12 de abril de 2009

Sierra de Gata: Jalama (montañas de Extremadura)



Semana Santa, días para olvidarse del trabajo y descansar todo lo que se pueda… o tal vez no. De las tres grandes cimas de la Sierra de Gata, sólo me quedaba una por ascender, el Jalama, que con sus 1.493 metros es la segunda cima de la sierra tras la Bolla Grande (1.519) y por delante de la Jañona (1.367) así que tenía que aprovechar estos días, lo que no sabía era cual, pues el tiempo, aunque soleado, andaba un poco revuelto. Por suerte el hombre del tiempo de la televisión extremeña se equivoca igual que nuestra querida Ana Urrutia de la Euskal Telebista, y las previsiones de un día para otro son… “imprevisibles”.
Es miércoles, anuncian nubes durante todo el día, lo cual puede ser un problema pues el Jalama es una montaña que ya de por sí, casi siempre amanece cubierta de nubes y permanece así durante gran parte del día, pero si no voy hoy ya no tendré tiempo hasta sabe dios cuando, así que madrugo y que sea lo que tenga que ser. El día amanece limpio y claro, sin un sólo resquicio de nubes y el Jalama está completamente despejado, voy a por ti, amigo.

La forma más sencilla de subir esta montaña es desde lo alto del Puerto de San Martín, que une la localidad extremeña de San Martín de Trebejo con la Salmantina de El Payo, para ello la carretera rodea la montaña por su cara oeste, pero, la verdad, es una subida de poco más de media hora y poco montañera. Yo voy a subir desde la localidad de Acebo, en la cara este, la idea es hacer una ruta circular, subiendo por la cara sur, bajando por la norte y rodear toda la rivera de Acebo en un recorrido circular de más de 32 kilómetros. Dejo el coche a la entrada del pueblo, junto a las escuelas municipales. Llevo la ruta en el GPS, pero no sé porque extraña razón no consigo visualizarla, más tarde descubriré que ha sido un problema de datums, así que tengo que echar mano de mi cada vez peor memoria para localizar el camino, pero no hay problema, he llegado a la conclusión de que los montañeros acabamos desarrollando un sexto sentido para esto de la orientación y siempre damos con el camino adecuado. Salgo del pueblo siguiendo la pista que lleva al cementerio (mi abuela lo llama el palillo, no me preguntéis porqué), lo bordea y enseguida descubro que voy bien… marcas de pintura roja y blanca que señalan la GR10 en su etapa entre Acebo y San Martín de Trebejo.

El camino discurre primero entre muros de piedra que delimitan huertos y parcelas para después internarse entre los robles y los helechos, en algunos puntos se pierde entre la maleza, pero las marcas rojas y blancas son bien visibles y es difícil perderse. Enseguida salgo a terreno despejado, una pista con postes que confirman que voy en el buen camino. Ante mí tengo las primeras vistas de la ribera de Acebo que me acompañarán durante todo el camino.

La pista va ganando altura sin apenas desnivel. El monte bajo floreciendo y el cielo azul le ponen color a la ruta que me llevará hacia el Jalama.

A medida que gano altura tengo unas vistas más amplias sobre el valle de Acebo y empiezo a pensar que quizás no haya sido la mejor idea hacer la ruta por esta pista pues se me va a hacer muy larga, puedo ver como por el fondo del valle, sin apenas desnivel, hay varios caminos que salen del pueblo y se acercan hacia la base de la montaña y seguramente me habría ahorrado algunos kilómetros.

Llego a un punto en que un camino deja la pista, que continúa bordeando toda la línea de montañas hasta llegar al Jalama. Este camino se dirige hacia el fondo del valle, hacia los caminos que he visto antes, o eso parece desde esta altura. Decido probar suerte y comienzo a descender en busca de un camino que me ahorre algunos kilómetros y muchas fuerzas. Tras atravesar algunas parcelas llego al fondo del valle, a una pista de cemento, pero ahora, desde aquí abajo ya no tengo la perspectiva que tenía antes y no sé que camino de os que veo puede ser el bueno, así que decido continuar por la pista principal, que además es la única que lleva una dirección ascendente. La pista acaba en una casa rural, creo que he metido la pata, pero entonces surge de nuevo ese sexto sentido de la orientación, rodeo la casa por la derecha hacia un pequeño prado y allí veo que comienza un sendero que continúa ascendiendo, no aparece en el mapa del GPS, pero tiene buena pinta. El sendero va remontando la cada vez más acusada pendiente siguiendo paralelo al curso de un arroyo y a través de un precioso robledal.

