28 de septiembre de 2008

Sierra de Gata: Bolla Grande (montañas de extremadura)


El verano quizás no sea la mejor época del año para moverse por estas montañas, pero no tengo muchas oportunidades de acercarme por estas tierras a lo largo del año, así que hay que aprocechar cuando se puede. Después de abortar el intento de ascensión a esta montaña un par de días debido al intenso calor y a que tampoco me apetecía mucho madrugar, para qué voy a mentir, finalmente decidí desechar el recorrido que tenía pensado, una circular de casi 20 kilómetros, y en una sálida corta hacer únicamente la cima de la Bolla Grande y volver para casa, lo que no me llevaría más de tres horas en total. Le propuse a mi mujer que me acompañara y accedió.

Salimos de casa a eso de las 8,30 de la mañana y nos dirijimos hacia la cercana localidad de Robledillo de Gata, aquí empezaba el recorrido original, pero ascendemos con el coche hasta lo más alto del llamado puerto viejo y tomamos una pista de tierra a la derecha . Al llegar a un cruce de pistas y cortafuegos dejamos el coche y comenzamos a remontar el amplio cortafuegos que, sin complicaciones de ningún tipo, nos llevará hasta la cima de la Bolla Grande.

Debemos pasar dos pequeñas cotas, Hiedra Mayor, de 1096 metros y el Cotorro Albecerro, de 1263 metros. La pendiente no es muy fuerte, pero sí es constante, así que nos tomamos la subida con calma. Ante nosotros comienzan a mostrarse las amplias vistas hacia la meseta castellana, especialmente de la zona conocida como La Malena, donde predomina el monte bajo, brezo, jara, escoba... el terreno está surcado por infinidad de pistas y cortafuegos.


En la última parte de la subida la pendiente es más pronunciada, el cortafuegos se ensancha y las vistas sobre el valle del río Arrago y La Malena son excepcionales. Mari, mi mujer, se queda un poco rezagada, además de estar un poco desentrenada nota los efectos del tabaco, pero en un plis plas se planta en la cima tras de mí.

La redondeada cima de la Bolla Grande está presidida por un vértice geodésico, por aquí no parece costumbre marcar las cimas con buzones. Aunque el acceso sea muy fácil, tengo la impresión de que no es una cima muy visitada, pero merece la pena acercarse hasta ella, aúnque sólo sea para contemplar la inmensa vista que se aparece ante nuestros ojos.


Llegar hasta arriba nos ha llevado poco más de una hora, menos tiempo de lo esperado, el día es muy soleado, lo normal para esta época del año, pero no calienta como yo esperaba, la verdad es que hace una temperatura muy agradable. Le propongo a Mari continuar por la pista que recorre el cordal para alargar un poco la excursión, después bajaremos por otro cortafuegos hasta una pista que nos llevará directamente al lugar donde hemos dejado el coche. El camino es cuesta abajo, aúnque la vista nos engaña, ya que tendremos que superar un par de fuertes repechos, pasando por otra pequeña cota, Cotorro de la Golondrina, de 1457 metros, pero continuamos con nuestro paseo.

Llegamos al cortafuegos por el que teníamos pensado bajar, pero decidimos dejarlo de lado y seguir adelante, vamos a completar el recorrido que yo tenía pensado y que deseché pensando que el calor iba a ser agobiante, seguiríamos por la pista hasta un nuevo cortafuegos que baja directamente a la localidad de Ovejuela para luego remontar el río Ovejuela hasta la preciosa cascada del Chorrituero


Caminamos cómodamente por el cortafuegos hasta que llegamos a una zona donde la pendiente pasa del 40%, por momentos da la impresión de que estamos justo encima del pueblo de Ovejuela. A lo lejos podemos ver ya el salto de agua del Chorrituero.

Bajando por el cortafuegos cruzamos una pista que nos da un pequeño, pero corto respiro, pues la vertiginosa bajada continúa y el terreno se vuelve cada vez más incómodo, estamos llegando a la parte final del cortafuegos, donde unas curiosas formaciones rocosas emergen del suelo, como si fuesen guardianes de la montaña. Ante mí se pasea un pequeño y precioso ejemplar de la mariposa macaón (papilio machaon), no me he traído el objetivo macro, pero hay que aprovechar esta oportunidad...




Seguimos bajando, ahora ya por un sendero, hacia el río, dejando de lado el pueblo. En el río nos refrescamos un poco, lo cruzamos y continuamos por un camino que desemboca en el sendero de pequeño recorrido, señalizado con marcas de pintura blanca y amarilla que lleva hasta la base del Chorrituero. Debemos remontar el río pegados a su cauce, cruzándolo varias veces. En esta época del año el río no lleva mucha agua, por lo que el camino, que en algunos tramos transcurre casi por el lecho del río, no resulta complicado.

El camino serpentea y tras una revuelta nos topamos de frente con el bonito salto de agua que cae desde unos 30 o cuarenta metros formando una pequeña piscina de aguas cristalinas. Hacía muchísimo tiempo que tenía ganas de visitar este lugar que, con más agua, debe ser espectacular, pero aún con poca merece la pena visitarlo y darse un chapuzón.


