30 de mayo de 2009

6 días en Aramotz: un broche de oro (día 6)

23 de marzo de 2009

Durante las últimas semanas, en realidad han sido meses, he recorrido la sierra de Aramotz desde una punta a la otra, de norte a sur, de este a oeste… he iniciado mis recorridos en Artaun, Oba, Mañaria… he caminado por lugares que ya conocía y por zonas por las que, posiblemente, nunca haya pasado nadie… he pisado casi todas sus cimas, pero había dejado de lado la más importante, la que más me gusta y la que, en mi modesto currículo, tiene el honor de ser la montaña que más veces he subido, el Mugarra, y por eso la he dejado para el final. Es una montaña especial y especial tenía que ser también esta ascensión. Para mí era todo un reto que afrontaba con cierto recelo, pero tenía que intentarlo, subir al Mugarra por su arista este.

Hoy es lunes, sí, lunes, he cogido un día libre en el trabajo sólo para subir el Mugarra. A las 9 dejo al chiquillo en la ikastola y me dirijo hacia Mañaria. En Bilbao el cielo está muy brumoso y por el camino hacia Durango parecido, pero al llegar a Mañaria cambia el panorama, un cielo azul intenso asoma sobre el Mugarra y su arista este. Esto promete.
Dejo el coche en el primer aparcamiento que hay al llegar a Mañaria, me calzo las botas y tomo el camino que, por carretera primero y por pista después, lleva hacia Mugarrikolanda. Al poco de abandonar el asfalto la pista se divide en dos, hacia la izquierda gira noventa grados en dirección a Mugarrikolanda, y a la derecha continúa hacia la cantera que devora la montaña, yo tomo esta dirección. A escasos cincuenta metros dejo la pista, por la izquierda, y me coloco por encima de la valla metálica, justo debajo del tendido eléctrico, tengo que subir todo recto por el pasillo que se abre delante de mí. La siguiente referencia es muy clara y evidente, al llegar a la parte más alta, una zona herbosa bajo otra torre del tendido eléctrico, aquí comienza la arista este del Mugarra, a mi espalda sólo queda el vacío creado por la cantera.


Comienzo a caminar por la roca un tanto nervioso pensando en lo que pueda encontrarme por delante, pero enseguida me doy cuenta de que, aunque estos primeros metros son casi un paseo, por aquí hay que andar con los cinco sentidos puestos en lo que se está haciendo. Decido guardar el bastón, hoy me van a ser más útiles las manos.
Por esta zona se avanza bien y tengo la posibilidad de hacer alguna pequeña trepadita, para ir calentando y cogiendo confianza, aunque como he dicho, mejor no confiarse, a veces la caída hacia los lados impresiona un poco, pero la arista, aunque escarpada ofrece buenos pasos y se anda con cierta comodidad y seguridad. De frente siempre el Mugarra, que hasta de lejos impresiona.


Entre rocas y árboles voy progresando, el camino se hace muy ameno y bonito, además, poco a poco se va ganando altura y mirar hacia abajo se hace más agradable.
Tras superar algunos descensos y subidas se sale por fin a terreno despejado. Ante mí tengo la parte más complicada del recorrido, hasta aquí ha sido un paseo, pero ahora comienza lo bueno, lo bonito, lo divertido… y lo peligroso.
El primer paso comprometido de la arista se me presenta en la subida a Atxurkulu, tiene buenos agarres y la roca parece firme, pero tiene mucho patio hacia la derecha, o sea, mucha caída, se puede evitar bordeándolo por la izquierda, siguiendo un senderillo y subiendo luego a la cima por el lado opuesto sin ninguna complicación, ni lo uno ni lo otro, no voy a exponerme demasiado, pero tampoco voy a renunciar a un poco de emoción. Voy a evitar la parte más complicada, pero al llegar al árbol de la foto me encaramo de nuevo a la arista, desde aquí a la cima, con cuidado, pero más tranquilo.


Superado este primer tramo complicado, con un poco de trampa, es cierto, pero para alguien que no sabe lo que es escalar creo que no está nada mal, me siento sobre la cima de Atxurkulu a disfrutar de la imponente figura del Mugarra, a estudiar con la vista el siguiente tramo de arista. En principio no le veo ninguna complicación, salvo la fuerte pendiente, así que para allá me voy.
El descenso de Atxurkulu no tiene ninguna complicación, un mínimo destrepe y llego a terreno llano, pero poco, muy poco tiempo, enseguida el camino se empina de forma endiablada. Camino lo más cerca posible de la arista, pero no por ella, busco el terreno más cómodo para subir y me paro varias veces a tomar aire, la subidita se las trae. Hacia atrás tengo la bonita silueta de Atxurkulu y del Untxillaitz justo detrás.