El sendero, perfectamente visible, sigue ascendiendo hasta llegar a un lugar dominado ahora por enormes castaños donde acaba desapareciendo, pero según el GPS me encuentro muy cerca de la pista que abandoné hace ya más una hora y buscando el camino más cómodo entre la maleza acabo saliendo a terreno despejado y alcanzo la pista, al final creo que he perdido el tiempo y he gastado fuerzas que más tarde me harán falta. Si alguien decide hacer esta ruta le aconsejo seguir por la pista del GR10 o buscar un buen camino que salga desde el pueblo y recorra el valle hacia la base del Jalama. Al menos otra vez puedo disfrutar de unas bonitas vistas.
La pista, aunque más comodona, no deja de ser una forma muy bonita y agradable de acercamiento al Jalama, además el terreno rocoso nos deja bonitas estampas. En el cielo azul, el único rastro de nubes son las innumerables estelas dejadas por los aviones, parece como si una batería de misiles hubiese abierto fuego…
La pista también tiene su historia, pues forma parte de una antigua calzada romana y lleva hasta unas antiguas minas de wolframio que se intentan recuperar ahora. Voy dejando de lado pequeñas cimas, casi siempre coronadas por curiosas aglomeraciones de rocas, tan curiosas como los nombres de esas cimas, Teso Carranco, Barrito Blanco…
El camino ha sido largo, pero todo llega, tras atravesar una puerta metálica llego a una explanada, la pista-calzada continúa bordeando las faldas del Jalama hasta rodearlo por completo y termina en un gran cortafuegos, junto a las minas de wolframita, pero en este punto es donde voy a abandonarla y dirigirme directamente hacia la montaña, la idea es alcanzar el cordal y así llegar hasta cima. Me siento un poco a descansar y comer algo, llevo ni más ni menos que tres horas de camino y he recorrido algo más de 10 kilómetros. Mientras descanso observo la montaña y me fijo en un punto no muy lejano donde se acumulan enorme rocas que toman las formas más insospechadas…
La verdad es que pensaba que toda la ladera estaría cubierta de monte bajo, jara, brezos, carquesas y que sería complicado avanzar o encontrar un camino, pero para mi sorpresa predomina la roca, y el matorral, aunque abunda, permite avanzar muy cómodamente, con el único obstáculo de la pendiente y el cansancio acumulado, así que me lo tomaré con calma y si puedo dejaré de mirar las rocas porque yo sigo viendo cosas raras.
Gano altura con la rapidez que me permiten mis fuerzas, o sea, poco a poco y aparto mi vista de las rocas para dirigirla de nuevo Hacia el valle, que ahora se muestra ante mí en todo su esplendor.
Continúo hacia arriba y me encuentro con un pequeño arroyo, no es que haga un calor excesivo, pero se agradezco el poder refrescarme un poco, a ver si me olvido de las malditas rocas, al menos durante un rato. El agua se ve tan limpia y cristalina que no puedo evitar echar un par de tragos, aunque más vale prevenir, y si no es completamente necesario… mejor dejarlo. Supongo que en época estival por aquí no quedará ni una sola gota de agua, así que si alguien decide hacer esta ruta que lleve bien llena la cantimplora.
El cordal está cada vez más cerca, pero cada vez también noto más el esfuerzo, comienzo a sentir calambres en las piernas y no llevo ni la mitad del camino que tengo pensado, espero que se me pasen porque si no esto puede ser la leche. Intento concentrarme en otras cosas, por ejemplo las vistas hacia abajo, cada vez más impresionantes.
Un ultimo esfuerzo para llegar a la parte alta de la montaña, más rocas, algo de vegetación pegada al suelo, aquí el viento debe pegar fuerte y pocos matorrales consiguen crecer y aguantarse si no es entre las rocas.

