sólo he estado una vez en el Saibi, un día de niebla, pero me pareció una cima muy agradecida y desde donde se tienen unas vistas también muy bonitas de todos los alrededores, sobre todo de la zona que voy a recorrer y, como no, también resulta atractiva por la enorme cruz de piedra levantada en memoria de los gudaris fallecidos en esta montaña durante la guerra civil, aun son visibles los restos de las trincheras.



Dejo la cima de Saibi y desciendo por su cara norte, pegado a la valla, pero sin cruzarla, para alcanzar la pista que dejé al llegar a una puerta metálica. Esta pista desciende y lleva hasta una pequeña explanada de donde parten varios caminos. Yo tomaré el de la derecha, que tras dejar atrás una majada lleva hasta una pequeña hondonada donde se encuentra un refugio. No estoy solo, por la zona, y en el refugio, hay cazadores. No sé a que le están disparando, pero en el tramo entre el cruce de caminos y el refugio me han llovido perdigones, la verdad es que asusta un poco, el estruendo de los disparos y unos segundos después los perdigones cayendo por todos lados sobre las hojas secas, no sé si ha sido por hacer fotos o por guarecerme, pero me he metido bajo unos árboles durante unos minutos…


Con los cazadores del refugio, a pesar de tenerles al lado, no he intercambiado una sola palabra, sólo miradas, un tanto recelosas por su parte, será por la cámara de fotos… así que no les “molesto” más y continúo mi camino. Tras una corta subida por lo que podríamos llamar cordal, o mejor, por uno de los bordes del macizo de Eskuagatx, me encaramo a la cima de Deabru Atxa. Mire hacia donde mire las vistas son espléndidas, además el día acompaña, hace una preciosa mañana otoñal.

Mi primera intención ha sido seguir ascendiendo por el cordal para introducirme en el corazón de Eskuagatx, pero el karst cada vez se hace más complicado, las rocas más afiladas y las grietas más profundas, así que decido descender poco a poco hacia un claro salpicado de árboles para buscar un camino más cómodo que me acerque al sendero que lleva hacia la cima de Errialtabaso, la principal cima de este macizo, o la más conocida, o la más alta, o la que menos vistas tiene, lo que cada uno prefiera.

Desde el punto en que me encuentro no localizo ninguna senda, una opción sería volver hacia atrás, a la zona donde están los cazadores y allí tomar el camino balizado hacia Errialtabaso, pero por esta zona el karst parece menos complicado, hay grandes placas de roca y pasillos que cruzan en diagonal y en dirección ascendente, así que decido tirar para arriba en línea recta hasta alcanzar algún sendero. Avanzo despacio, pero con más facilidad de la que esperaba, efectivamente el camino no es difícil, la roca está perfecta para trepar por ella y aquí las grietas son menos amenazantes, además el sitio es espectacular.

Sigo avanzando lentamente, pero más por la belleza del lugar y las continuas paradas para hacer fotos que por la dificultad del terreno, como he dicho las grandes placas de roca hacen que no sea demasiado incómodo el caminar. Las hojas secas se acumulan entre las grietas realzando la belleza y espectacularidad de este tramo.


Según el GPS estoy cerca del sendero que busco, un gran pasillo de hierba anuncia su presencia, pero antes atravieso una espectacular placa de roca, parece un enorme tobogán de esos que hay en los parques acuáticos. La roca deja paso poco a poco a zonas mixtas, con árboles y vegetación, suelo firme, sin grietas debajo, con lo que el caminar se vuelve más ágil y seguro. El panorama y el contraste de colores sigue siendo espléndido.
Ahora, ya por sendero me dirijo hacia la cima de Errialtabaso. Tras atravesar una zona de rocas donde los hitos y las marcas de pintura me guían, el camino se introduce en el desnudo hayedo tapizado por las hojas secas. Dejo atrás las bonitas vistas hacia Aramotz y Anboto para introducirme en el mundo mágico de los bosques de hayas.


El camino, a pesar de que no hay vistas panorámicas no deja de ser atractivo, además la pendiente apenas se nota, aunque poco a poco me voy acercando a la cima de Errialtabaso, cima que, de no ser por el pequeño buzón, pasaría totalmente desapercibida. No hay prácticamente vistas, pero es un lugar muy tranquilo, y estoy completamente sólo, así que toca descansar un rato y aprovechar para comer.