Ya casi he llegado a la parte más alta de este tramo, ante mí tengo una bonita pared de roca que superaré por una canal abierta casi en el centro, cada vez me gusta más esto de trepar, de subir pegado a la roca agarrándome con manos, brazos y piernas. Los nervios del principio se han convertido en una ilusión tremenda por seguir avanzando y seguir descubriendo esta arista, ahora estoy completamente seguro de que la voy a completar. Al llegar arriba, descanso un poco para recuperar el aliento y disfrutar de la impresionante vista que ofrecen el Mugarra, su arista y sus paredes grises.


Sigo adelante, ya queda menos. Hay muchos tramos en los que he evitado la arista, pero aún así hay que caminar tan pegado a la roca que no sé qué es peor. Ahora toca hacer un destrepe cuyo mayor peligro es la caída que tiene a ambos lados, pero basta con echar el culo al suelo y deslizarse poco a poco para superarlo sin problemas. Otra vez toca caminar con cuidado y pegado a la pared, de frente va asomando el último tramo de subida y tal vez el más peligroso si se hace directamente por la arista.
Tengo ante mí la última parte, la más peligrosa de la arista, pero se puede evitar bien por la izquierda bien por la derecha. Por la izquierda parece fácil, pero la pendiente es tanta que un resbalón puede ser fatal, sin embargo por la derecha parece más cómodo y hay un sendero muy evidente, así que la decisión es sencilla, por la derecha, pegadito a la pared y trepando hasta llegar a la parte alta. La vista hacia atrás es realmente impresionante.


Se acabó, ha sido una experiencia genial, menos complicado de lo que pensaba, eso sí, que conste que he evitado los pasos más complicados. Me siento durante unos minutos a contemplar el camino recorrido, a pensar en el final de esta pequeña aventura por Aramotz…
Hacia atrás una historia resumida en seis días, hacia delante un cielo azul y la cima del Mugarra.
Es hora de comer, con la única compañía de los moradores del Mugarra y el triste sonido de los camiones en la cantera. Mirando hacia Aramotz recuerdo cada uno de los anteriores días, recuerdo todos los caminos, todas las cimas y todos esos rincones que he descubierto. Me quedaría sentado aquí arriba el resto del día…


Para el descenso utilizaré el camino normal de subida, bueno, no tan normal, porque ya puestos voy a seguir por la arista hasta llegar a Mugarrikolanda. A pesar de subir por donde he subido y superar los pasos que he pasado, en este tramo aparentemente sin complicaciones, no conviene confiarse, a mi izquierda la caída en vertical puede rondar los cien metros, así que un tropezón puede ser fatal. Aunque las vistas bien merecen acercarse un poquito a mirar.
Un par de destrepes con el culo pegado a la roca dan paso al vertiginoso descenso por la empinada pradera hacia el collado de Mugarrikolanda, un lugar perfecto para tumbarse un rato y disfrutar de esta otra cara del Mugarra y de lo que le rodea.
La cercana fuente es un lugar de paso obligado, no sólo para rellenar la cantimplora, sino porque desde aquí se tiene una muy bonita vista del Mugarra


Es hora de regresar. Descender poco a poco por la pista sin dejar de observar las paredes de esta montaña, esas paredes que hace poco tenía bajo mis pies, esas paredes por las que he trepado y que no me canso de mirar, creo que no tardaré mucho en repetir. No puedo evitar acordarme de mis amigos “el intrépido” y “el prudente”, el primero disfrutaría como un niño por esa arista y el segundo se acordaría de todos mis muertos.
La pista se adentra en un pinar y por unos momentos el Mugarra desaparece de mi vista, sólo a veces se deja ver entre las ramas para finalmente desaparecer. Dos árboles que han sentido tanta atracción el uno por el otro que no han podido resistirse a estar unidos le dan un toque pintoresco a la aburrida pista.


Recorro los últimos metros del camino de vuelta por la carretera y de nuevo puedo ver el Mugarra y casi toda su arista, esta historia se acaba, pero como dijo aquél, esto no es un adiós, sino un hasta luego, el principio de nuevas aventuras y nuevos retos montañeros…



f o t o s


t r a c k



 

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