Nos sentamos bajo la cascada a contemplar la caída del agua y mientras Mari charla con una pareja que se ha acercado al lugar a pasar el día junto con su hija, yo aprovecho para sacar fotos y más fotos, después habrá tiempo para un chapuzón y comer algo tranquilamente junto al río. El agua sale proyectada al vacío por una pequeña canal en la roca y después se divide en varias cascadas que se deslizan sobre la roca y acaban cayendo sobre el pequeño pozo que se forma. Es un lugar con un encanto especial.

Da pena marcharse de este lugar, pero debemos continuar, lo que iba a ser un corto paseo hasta la cima de la Bolla Grande se está alargando, hace ya seis horas que iniciamos el recorrido, aunque es cierto que hemos pasado un buen rato en el Chorrituero. De espaldas a la charca y a nuestra derecha nace un sendero, si mis apuntes son ciertos nos debería llevar hasta el sendero GR-10 que pasa por Ovejuela y remonta la sierra hasta su parte más alta para luego bajar hasta hasta Robledillo de Gata, es el camino que debemos seguir. Comenzamos a subir por el camino, parece como si lo hubiesen habilitrado no hace mucho, o al menos lo han estado limpiando. Ascendemos rápidamente y, efectivamente, acabamos saliendo al GR-10, perfectamente señalizado con las marcas de pintura roja y blanca. A nuestra espalda se muestra el Chorrituero en todo su tamaño y esplendor.


A nuestra derecha queda el barranco por el que discurre el río, que nace bajo las faldas de la Bolla Grande. Ahora podemos ver perfectamente el lugar en el que agua se desploma formando la cascada.

Caminamos acompañados por el aroma de la jara y el brezo para internarnos en una zona donde conviven los pinos, robles, castaños y alguna que otra encina. El paisaje es precioso, Las marcas rojas y blancas no dan lugar a dudas del camino a seguir hasta llegar al cordal de esta sierra.

Salimos al amplio cordal, en terreno completamente despejado, junto a un poste de señales que indica las diferentes rutas que se pueden seguir. Dejamos las marcas del GR para tomar hacia la derecha por la pista principal por donde ya sólo nos queda llanear hasta llegar al coche.






t r a c k

22 de septiembre de 2008

Pirineos: La Tierra de los Sueños


Tras casi un mes de preparativos y después de nueve meses desde mi primera visita a los pirineos, por fin había llegado la hora de volver. Un fin de semana entero, pero la cosa no empezó bien, por circunstancias personales no pude marchar el viernes con el resto del grupo, así que salgo de Bilbao el sábado a las doce del mediodía en dirección a Isaba. Probablemente a esta hora mis compañeros estén ya en la cima de la Mesa de los Tres Reyes disfrutando de aquellos paisajes. No puedo evitar sentir un poquito de envidia, lo que daría por poder estar allí arriba con ellos... En fin, para aprovechar la tarde, mi intención es subir directamente al puerto de Belagua y, desde allí, realizar alguna ascensión tranquila o pasear por la zona haciendo fotos, buscar un lugar elevado y esperar a la puesta de sol, que desde aquí y con el telón de fondo de estas montañas, debe ser espectacular. Podría haber sido Lakartxela, podría haber sido Bimbaleta, o Lakora, el Arlas, Txamantxoia, Ezkaurre, o incluso La Paquiza, pero hay momentos en la vida en los que un hombre tiene que hacer lo que un hombre tiene que hacer, y yo, tenía que subir a la Mesa de los Tres Reyes. Tras cruzar Isaba marco el intermitente a la derecha, dejo la carretera del puerto de Belagua y cojo el desvío que lleva primero a Zuriza y después al refugio de Linza.
Son las cuatro de la tarde, el refugio, el parking y las campas de Linza están llenas de personas que regresan después de haber hecho cima, unos en La Mesa, otros en Petrechema, Atxerito, Chinebral... pero todos vuelven, yo, comienzo a subir.




Durante la subida me cruzaré repetidas veces con grandes y pequeños grupos de montañeros que regresan y, además del típico y cordial saludo, hay una frase que se repetirá varias veces: “..pero, ¿ahora vas para arriba?” Pues sí, ahora voy para arriba. Las primeras rampas discurren por terreno en el que el verde de la hierba sólo se ve alterado por los senderos que evidencian lo muy concurrida que es esta subida.
Creo que nunca he comenzado una ascensión con la emoción con que lo estoy haciendo hoy, he leído y he visto tantos reportajes en internet sobre esta zona que creo conocer al dedillo cada uno de sus rincones, pero al mismo tiempo me resulta todo irreconocible, comienzan a aparecer ante mí los primeros gigantes y apenas recuerdo sus nombres.




A cada paso que doy encuentro un motivo diferente para deternerme y tomar una fotografía, a este paso no voy a llegar nunca, pero qué más da, no sé cuando volveré a tener una oportunidad como esta, así que voy a disfrutarla a mi manera.
Cada vez que miro hacia atrás el panorama es el mismo, da igual cuantas veces mire, parece siempre la misma imagen, la impresionante estampa del Txamantxoia y montañeros que descienden hacia Linza.
Apenas he avanzado unos cientos de metros y las piernas comienzan a recordarme que no he comido nada en todo el día y que será mejor que me lo tome con calma. Me aparto un poco del camino y me siento. Mientras como no puedo dejar de obserbar cómo se mueven las nubes y el continuo goteo de personas bajando por el camino, ahora parezco uno más de ellos, pero que no ha aguantado a llegar hasta Linza para reponer fuerzas.