Pero la belleza de este lugar no hay que buscarlo en la propia cima, ni en espectaculares vistas, basta con echar una mirada alrededor para darse cuento de los impresionantes rincones se esconde este karst.

Tras el descanso continuo la marcha, en lugar de regresar voy a seguir el camino adelante para hacer una ruta circular. Tampoco voy a buscar más cimas, eso lo dejo para otro día, así que al llegar a un pequeño claro donde se separan los caminos que llevan hacia Eskuagatx por un lado y hacia los prados de Izoztegi por otro, tomo este último, no sin antes encaramarme a un saliente de roca para disfrutar de las vistas sobre Izoztegi.

La bajada hacia Izoztegi es rápida y sin complicaciones, buena senda con marcas de pintura. Izoztegi es otro de esos rincones ocultos por los que merece la pena darse un paseo tranquilo para disfrutarlo bien. Las vistas hacia Aramotz bien merecen una parada, además, en su parte más elevada está la cima de Eskumin, desde donde también merece la pena deternerse para contemplar Eskuagatx durante un rato.

Ahora sí, toca regresar. Dejo atrás las campas de Izoztegi y las coloridas paredes rocosas de Eskuagatx en busca del camino que me llevará de nuevo hacia el Saibi.

Durante unos momentos he perdido el sendero, pero no hay mal que por bien no venga, porque así descubro rincones que de otra forma nunca vería.


Finalmente acabo cerca del lugar donde esta mañana me llovían perdigones, una señal indica el camino correcto a seguir para dirigirse a Errialtabaso, la próxima vez lo tendré en cuenta, o quizás no, creo que seguiré con mi manía de salirme de los caminos y seguir descubriendo esos rincones ocultos.

Evidentemente, de regreso no he subido al Saibi, aunque es una buena hora para hacerlo, la luz del sol comienza a ser perfecta para la fotografía, pero desde que salí de las campas de Izoztegi he venido sintiendo calambres en las piernas, así que mejor no forzar. He seguido la pista que rodea Saibi sin apenas pendiente y que llega hasta la puerta metálica que me encontré por la mañana y donde empieza la subida al Saibi. Ya sólo queda regresar al parking, pero como he dicho, la luz del sol comienza a ser perfecta y aún puedo disfrutar un buen rato fotografiando todos los gigantes que van apareciendo a mi alrededor.


Ha sido un día estupendo, con un recorrido inmejorable por una zona en la que aún me quedan muchos rincones por explorar, muchas fotos que sacar y muchas historias que contar.



f o t o s




t r a c k


3 de octubre de 2010

Aramotz con nieve

20 de diciembre de 2009

Nunca había hecho una salida “invernal”, de esas en las que pisas nieve desde el principio hasta el final, pero es que aquí, en Vizcaya, tampoco es que nieve ni mucho ni todos los años, así que tenía que aprovechar la primera ocasión que se me presentara y hoy es el día. Ha amanecido soleado y fresco, ideal para pasearse por la nieve, además no he necesitado ir muy lejos. El lugar elegido ha sido Aramotz, y no podía haber elegido un lugar mejor, lejos de las aglomeraciones que suelen producirse en otras zonas ya de por sí bastante concurridas los fines de semana, así que con nieve os podéis imaginar (parques del Gorbea y de Urkilola). Inicio el recorrido en el área recreativa de Landaederra, a la que se accede desde el barrio de Orozketa, en Durango. La subida comienza tranquilamente por la pista de tierra que, poco a poco, a medida que se va ganado altura, comienza a teñirse de blanco, el color que me acompañará durante todo el día. En una curva del camino me encuentro con el poste de señales que indica la dirección a tomar si se desea acceder a Aramotz a través del paso de Kataska, pero hoy ignoro este desvío y continúo por la pista en dirección a la cantera de Marmola, mi intención es acceder a la sierra tomando como referencia la cima de Askorri y después, bueno, después ya veré… al llegar a la cantera la capa de nieve ya es más de lo que me esperaba, unos 20 centímetros, nieve polvo en la que me hundo a cada paso. Desde la cantera no me queda más remedio que echar mano del GPS para localizar el sendero que lleva hacia la cima de Askorri ya que las huellas que hasta ahora había en la nieve han desaparecido. La pendiente en este tramo es pronunciada y a cada paso me hundo en la nieve hasta las rodillas, pero la sensación de caminar sobre esta blanca capa es una gozada.