Por fin salgo al cordal, aunque estaba tan cansado que en lugar de subir en línea recta he ido faldeando y he salido a escasos metros de la cima, la ansiada y reconfortante cima del Jalama.
Un vértice geodésico y un mojón que señala el límite entre las provincias de Salamanca y Cáceres marcan el punto más alto del Jalama, aquí no hay buzones. Es hora de sentarme y descansar de verdad, disfrutar de las inmensas vistas que ofrece esta montaña desde la que se domina un paisaje infinito, Extremadura, Castilla y Portugal.
Son las 13:30, cuatro horas y media y algo menos de 14 kilómetros ¿porqué no habré subido desde el puerto de San Martín? Pues porque me encantan las montañas y sus caminos, con sus fuertes pendientes, sus arroyos refrescantes y sus alucinantes formaciones rocosas.
Hora de alimentarse e hidratarse bien, aún me queda más de la mitad del camino, eso sí, ahora la mayor parte será cuesta abajo. Y qué mejor lugar para sentarse que el vértice geodésico, pero alguien ha colocado algunas rocas así que nada, una patada y listo, asiento despejado, pero… ¡un momento! ¿qué es esto?, pero… si parecen tarjetas de un club de montaña… ¡no puede ser! debajo de la piedra que acabo de patear hay una bolsita de plástico con dos tarjetas de clubes de montaña, y esta vez no son rocas y no estoy alucinando, una de las tarjetas pertenece a La Sociedad Montañera… ¡de Bilbao! y la otra al Arroletza Mendi Taldea de Baracaldo… Joselón, Chelo, Juanma, Ana… son algunos de los nombres que consigo leer de entre las 14 firmas que tienen las tarjetas. Chicos, estais de suerte, tarde, pero vuestras tarjetas llegarán a su destino.
Me quedaría aquí el resto del día, pero aún me queda mucho camino, el esfuerzo ha merecido la pena y con pena me despido de la cima del Jalama y de sus rocas misteriosas. No soy el único que piensa que este es un buen lugar para sentarse, descansar y contemplar el paisaje…
El camino de Bajada es muy claro, hay que ir junto a una alambrada de espino, también a quien se le ocurre poner una alambrada así en un sitio como este, pero bueno… Desde la cruz parte un sendero muy marcado, pero por si acaso, tengo como referencia unos metros más abajo una torre de vigilancia forestal hacia la que me dirijo, más abajo una caseta con una antena y aún más abajo el cortafuegos que será mi sendero durante unos cuantos e interminables kilómetros.
Antes de llegar a la torre de vigilancia forestal el camino pasa junto a un antiguo nevero protegido por rocas y una mancha de pinos, en su interior aun quedaban restos de nieve.
Me gusta disfrutar del paisaje mientras camino, pero también tengo la costumbre de no apartar mucho la vista del suelo, tengo una pequeña obsesión con las culebras, en especial con las víboras, y hoy me he topado con una tras dejar el nevero, estaba tranquilamente tomando el sol en el medio del camino, era pequeñita y al sentirme se ha espabilado y ha salido pitando, mejor así, sino el que hubiera salido pitando soy yo. Alcanzo la torre de vigilancia, aunque se encuentra junto a una pista que desciende, hay que rodear la torre y seguir descendiendo por un sendero muy evidente que también está señalado con hitos, así que no hay pérdida, se sigue descendiendo en línea recta hacia la caseta. Hacia atrás dejo el Jalama.
Al llegar a la caseta hay que hacer igual que en la torre, olvidarse de la pista, rodear la caseta y seguir por el sendero. El camino lleva hasta un mirador, por encima de la zona donde se encuentran las minas y que ofrece unas vistas espléndidas y también es un buen sitio para relajar las piernas cinco minutos.
Desde el mirador se intuye la cercanía del cortafuegos, pero no veo un camino claro que baje en línea recta, además aquí la vegetación es más frondosa, así que continúo por el sendero marcado por los hitos, da un pequeño rodeo, pero finalmente acaba en una pista junto a las minas de wolframita y la pista lleva directamente al cortafuegos.