Atravieso el rellano que forma el Sobrante de Linza, una de las zonas que, junto al collado de Linza, proporciona un pequeño respiro en la larga y dura caminata hacia la Mesa. Bajo la cima de Lapakiza de Linzola nace un arroyo que se desploma en cascadas hasta llegar al Sobrante de Linza, donde se remansa un poco y sirve para refrescarse antes de volver a encajonarse y desaparecer. Desde aquí, otros gigantes comienzan a dejarse ver, Chinebral de Gamueta.
A los pies de Lapakiza el camino se vuelve a poner cuesta arriba, bastante cuesta arriba, pero cuanto más alto, más bonito se vuelve el pasisaje. A un lado las empinadas laderas de Lapakiza, y al otro el cordal que lleva la vista hacia Chinebral de Gamueta y Atxerito. Hacia atrás sigue presente Txamantxoia y se aprecia mejor la mole rocosa de Ezkaurre. Hacia abajo, los verdes prados del Sobrante de Linza y un pequeño refugio.




Este tramo de subida se me ha hecho bastante duro y largo, pero una vez superado, me da un pequeño respiro, ahora estoy en una zona de menos pendiente y la próxima parada no será hasta llegar al collado de Linza, si es que consigo parar de sacar fotos, claro.
El collado de Linza más que verse se intuye, pues se encuentra en una vuelta del camino, un camino que parece una pista de atletismo por los senderos tan marcados entre la hierba, dan ganas de echar a correr, pero mejor no, esto no es una carrera de relevos, sino más bien una maratón.
Una pequeña subida por un paso entre rocas y ya puedo ver el collado de Linza. Sé que desde aquí ya se ve la cima de La Mesa de los Tres Reyes.
La emoción con la que comencé la subida es ahora mayor, quizás hasta tengo algo de nervios ¿cómo será la primera imagen que tenga de la Mesa? ¿será como me lo imaginaba? ¿y si me decepciona? Es una tontería, pero la primera imagen de una ciudad o, en este caso, de una montaña, es una de esas cosas que me gusta recordar.



No es como lo imaginaba... es mucho mejor. Esa imagen que tantas veces he visto en fotografías está ahora delante de mis ojos y os aseguro que de todas esas imágenes que he visto, esta siempre será la mejor. Pero la Mesa no está sóla, de frente, desafiante y como girando la cabeza para ver quien se acerca por Linza, está el Petrechema.
Después de este primer momento de encuentro y miradas fijas hacia las cimas, es tiempo de descansar un poco y deleitarse con el conjunto. La Mesa y Petrechema son impresionantes por sí mismos, pero el marco incomparable de pequeñas cimas rocosas y prados que las rodean hacen que la vista no alcance a contemplarlo todo, sobre todo lo que hay detrás de ese cresterío, los PIRINEOS con mayúsculas.
Desde el collado de Linza se puede elegir entre dirigirse por un sendero hacia la derecha, dirección al Petrechema, o continuar por el camino más ancho y marcado, dirección a la Mesa. Este camino, en descenso, da acceso a un lugar cuyo nombre lo dice todo, La Hoya de la Solana, un lugar desde el que las vistas del cresterío entre Petrechema y la Mesa son de quitarse el sombrero, o mejor no, porque aquí el sol puede ser abrasador, y el calor asfixiante, es un lugar que nos recuerda que para subir a la Mesa hay que ir bien provisto de agua.




A medida que avanzo la Mesa va desapareciendo de mi vista, sin embargo, Petrechema se va mostrando en todo su esplendor.
Sigo cruzando la Solana para dirigirme a una zona rocosa donde el camino se vuelve otra vez cuesta arriba. Decido sentarme a comer otro poco y, como no, a sacar fotos sin parar, cada paso que doy me ofrece una visión mejor del paisaje, o al menos eso me parece a mí.
En esta zona, hablar de roca es hablar también del pino negro, es increible ver como esta especie se agarra a un suelo en apariencia tan estéril y cómo sus ramas toman las formas más insospechadas.




La Solana le ha dado un respiro a mis piernas, pero se me ha hecho un poco larga y noto mucho el esfuerzo, sobre todo al empezar a subir el tramo hacia las rocas, que también parece que no se acaba nunca. Me he cruzado con tres montañeros, las últimas personas que veré y, sí, ellos también me lo han dicho “pero, ¿vas para arriba?” Pues sí, voy para arriba. Son las seis de la tarde.
Algo no va bien, ya he comido un par de veces y he bebido cuando el cuerpo me lo ha pedido, pero las piernas no van como debieran. Hace bastante calor, pero tampoco me parece tan agobiante, llevo la gorra y la he mojado cada vez que he pasado junto a algún arroyo, el último en la misma Solana, así que la cabeza no se me ha calentado, aparte del subidón emocional por estar donde estoy, pero la cosa no va bien. Subo con la mirada clavada en el suelo, prefiero no mirar para arriba, tanto que me he salido del camino y para volver al mismo en lugar de retroceder y bajar para luego tener que volver a subir, sigo subiendo por las rocas, trepando hasta alcanzar la parte alta de este “pequeño” promontorio que hay que cruzar. Al llegar arriba me encuentro en una zona de karst, con enormes grietas cubiertas de neveros, pero que dejan entrever lo que se esconde bajo ellos, tengo que reconocer que por un momento me ha entrado hasta miedo, algo más abajo puedo ver los hitos que marcan el camino correcto y me apresuro a bajar hacia ellos, este trozo me pone los pelos de punta...