Alcanzo la cima de Askorri, modesta, pero con unas vistas muy agradecidas, sobre todo hoy, con este manto blanco que lo cubre todo. Es hora de decidir un poco el recorrido de hoy.

Tras descender de Askorri opto por volver en dirección contraria, por la senda que lleva a Mugarrakolanda, me voy para el refugio de Mugarra. Por aquí otra vez hay buena huella, así que el camino se sigue sin ninguna complicación, lo que aún no me encontrado es con nadie más. Este camino lo he recorrido ya bastantes veces y es uno de los más me gustan de esta zona, se atraviesan zonas de rocas, entre pinos para, finalmente, acabar saliendo a terreno despejado cerca del collado de Mugarrakolanda.


Pero este camino por el que tantas veces he pasado hoy me parece completamente distinto, cubierto con esa capa de nata.

No voy a llegar hasta Mugarrakolanda ya que mi intención es quedarme por la zona del refugio y hacer algunas fotos, pero una vez en el refugio, lo primero es comer un poco y disfrutar de la vista del Mugarra emblanquecido. El día es espléndido, no hace nada de frío, luce el sol, no se ve ni una sola nube… creo que da para algo más que para quedarse por el refugio, así que me acercaré a una de mis cimas favoritas, Leungana .

De nuevo el camino está perfectamente marcado por las huellas de otros montañeros, aunque yo, salvo con dos personas con las que me he cruzado en el refugio, sigo sin ver a nadie. El paisaje no deja de sorprenderme, como he dicho al principio, nunca había hecho una salida con nieve y me está resultando muy, pero que muy agradable. Es increíble cómo la nieve lo transforma todo y le da un aspecto que transmite una tranquilidad que, al fin y al cabo, es una de las cosas que más me gusta de la montaña.


A mitad de la subida hacia Leungana veo huellas que se dirigen hacia el camino que lleva a la cercana cima de Artatxagan y decido seguirlas. En este caso no son huellas de muchas personas que hayan allanado el camino como hasta ahora, se ve que son huellas de una sola persona, y en algunos puntos me hundo por encima de la rodilla y se hace un poco costoso caminar, pero me encanta, estoy disfrutando de lo lindo.

Alcanzo el cordal que va ganando altura hasta llegar a cima de Artatxagan, tengo la cima a la vista, pero hacia el otro lado está otra de mis montañas favoritas, el impresionante Mugarra.


Desde Artatxagan tengo unas muy buenas vistas de Aramotz y del parque de Urkiola, donde sobresale magnífico el Anboto.

Tras unos minutos en la cima Artatxagan toca descender hacia el collado que lo separa de su vecino, Leungana, con unas vistas parecidas a las que ofrece Artatxagan, pero más bonitas aún si cabe.

A mis pies está Aramotz. Aquí me quedaré un buen rato disfrutando de este día. Viendo la pendiente y la cantidad de nieve acumulada dan ganas de tirarse rodando cuesta abajo, pero no, voy a bajar tranquilo, poco a poco, y me voy a dirigir hacia la loma de Luburrigane.


Tras descender del Leungana de nuevo camino sin huella sobre la nieve en dirección a Luburrigane. Aquí sopla el aire y se nota el fresco, además la tarde ya está avanzada, así que me entretengo lo justo para sacar algunas fotos y otra vez tomo dirección hacia Mugarrakolanda.

No hay huella en la nieve, pero con ayuda del GPS y ese sexto sentido que acabamos desarrollando los que nos gusta la montaña, no tengo problemas en localizar el camino correcto, así que piso la nieve sin miedo a hundirme en algún agujero o a tropezar con las rocas ocultas, aunque no son tan ocultas, pues los pequeños montículos de nieve las delatan.


Llego a la base del Atxoker y continúo en busca del camino por el que horas atrás llegué al refugio de Mugarra, pero no puedo ir sin echar una última mirada a mi amigo Mugarra, al que nunca había visto con esa capa blanca de nieve. Este siempre está impresionante, da igual el color que tenga.