Del cortafuegos qué os voy a contar, serán 8 kilómetros eternos, con algunos pequeños repechos que se me hacen insufribles por los calambres en las piernas, pero tengo que seguir adelante. Una caseta de guardabosques en un alto rompe la monotonía de la tierra, los pinos y el cielo azul. El Jalama ya se ve lejano.
Sí, el cortafuegos se hace pesado, aburrido e interminable, pero el que haya elegido este camino para volver tiene su razón de ser, aparte de que me apetecía pegarme esta paliza hay un punto en el camino en el que salgo del cortafuegos por un camino que lleva a un mirador, el mirador de la cervigona. La cervigona es un salto de agua de unos 60 metros que surge del paraje conocido como las Cabezas de la Cervigona, una depresión a los pies del Jalama que recoge el agua que cae por sus laderas y la lanza al vacío en el barranco de la cervigona, por donde el río del mismo nombre discurre encajonado. Sé que no llevará mucho agua, pero quería verlo, y aquí estoy, en el mirador de la cervigona.
El mirador es otro buen lugar para sentarse un rato y disfrutar del panorama, la pena es que tengo el sol de frente y las fotos salen poco vistosas… Regreso al cortafuegos, ya me queda muy poco para alcanzar el punto donde lo abandonaré y tomaré el antiguo camino del puerto de Castilla que me llevará directamente a Acebo, pero aun me queda tiempo y tiempo y kilómetros para seguir disfrutando y sufriendo a la vez de estas montañas.
El paisaje ha cambiado, ahora disfruto de las vistas hacia el Jalama, sus laderas salpicadas de pinos y los continuos pliegues de la montaña en una sucesión de barrancos que descienden hacia el fondo del valle.
Otro pequeño alto en el camino para visitar el mirador de La Ventosa, unos 250 metros por debajo se encuentra la presa del Prado de las Monjas que recoge el agua de la Cervigona, está a rebosar. Me encantaría bajar a verlo, pero las fuerzas están al límite, llevo andados 26 kilómetros y aún me faltan otros 6 hasta el pueblo que se divisa al fondo del valle, parece lejísimos…
Desde el mirador de La Ventosa sale un sendero que lleva a Acebo, pero yo vuelvo atrás unos metros, hasta un collado de donde parte otro sendero que también lleva a Acebo, el motivo, que el camino es algo más corto y yo tengo las botas llenas de pies y los pies llenos de dedos que luchan por salir de esas botas. O sea, que estoy rendido. Ya ni el paisaje consigue distraerme, y eso que a mi lado voy dejando otra pequeña montaña con muy buena pinta, pero como su propio nombre indica, Teso Porras, ¡que se vaya a la porra! Al menos por hoy, tal vez otro día…
Por fin tengo Acebo frente a mí, dejo el camino de tierra y piedras para entrar en la carretera, aunque no lo creáis el asfalto proporciona un alivio momentáneo a mis doloridos pies, unos pocos metros y llego a la piscina natural de Acebo, un lugar que en verano hace las delicias de todo el que se acerca hasta aquí, estáis invitados a conocerlo, Acebo y todos esos rincones de la Sierra de Gata que están sin descubrir o al menos sin masificar y por los que es una auténtica delicia pasearse, aunque te acaben doliendo los pies. Junto a la piscina hay un bar, pero por lo visto sólo debe abrir en verano, es una pena porque me hubiese gustado rendir un pequeño homenaje a los foreros “cartagineses” de Mendiak.net con una buena cerveza en la mano, ellos ya me entienden…
Habría sido el colofón perfecto para esta jornada, sin embargo, para mi desdicha, además de que el bar está cerrado, resulta que las piscinas están a más de dos kilómetros del pueblo... y de mi coche.

Diez horas y ocho minutos desde que salí, 32,36 kilómetros incomprensibles para muchos, los pies fundidos con las botas, pero en este momento soy el tío más feliz del mundo ¿porqué será?



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Música de Bryan Adams: "Heaven"



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