De vuelta al camino correcto este desciende hacia un pequeño barranco para enfilar en línea recta y bajo las laderas del Budogia hacia la Mesa, que vuelve a ser visible. Esta imagen parece haberme dado nuevas fuerzas para seguir adelante, parece tan cercana... pero aún queda mucho por andar y mucho desnivel por delante, estoy sobre los dosmil metros
La aparición de pequeños neveros le da un aire aún más montañero si cabe a la ascensión y me da la oportunidad de sacar fotos de gran belleza, lo que tengo claro es que el recuerdo que me voy a llevar para casa será imborrable.
El camino, perfectamente marcado hasta ahora, se difumina por momentos al cruzar por zonas de rocas sueltas. Al ganar altura, Petrechema, que también había desaparecido de mi vista, vuelve a asomarse sobre la cima de Mouscate, y por primera vez puedo ver la aguja de Ansabere. En el horizonte puedo vislumbrar algunas cumbres del pirineo francés y del aragonés.




De nuevo aparece el pisado sendero, ahora las zonas de roca están cubiertas de neveros y las huellas de todas las personas que han pasado hoy por aquí marcan el paso más fácil, un paso que cada vez se vuelve más lento, más cansino y más duro. La cima, que hace un rato me parecía tan cerca parece estar ahora a kilómetros de distancia, necesito parar cada pocos pasos, por más que lo intento creo que voy al límite. Me paro un momento para coger aire, miro el GPS, estoy a 2.276 metros de altura, me quedan casi 200 de desnivel y son casi las siete de la tarde...
Cuesta reconocerlo, pero hoy, estas vistas serán toda mi recompensa, no puedo seguir, al paso que voy no sé cuanto tiempo tardaría en llegar a la cima, es más, no sé si hubiera sido capaz de llegar. Además, luego hay que bajar, aunque por algún momento se me ha pasado por la cabeza la descabellada idea de vivaquear por aquí, pero hay un pequeño detalle, nadie sabe donde estoy.




No me siento abatido, ni desilusionado, sino todo lo contrario, me siento afortunado por estar donde estoy, ver lo que estoy viendo, caminar por donde estoy caminando, pensando en que tarde o temprano volveré y subiré esta montaña, y aquella otra, y la de más allá, aunque no sepa sus nombres, y no las subiré sólo por el hecho de subirlas y contarlo, sino para disfrutar de ellas igual que he disfrutado hoy.
Comienzo el camino de vuelta. Cruzo otra vez los mismos neveros, las mismas pedreras, el mismo karst, pero parecen diferentes. El sol está bastante bajo y la luz crespuscular comienza a teñir todo lo que toca, es una hora mágica para la fotografía, así que parece que aún me queda un buen rato para disfrutar.
Mientras atravieso la Solana no puedo evitar reirme al recordar como hace apenas dos horas, mientras subía por aquí, iba pensando en lo que escribiría después en el blog, cosas como “sólo los sarrios y las marmotas son testigos mudos de mi sufrimiento, de esta hazaña que estoy a punto de culminar” y es que justo en este punto y seguido unos de la otra, se me han cruzado dos sarrios como una exhalación y una marmota. Al final ha sido cierto, han sido testigos, pero más del sufrimiento que de una gran hazaña.




De nuevo en el collado de Linza, igual que antes estaba emocionado por la primera imagen que iba a tener de la Mesa, ahora lo estoy porque va a ser la última. Me siento sobre la hierba pues este es otro de esos momentos que me gustará recordar.

El sol se oculta tras las nubes antes de despedir el día y todo se oscurece. De vez en cuando las nubes dejan escapar algún rayo de sol para que toque la cima de estas montañas y me deje disfrutar hasta el último minuto del día en que no subí la Mesa de los Tres Reyes, pero que me paseé por la tierra de los sueños.



 


21 de septiembre de 2008

Pirineos: La llamada


Como casi todos los años, mi cuñado “el montañero” y su pareja regresaban de unas largas vacaciones recorriendo Europa en un ZX que tiene una pila de años y de kilómetros, pero que nunca les falla. Y como todos los años, dejan unos cuantos días para pasearse por los pirineos. No todos los días recibo una invitación para acercarme a estas montañas, así que, cuando recibí la llamada de “el montañero”, ni siquiera le pregunté que cima tenía pensada, simplemente le dije “dime donde y cuando” (previa autorización de mi mujer, claro).
Salgo de trabajr el viernes y después de comer me dirijo a Zuriza, donde hemos quedado y donde pasaremos la noche en el albergue del camping para, a la mañana siguiente, ascender el Mallo de Atxerito. Tras un buen desayuno y un café/colacao en el bar del camping, nos dirigimos hacia el refugio de Linza, donde aparcamos el coche. El aparcamiento está hasta arriba así que tenemos que dejar el coche unos cientos de metros antes del refugio, el número de personas que seguramente se dirijen a la Mesa de Los Tres Reyes es muchisimo mayor que el de los que tomamos la dirección contraria, de hecho, sólo “el montañero”, su pareja y yo tomamos el camino que nos llevará al paso del caballo. Ante nosotros destacan las blancas paredes de roca del Ezkaurre y la cima piramidal de Txamantxoia.