Comienzo a deshacer el camino andado por la mañana, pero no voy a llegar hasta el Askorri, sino que, una vez rodeado el Pagasarri, descenderé directamente hacia la pista por la que subí hasta Marmola. No conozco la bajada, pero el camino aparece en el GPS, así que no hay pérdida, aunque tengo que reconocer que de no haber sido porque había huellas habría tenido algún que otro problemilla para bajar ya que el camino es bastante escarpado y si me hubiese salido de él o hubiese tenido que abrir huella yo mismo, habría tardado bastante en descender hasta la pista. El resto del camino, un paseo. El día, para repetirlo en cuanto se presente la oportunidad.



f o t o s



t r a c k

24 de septiembre de 2010

Travesía Urkiola - Elorrio

27 de septiembre de 2009

Hará como un par de años que hice una marcha montañera, la marcha de las Ermitas, en Bermeo. Fueron 32 kilómetros de auténtico sufrimiento. Durante casi todo el día nos estuvo lloviendo, el recorrido era un auténtico rompe piernas, con continuas subidas y bajadas, por caminos embarrados (con lo limpio que soy yo), y una subida ya casi al final que casi acaba conmigo (y con alguno más de los que me acompañaban). En definitiva, 8 horas que juré no repetir nunca más, además no hice ni una sola foto en todo el camino, estaba yo como para ir haciendo fotos… así que cuando me propusieron hacer esta ruta lo primero que se me pasó por la cabeza fue “ni loco”, pero al final me convencieron, así que aquí estamos, en la Plaza de Zabálburu de Bilbao, a las 8 de la mañana esperando para coger el autobús que nos lleve a Durango, porque hoy hemos decidido utilizar el transporte público. Nos hemos juntado Miguel “el intrépido”, Iñigo “el prudentre”, Maricarmen, Josean, Antonio, “Pani” y yo.
Al llegar a Durango aprovechamos para desayunar mientras esperamos la salida del autobús que se dirije a Vitoria y que tiene parada en lo alto del puerto de Urkiola, frente al santuario, donde empezaremos nuestro “paseo”.
Para ir calentando las piernas vamos a subir por Urkiolamendi, a un ritmo demasiado rápido para mí, pero hay que adaptarse a lo que hay, ¡estos tíos no me van a dejar tiempo para sacar ni una sola foto! No importa, yo a mi ritmo y a intentar disfrutar del día, que las nieblas mañaneras parece que prometen una buena jornada, al menos en lo climatológico…


Creo que hemos batido el record de subida a Urkiolamendi, por el camino no hemos hecho más que adelantar a otros montañeros, menos mal que en la cima se detienen un poco para contemplar el paisaje. Anboto, que es nuestro próximo objetivo, está oculto entre las nubes, al igual que gran parte de la sierra de Arangio, de la que podemos ver la escarpada cima de Ipizte.


Desecendemos hacia el collado de Asuntze para tomar la pista que lleva hacia los prados de Zabalandi. Ahora, a nuestra espalda, quien queda oculto por la neblina es Urkiolamendi.
La pista continua, pero al llegar al collado de Pagazelai tomamos un desvío a la izquierda que se introduce en un hayedo, aquí el camino se empieza a poner cuesta arriba de verdad.

Mis compañeros siguen con un ritmo bastante fuerte, un ritmo que intentamos seguir todos, pero al final acabamos subiendo cada uno a su propio ritmo, total la cima no se va a marchar, así que mientras Iñigo, Maricarmen y yo hacemos un pequeño grupo, los demás tiran para arriba como cohetes. La niebla nos acompaña hasta que llegamos al cordal, aquí las nubes empiezan a deshacerse y por fin podemos ver el sol, el camino recorrido y el cresterío, donde nos espera Miguel, posando para la posteridad.
Ya solo nos queda recorrer la parte en teoría más complicada de la subida al Anboto por esta ruta, más que nada porque la roca está bastante pulida y porque la caída puede impresionar un poco, pero mirando bien donde se pisa no tiene porqué haber ningún problema. En la cima nos reunimos todos para compartir un aperitivo y, cómo no, disfrutar de las vistas. También hay que dejar la pertinente tarjeta firmada en el buzón.
Ya me había ilusiones de que me iban a dejar un rato para sacar fotos, pero nada, antes de darme cuenta otra vez se han puesto en marcha. Vamos a descender hacia Zabalandi. Avanzamos por la cima en busca de las marcas de pintura roja que indican el camino a seguir. Esta bajada me encanta, todo roca hasta llegar casi a la parte baja donde aparece la hierba, pero antes hacemos una pequeña parada.
No es que estemos cansados ni que yo les haya suplicado que por favor fuesen más despacio, ha salido de ellos mismos, pero claro, ¿Quién no se pararía ante semejante cosa? Estamos junto al ojo de Eskilar, un agujero abierto en la roca y que atraviesa la montaña. “El intrépido” no puede evitar encaramarse a lo más peligroso para ser inmortalizado por las cámaras, pero es que él es así, de lo contrario no sería “el intrépido”.