En seguida comienzan las primeras rampas que nos llevan hasta el paso del caballo, el cual se alcanza en pocos minutos, descendemos unos metros y proseguimos la ascensión hacia el collado del paso del oso remontando una senda que discurre a través de un bonito hayedo. El sol va a calentar de lo lindo y, aúnque aún es temprano, se agradece la sombra que proporcionan las hayas.

Una vez en el paso del oso, me desvío un poco a la izquierda para encamarme a unas rocas y contemplar las vistas hacia la Paquiza de Linzola y la zona por la que discurre la subida a la Mesa de los Tres Reyes.

La estampa es para sentarse un rato a disfrutar de las vistas, pero nos queda mucho camino por delante, mucho y duro, porque la rampa que tenemos enfrente es de las que quitan las ganas de seguir adelante.

Delante nuestro suben una pareja con un niño de unos diez años, el pobre está hecho polvo, no me estraña, su padre nos comenta que esta es la primera vez que le llevan al monte... pues se le van aquitar las ganas de volver. Más o menos a mitad de la subida, gracias a dios, hay que desviarse hacia la izquierda para buscar un sendero que parte desde un pequeño llano y que en suave pendiente va bordeando la infernal loma que lleva hacia Chinebral de Gamueta. Siguiendo este sendero se llega a la Plana de Diego, una pequeña depresión que hemos de remontar, primero por terreno herboso y después entre rocas, ya siempre bajo las impresionantes paredes de Chinebral de Gamueta a nuestra derecha y con la vista puesta en la cima de Atxerito.

Este tramo proporciona un pequeño respiro a las piernas antes de afrontar las rampas que dan acceso al collado del Huerto y que a mí se me hizo algo durillo, claro que aún no había visto de cerca la pala final de subida... Dejamos a nuestra izquierda el sendero que desciende hacia las Foyas del Ingeniero y al barranco de Petrechema. A nuestra derecha las impresionantes paredes de Chinebral de Gamueta.

Llegamos al collado del Huerto y la vista que tengo ante mis ojos hace que me olvide del esfuerzo realizado. Son los Pirineos con mayúsculas. Allí al fondo hay una silueta oscura inconfundible, lo he visto tantas veces en foto... de los demás necesito la ayuda de mi cuñado para ponerles nombre, pero el Midi es inconfundible, esta es la primera vez que lo veo en persona. El paisaje que se abre a mis pies es impresionante.

Como decía antes, ahora tenemos delante nuestro la pala final, lo más duro de la ascensión, a mí se me hizo interminable, no sé cuantas veces me paré por el camino, y no fui el único... no, mi cuñado “el montañero” ni siente ni padece, ese sube como un cohete. Además, para más INRI, subía tan asfixiado que no me di cuenta y me desvié del sendero que rodea la antecima siguiendo los pasos de un par de chicos que iban delante siguiendo trazas de un sendero que se dirigía a una brecha tras la cual yo suponía que estaba la cima, pero no, lo que había era una pequeña canal que había que destrepar, los chicos que llevaba delante se dieron la vuelta para regresar al camino correcto, pero yo decidí bajar por la canal como un jabato, eran unos diez metros casi en vertical, pero con muy buenos agarres, después ya sólo quedaba remontar unos metros para llegar a la cima, donde “el montañero” y su pareja hacía un rato que habían llegado.

Una vez más las vistas hacen que uno se olvide del esfuerzo realizado y de otras muchas cosas que nos agobian en el día a día. La vista se pierde en el horizonte. Nos hacemos la foto de cima y avanzo un poco por el cordal buscando un lugar donde sentarme un poco a recuperar el aliento y disfrutar del inmenso paisaje que tengo delante.

Desde aquí, con la ayuda de los prismáticos, se puede contemplar como en la cima de la Mesa de los Tres Reyes se amontona la gente, sin embargo, aquí, no estamos más de diez personas, unos llegan y otros se van, pero todos aprovechamos para reponer fuerzas, yo también, por supuesto, pero sigo deleitándome con las vistas a uno y otro lado. Por la zona francesa, como casi siempre, un manto de nubes choca contra las montañas.

No se cuanto tiempo hemos estado en la cima, pero se me ha hecho muy corto, es una pena, pero tenemos que iniciar el camino de vuelta, yo debo regresar a Bilbao, y son tres horas y media de camino, así que no queda más remedio que volver, pero la diversión no ha terminado, comenzamos la que sin duda ha sido la bajada más bonita que he hecho nunca, nos dirigimos a las Foyas del Ingeniero.

La bajada por las Foyas del Ingeniero es vertiginosa, por terreno de roca descompuesta y propicio a los resbalones, al principio se desciende encajonado entre rocas en las que se agarra el pino negro y poco a poco se va abriendo hacia el barranco de Petrechema ofreciendo unas fabulosas vistas de la cara sur de esta cima. A medida que bajamos no puedo dejar de mirar hacia atrás, es un paisaje que te engancha.

Por suerte, a mi cuñado “el montañero” también le gusta sacar muchas fotos, así que aunque continuamente me quedo rezagado, no tardo mucho en dar alcance a la pareja para, una vez más, volver a quedarme atrás, un árbol, un cairn, el sendero marcado en una pedrera, todo es excusa para sacar una foto.

La bajada se suaviza antes de alcanzar el barranco de Petrechema, hacia cuyo fondo nos dirigimos nosotros, tras cruzar una gran pedrera salimos a un llano y nos desviándonos del camino que lleva hasta Linza pasando por el refugio de Petrechema, para así continuar por el fondo del valle, donde las vistas hacia atrás son para recordar.

Una vez en el fondo del valle el resto del camino es un agradable paseo entre árboles, cuya sombra a estas horas y a estas alturas del recorrido se agradece enormemente. Es una pena que la fuente de Linza, con ese agua tan fresca, no esté más arriba, pero aprovechamos para refrescarnos, llenar las cantimploras y llevarnos algo que, al menos a mí, aúnque sólo sea por unas horas, me va a recordar el magnífico día que hemos pasado.

Entre bromas le digo a mi cuñado “el montañero” y su pareja que tengo ganas de que se vuelvan a marchar de vacaciones, o mejor, de que vuelvan de vacaciones y volver a recibir esa llamada invitándome a subir una montaña con ellos, la que sea, me da igual, pero por favor... ¡que me llamen!




 


16 de septiembre de 2008

Duelo de titanes

El rey ha muerto... ¡viva el rey!

 
 

10 de septiembre de 2008

Sierra de Altzania: Allaitz y Umandia

Esta es mi primera salida a solas con Iñigo, a nuestro colega Miguel lo tenemos por la sierra de Guara haciendo barranquismo, esperemos que vuelva de una sola pieza... En fin, por motivos personales-familiares-laborales no podemos quedar hasta pasado el mediodía así que hemos pensado en ir a algún lugar que no nos quede muy lejos, yo tenía en mente dar una vuelta por Aramotz, pero Iñigo, como siempre que le dejamos, ha elegido un destino diferente, desconocido para mí, así que no hay discusión, nos vamos hacia Araia para darnos una vuelta por la sierra de Altzania, el objetivo principal es Umandia, después... lo que surja.
Atravesamos la localidad de Araia y aparcamos casi a las afueras, a un lado de la carretera que lleva a la antigua y abandonada fábrica de Ajuria. Iñigo lleva la descripción de la ruta, pero no encontramos la primera de las marcas de pintura que indica el camino a seguir y acabamos junto a la fábrica de ajuria, donde un lugareño nos indica el camino correcto, pero también nos dice que podemos subir por el sendero que remonta el río Zirauntza hasta su nacedero, que es un recorrido mucho más bonito, y después enlazar con el camino que teníamos pensado. Así lo hacemos y no tardamos en descubrir que el hombre tenía razón el camino junto discurre a través de un frondoso bosque remontando el río, que baja formando pequeñas cascadas de agua.




La verdad es que esta zona del recorrido es muy bonita, los altos de agua se van sucediendo a medida que nos acercamos al nacedero del Zirauntza, el cual se encuentra en una pequeña represa que envía parte del agua hacia un canal, bajo las paredes calizas de la montaña.
Abandonamos el nacedero, un buen lugar para pasar una tarde y disfrutar de una buena merienda a la sombra de los árboles. Iñigo sigue dándole vueltas a la descripción de la ruta, intentando volver al camino correcto, pero nos hemos desviado bastante, de todas formas todos los caminos, convertidos ahora en pistas, nos llevan hacia arriba. Iñigo recuerda que ya estuvo una vez por aquí en otra excursión y que, efectivamente, no queda más remedio que tirar para arriba hasta alcanzar una pista que lleva hasta el puerto de Otzaurte.
Al poco de caminar por la pista principal tomamos un ramal a la izquierda que lleva hasta una fuente y acaba desapareciendo. Se intuye un sendero que se interna en el bosque y remonta la pendiente, casi en línea recta, el suelo esta cubierto de hojas secas, no de esta año, sino del anterior, y probablemente de varios años atrás.




La pista de la que habla Iñigo no aparece en los mapas del Topohispania que llevo en el GPS, pero realmente estaba allí, salimos del bosque y tras un corto tramo de fuerte pendiente llegamos a ella. Debemos remontarla hasta el collado de Allarte, donde las marcas de pintura rojas y blancas de sendero de GR nos guiarán hacia la cima de Allaitz, aunque no hay pérdida alguna. A nuestra izquierda queda la cima de Imeleku y tras ella, aún invisible a nuestro ojos, el imponente Aratz, cumbre más alta de esta sierra.
La sierra del Altzania es frontera natural entre las provincias de Alava y Guipúzcoa, la vertiente guipuzcoana, poblada de robles y hayas contrasta con las paredes rocosas que reciben al visitante por la zona alavesa, cosas del clima, supongo. Pocos minutos y una suave pendiente nos separan de la redondeada cima del Allaitz. A medida que ganamos altura comienza a aparecer a nuestra espalda la mole del Aratz, montaña que aún no he subido y a la que le tengo muchas ganas.