Seguimos bajando, con la mirada puesta en Zabalandi y dejando atrás la pared de roca blanca del Anboto. Una vez alcanzamos la zona donde comienza la hierba nos desviamos hacia la derecha para acercarnos a una generosa fuente donde aprovechamos para beber y contemplar el lugar por el que hemos bajado.
En Zabalandi no podemos menos que volver a pararnos un poco para mirar una vez más a este coloso que es el Anboto y la preciosa silueta que presenta por esta cara.

Pero basta ya de paradas, que aún nos queda mucho camino por recorrer. El siguiente objetivo es Ipizte, el mismo que veíamos unas horas antes entre la niebla, ahora lo tenemos sobre nosotros y en quince minutos escasos nos plantamos en su cima, aunque Miguel se pierde subiendo entre las rocas y aparece por donde menos se lo puede esperar uno.


Descendemos por detrás de Ipizte en dirección al GR-123, una pista que nos llevará hasta Betsaide, pero antes, esta vez sí, pararemos un buen rato para comer y descansar. Buscamos un buen sitio donde sentarnos y poder ponernos cómodos, algunos más cómodos que otros, pero eso sí, que se vea bien el Anboto.
Después del merecido descanso y una vez repuestas las fuerzas ya podemos continuar el camino hacia Betsaide. Dejamos definitivamente atrás Ipizte y nos dirigimos hacia la pista del GR-123. Por delante aún nos quedan unos cuantos kilómetros y varias cimas, y por detrás la silueta del Anboto que, poco a poco se va haciendo más pequeño y, ayudado de las nubes, acaba desapareciendo de nuestra vista.


La siguiente referencia de paso es la cima de Tellamendi, con su gran cruz de hierro y donde apenas nos paramos unos minutas para hacernos unas fotos. Rápidamente descendemos hacia el collado que separa Tellamendi de una nueva cima, Lurgorri, donde de nuevo nos detenemos el tiempo justo para la foto junto al buzón en su rocosa cima. Hay que seguir, tenemos que llegar a Elorrio…

Tras abandoner la cima de Lurgorri se desciende por fuerte pendiente a través de un precioso hayedo, hasta reencontrarnos con la pista que lleva a Betsaide, última de las cimas por las que pasaremos hoy.
Betsaide es conocido por ser el punto de encuentro de las tres provincias vascas, puedes sentarte en un hito y tener una parte del culo en Vizcaya, otra en Alava y otra en Guipuzkcoa. Pero también es un lugar de encuentro para el recuerdo de todos los montañeros vascos fallecidos en la montaña, así lo testimonian los dos monumentos levantados en su memoria, uno de corte clásico, coronado con una cruz de piedra y otro más modernista.


Con la vista puesta en el Udalatx, una de mis montañas preferidas, y tras otra corta parade para refrescarnos en la fuente de Betsaide, seguimos la ruta por la interminable pista que lleva hasta Elorrio. El cansancio ya se nota en todos nosotros, y parece que alguno también se quedó con hambre y no queda más remedio que asaltar los zarzales en busca de su preciado fruto, las moras.

Los últimos kilómetros se hacen bastante pesados, mis compañeros otra vez van por delante, pero esta vez no es porque ellos corran, sino porque yo me quedo atrás. Me estoy acordando de aquel día en Bermeo, pero no, esto no se ha parecido en nada a lo de aquel día, esto sí que volvería a repetirlo, por el recorrio, por el buen día que nos hizo y por la compañía.