Las vistas desde la cima, como no podía ser menos, son impresionantes, aúnque algo limitada hacia la zona guipuzcoana por la presencia del arbolado, la loma cimera del Aratz es perfectamente visible e invita a acercarse hasta ella, pero eso lo dejamos para otro día, aunque estamos haciendo el recorrido al revés de lo que teníamos pensado, nuestra idea es seguir hasta la cima de Umandia.
Son ya más de las tres de la tarde, así que aprovechamos la sombra de unos robles para sentarnos a comer y charlar un rato. Frente a nosotros tenemos una pequeña cima rocosa que sobresale sobre el abundante arbolado, sin duda es Allaitz Txiki, y poco más adelante un cordal también poblado de árboles, Iñigo está un poco desubicado pues no consigue reconocer la cima de Umandia, él tiene en la memoria la vertiente rocosa de esta montaña, pero sí, es el Umandia.




Comenzamos a descender hacia el collado de Atabarrate siguiendo las marcas de pintura, a las que parece que se le ha dado un repaso no hace mucho, la pintura hasta parece que está fresca y todo... Pasada una zona rocosa nos internamos de nuevo en zona boscosa, el camino es muy bonito, tanto que nos hemos dejado el paso de Atabarrate atrás, pensábamos haber subido al Allaitz Txiki, pero finalmente, por no volver atrás, lo descartamos.
Este tramo del recorrido nos ha encantado, es un terreno en continuo y suave descenso a través de un bosque precioso, en otoño tiene que ser impresionante recorrer este paraje. Finalmente las marcas rojas y blancas nos llevan a una pista que bordea todo el Umandia. Al estar haciendo el recorrido a la inversa de lo que teníamos planeado y al haber dejado atrás el paso de Atabarrate, hemos perdido toda referencia para subir hacia el Umandia. La pista no hace más que descender y estamos bajando demasiado, todos esos metros tendremos que recuperarlos así que, en un acto sin precedentes, Iñigo decide que debemos “atacar” la cima al más puro estilo bilbaíno, o sea, en línea recta, pasando por donde haga falta. Nos salimos de la pista y comenzamos a subir siguiendo las veredas abiertas por los cazadores hasta los muchos puestos que hay por la zona, todo para arriba, con una pendiente endiablada y por un terreno cubierto de hojas resbaladizas hasta alcanzar el cordal.




Una vez en el cordal de nuevo la vista se abre hacia Alava, a nuestra espalda todo son árboles y de frente podemos divisar las cercanas cimas de Albeiz, Artzanegi, Atxipi... Hacia abajo destaca la borda de Martín y a nuestra derecha un centenar de metros de arista sin ninguna dificultad nos separan de la cima de Umandia.
La cima de Allaitz, además de roca y árboles, tiene un vértice geodésico, un buzón y un mojón fronterizo, y, por supuesto, unas vistas excepcionales hacia Alava. Podemos ver desde el no muy lejano Ballo hasta la silueta de las sierras de Kodes y Toloño-Cantabria, Txindoki y el imponente Beriain, ya en tierras navarras.
Pasamos un rato en la cima disfrutando de este panorama y decidiendo el camino de regreso, podemos seguir el cordal y dirigirnos al collado de Atabarrate o coger la directa y bajar por la fortísima pendiente, de casi el 60%, hacia la borda de Martín para después, por el laberinto de pistas, dirigirnos de vuelta hacia Araia. Nos decidimos por la segunda opción y metemos la directa, aunque más bien lo que hay que hacer es tirar del freno de mano pues, como digo, la pendiente es fortísima, sino que se lo digan a Iñigo, que se ha caído dos veces.




La bajada se me ha hecho un poco larga, desde abajo parece mucho menos. Salimos a los prados donde se encuentra la borda de Martín. Aquí comienza un laberíntico entramado de pistas y caminos forestales que desciende rápidamente hacia la llanada. Una última mirada hacia atrás y nos despedimos de la sierra de Altzania.
El descenso es rápido, de una pista a otra, sin perder el rumbo, hay que dirigirse siempre hacia el oeste, hacia Araia. Finalmente llegamos al punto en el que deberíamos haber empezado nuestra ruta, el poste que en las inmediaciones de una antigua cantera señala la dirección hacia Atabarrate, pero a veces es mejor improvisar y, sobre todo, hacer caso de los lugareños, si alguno os dice que subáis siguiendo el curso del Zirauntza... hacerle caso.


Y lo más importante, cuando Iñigo propone un lugar para ir, ni se discute, porque seguro que el lugar merece la pena.




1 de septiembre de 2008

Gorbeia: Remontando el Baias


Enlazando con una excursión anterior en la que llegué al nacimiento del arroyo Padrobaso, el cual acaba vertiendo sus aguas al río Baias, esta vez mi intención era remontar este último desde la localidad de Sarría hasta el punto en que recibe las aguas del Padrobaso y después remontar de nuevo el curso de éste hasta su nacimiento. Parto de la localidad de Sarría y por sendero marcado, evitando la carretera, me dirijo hacia el Parketxe, una zona de esparcimiento y donde se encuentra el centro de interpretación del parque. La verdad es que me podía haber ahorrado este tramo y llegar con el coche hasta el Parketxe, mis piernas y mi cuerpo lo habrían agradecido enormemente a la vuelta. Desde el Parketxe, una amplia pista discurre paralela al río Baias a través de la agradable sombra de los árboles, de los que están en pie, claro.




Avanzo junto al río acompañado por el murmullo de sus aguas. Enseguida se llega a un curioso puente colgante que da acceso a un refugio. Estamos en agosto y el río no lleva mucho agua, lo que me permite bajar hacia su cauce e ir remontándolo poco por la orilla y con algún que otro salto entre rocas, pero sin necesidad de mojarme, aunque no me importaría darme un pequeño chapuzón, el sol calienta de lo lindo.
De esta forma llego bajo uno de los varios puentes que atraviesan el río y no me queda más remedio que volver a la pista. El agua pasa por encima de la pista por lo que se hace necesario utilizar los puentes.




Continúo el camino sin apenas pendiente hasta llegar a una borda cerca de la cual hay unas colmenas, una calavera de vaca y unos huesos parecen avisar de que es mejor no acercarse a las mismas.
La pista se separa del río y prosigue a través del inmenso bosque del parque del Gorbea, atravieso otro puente, el puente de Aldarro y me dirijo hacia la zona de Arlobi, siempre por la pista principal.
De nuevo junto al río, pequeñas pozas invitan a darse un chapuzón. Yo no llego a tanto, pero sí que aprovecho para refrescarme. Habiendo dejado atrás el camino que lleva al Gorbea por la senda de Gorostiano, llego a la zona de Arlobi, donde el Padrobaso vierte sus aguas al Baias, y punto donde abandonaré la pista para buscar la senda que remonta el arroyo hasta llegar a su nacimiento bajo las paredes rocosas de la peña Urratxa. Pero antes aprovecharé para buscar un buen lugar a la sombra y junto al río para comer un poco.




Tras pasar un buen rato a la sombra y con los pies metidos en las refrescantes aguas, comienzo a buscar la senda entre la frondosa vegetación. No localizo un camino bien definido o marcado, pero tampoco es problema, en algunos tramos no hay mucha agua y se puede seguir el cauce, pero en otros hay que echarse hacia las laderas de la montaña, que van encajonando las aguas. Finalmente doy con el camino que me va a llevar a un lugar idílico, un pequeño salto de agua y una poza de dimensiones suficientes como para asegurar un buen baño.
Debido a algunos desprendimientos, el acercamiento a la poza lo estoy haciendo por el cauce del río, es una zona muy sombría y con mucha humedad, las rocas están cubiertas de musgo y tengo que andar con cuidado de no resbalar. Pero una cosa es decirlo y otra es conseguirlo, al poner el pie sobre una roca resbalo y caigo sobre mi costado izquierdo como si de un tronco cortado se tratara. El golpe ha sido bastante fuerte y por un momento me ha dejado sin respiración, en ese lado del cuerpo siempre llevo la bolsa de fotografía y he caído sobre ella, no sé si ha amortiguado el golpe o ha sido peor, pero el caso es que me duele, y bastante, en el pecho, en la zona de las costillas, algo me he hecho seguro pues me duele mucho al moverme y al respirar. Estoy junto a la poza así que busco un lugar cómodo donde sentarme un poco a ver si se me pasa el dolor. Mientras, no lo puedo evitar, aprovecho para sacar algunas fotos de la charca.




Parece que el dolor más intenso ha cedido un poco, se me ha quedado mal cuerpo, así que lo que está claro es que el paseo se va a acabar aquí, así que sacaré unas cuantas fotos, bastantes fotos, de la poza y me volveré para casa.
Me despido de la charca y del arroyo pues el camino de vuelta intentaré hacerlo todo buscando el sendero que discurre paralelo al mismo. En algunos tramos la vegetación es muy alta y se pierde la senda, pero al menos es más cómodo que andar entre las piedras mojadas.
De vuelta a Arlobi hecho una mirada atrás al frondoso bosque que cubre el Padrobaso, otra vez será. El dolor parece que ha remitido, pero es sólo un espejismo, con el cuerpo en caliente lonota menos, pero hay algunos gestos que me provocan un fuerte pinchazo, y también lo noto mucho al respirar, aunque más lo voy a notar los próximos días... De todas formas la procesión va por dentro y si surge la oportunidad de sacar alguna buena foto, pues hay que aprovecharla, y una pequeña y colorida araña es un buen motivo.




Hay que deshacer el camino andado, y son casi ocho kilómetros, tengo que tomármelo con calma e intentar no pensar en el dolor, por lo menos el sol ya no me va a dar en todo el camino, es más, hasta parece que está refrescando. De nuevo el Baias y sus aguas son un buen pretexto para sacar fotos.
A la ida no he reparado en él, pero ahora sí me desvió un poco para atravesar el puente de Arlobi, formado con enormes lajas de piedra.
Atravieso una zona donde reposan troncos cortados y donde los últimos rayos de sol les dan un tono de color muy bonito.




También había dejado para la vuelta una pequeña piscina natural donde la gente aprovecha para bañarse. Su situación la delata el fuerte ruido que produce el agua al deslizarse entre la roca, como en un tobogán, para acabar en una cascada que cae sobre la charca. En este punto tiene una buena profundidad, por eso es bien aprovechado por la gente que acude a pasar una tarde por la zona y bañarse, aunque a estas horas es un remanso de paz. Descanso un rato deleitándome con el sonido del agua.




Este es el momento en que me arrepiento de haber dejado el coche en Sarria y no en el Parketxe, los últimos kilómetros se me van a hacer interminables, y las próximas noches también... resultado de la caída, fisura de costilla, pero bueno, podía haber sido peor...




 

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