En Elorrio cogimos de nuevo el autobus hacia Bilbao. Esto parece una tontería, pero también demuestra que se puede ir al monte dejando el coche en casa, algo que para mí, hast ahoy, era impensable, pero habrá que tenerlo en cuenta para futures salidas…



f o t o s






t r a c k

17 de septiembre de 2010

Mesa de los Tres Reyes

12 de septiembre de 2009

“…hay momentos en la vida en los que hombre tiene que hacer lo que un hombre tiene que hacer…” esto lo escribía hace ya más de dos años, en mi primer intento de subida a la Mesa de los Tres Reyes. Aquella calurosa tarde de julio me pudieron las ganas y me faltaron las fuerzas (si alguien quiere recordar aquella tarde: MESA DE LOS TRES REYES). No llegué a la cima, pero fue uno de los días que más he disfrutado de la montaña, subir mientras todo el mundo bajaba y encontrarme allí arriba, yo sólo, ante esos paisajes inmensos es una sensación difícil de olvidar y más difícil de describir.

Madrugamos, lo justo para poder desayunar en el bar del camping-albergue de Zuriza donde estamos alojados, preparamos las cosas y marchamos hacia el aparcamiento del refugio del Linza, desde donde comenzamos la ascensión.

Miguel “el intrépido”, Iñigo “el prudente”, Felipe, Fernando y Garbiñe y Jose y Almudena son hoy mis compañeros en la subida a la montaña más conocida y visitada del Pirineo Navarro.

Con cierto aire castrense y con un ritmo muy tranquilo vamos remontando las primeras rampas, camino del collado de Linza, disfrutando ya del magnífico paisaje que nos rodea. A nuestra espalda destaca la pirámide de Txamantxoia, más al fondo Peña Ezcaurre.



En el Sobrante de Linza nos encontramos con una curiosa estampa, un gran rebaño de ovejas recorre la zona en busca de los mejores pastos, al igual que los montañeros, en fila india, sin salirse de los senderos.


Al llegar al collado de Linza hacemos una pequeña parada, aun no hace mucho calor, pero nos espera La Solana, una depresión a los pies del impresionante Petrechema y que da un pequeño respiro a las piernas, poco rato, porque una vez atravesamos La Solana el camino de nuevo se vuelve cuesta arriba, hacia una zona de rocas y grietas donde “el intrépido” se siente como pez en el agua. Mientras disfrutamos de las magníficas vistas aprovecho para hacer una foto de mis compañeros.

Dejamos atrás la Solana y tras atravesar una zona kársticas descendemos unos pocos metros para enfilar el barranco que con una pendiente no muy fuerte, pero sostenida, nos llevará hasta la base de la Mesa. Hace un día espléndido, con esas nubes blancas que tanto me gustan y que le dan un toque de color a las fotos .



Poco a poco vamos remontando el barranco y ya podemos ver la cima, al pasar por el lugar donde me tuve que quedar en mi primer intento de subida me vienen un montón de recuerdos, parece mentira que me quedara tan cerca… ahora pienso que un pequeño esfuerzo más hubiera merecido tanto la pena… pero volvamos al presente, un último tramo entre rocas donde la pendiente se agudiza nos deja en el cordal, ante nosotros aparece la mole del Auñamendi que se eleva sobre el karst de Larra.



Cinco escasos minutos nos separan de la cima. En la última parte de la subida cada uno hemos ido a nuestro ritmo, por delante Felipe, Jose, Almudena y Miguel ya casi están arriba, Fernando y Garbiñe vienen un poco más retrasados, Iñigo y yo nos tomamos unos minutos de respiro mientras buscamos el camino más cómodo para alcanzar la cima y también aprovechamos para sacar fotos de todo.



La última parte de la subida es un tanto caótica, el camino se divide en varias direcciones y parece que cada uno sube por donde puede. Yo bordeo la cima por la derecha siguiendo un sendero que acaba frente a un muro de roca aparentemente infranqueable, a mi izquierda hay una chimenea que en sus primeros metros exige estirarse mucho, pero tiene buenos agarres, así que no me lo pienso más y tiro todo recto para arriba, unos metros más de sencilla trepada y aparezco a cincuenta metros de la concurrida cima.



Pocas cimas me he encontrado con tal aglomeración y ahora vuelvo a lamentar el no haber podido llegar hasta aquí aquella primera vez, seguramente la sensación hubiera sido muy distinta, evidentemente estoy satisfecho de haber hecho cima y de contemplar el paisaje que me rodea, pero, cuan diferente hubiera sido con la cima para mí sólo contemplando el atardecer…

Pero bueno, disfrutemos del momento, con o sin gente la vista es espectacular. Frente a La Mesa, hacia el norte destaca sobre todo la figura del Auñamendi con sus 2.506 metros. Por debajo de La Mesa, flanqueando el Lac de Lhurs tenemos al Peneblanque y el Billare y la Tabla.



No menos impresionantes son las vistas hacia el karst de Larra y el cordal hacia el Budogia, por donde se puede ver perfectamente el camino que hay que recorrer desde el collado de Linza.


Pero también hay tiempo para regocijarse con la cima de La Mesa, eso sí, hay que hacer cola para poder fotografiarse junto castillo de San Javier y la estatua del santo, a quien seguramente un rayo le ha hecho perder su verticalidad y parece mirar hacia abajo, más horrorizado que adulado por tanta presencia humana.


Después habernos reunido todos en la cima y reponer fuerzas, unos decidimos bajar hasta la Tabla mientras el resto inicia poco a poco el descenso. Asomarse al vacío y contemplar cómo se van formando las nubes casi mil metros más abajo es otra de esas visiones que difícilmente se olvidan. Las vistas hacia Petrechema son espectaculares.



Comenzamos el descenso rodeando La Mesa de los Tres Reyes para reunirnos con el resto del grupo. La pared que se forma entre La Mesa y Petrechema hace que las nube suban hacia arriba e inmediatamente se disipen, es un efecto precioso, parece como si se tratara del cráter de un volcán a punto de estallar.


Mientras descendemos a Miguel “el intrépido”, a quien sino, se le ocurre preguntar si es posible enlazar con Petrechema desde donde estamos, hay un breve murmullo seguido de un revuelo de papeles y mapas… pues claro que se puede enlazar, de hecho parece que hay hitos y restos de senda, lo que pasa es que hay que atravesar un endiablado karst, pero ¿qué es eso para nuestro amigo “el intrépido”? Fernando le presta uno de walkies que lleva para, por lo menos, poder estar en contacto, ya que nadie más del grupo parece estar dispuesto a acompañarle, pero Miguel es así, y en pocos minutos pasa de ser uno más del grupo a un pequeño punto negro sobre el gris de la roca “nos vemos abajo, chicos”.



El resto hacemos una pequeña parada para comer algo y seguimos descendiendo., volviendo la mirada atrás de vez en cuando para no perder de vista ni a Miguel ni La Mesa.


El descenso se realiza por la misma ruta de subida, así que vamos pasando sucesivamente por los mismos sitios, el barranco y la zona de rocas y grietas antes de llegar de nuevo a la Solana. Una y otra vez las miradas se van hacia ese puntito negro que se mueve hacia el Petrechema.


Seguimos atravesando la Solana contemplando la excepcional estampa del Petrechema y nos vamos acercando al collado de Linza. La Paquiza de Linzola también nos muestra una de sus caras.

Estamos a punto de llegar al collado de Linza cuando suena el walkie de Fernando, es “el intrépido”, acaba de hacer cima en Petrechema, está eufórico, pero dice que es una pena no tener cámara de fotos para inmortalizar el momento, no te preocupes Miguel SI FOTO=SI CIMA.


Miguel descansará un poco en la cima, pero nosotros seguiremos bajando. Echamos las últimas miradas hacia el paisaje que dejamos atrás, la Mesa cubriéndose de nubes. La Solana y el magnífico Petrechema.

De nuevo el grupo se ha dividido, por delante van Felipe, Jose y Almudena, detrás de ellos vamos Fernando, Garbiñe, Iñigo y yo, y “el intrrépido”, bueno, “el intrépido” ya sebéis donde anda.


En el sobrante de Linza se encuentra uno de los rincones que más me gustan de lo poco que conozco de Pirineos, la vista sobre el Acherito es impresionante y como decía antes, esas nubes que se forman hacen que salgan una fotografías muy bonitas.


Tal y como empezamos, un goteo incesante de montañeros nos vamos aproximando al final de la ruta, en fila india, con el cansancio reflejado en la cara, pero también con un gran sentimiento de satisfacción. Una última mirada hacia atrás y a esperar que esto vuelva a repetirse pronto.


f o t o s



 

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