19 de junio de 2008

Izarraitz... amén, Jesús


A las puertas de las Navidades (las pasadas Navidades, claro), qué mejor rincón para hacer una escapadita que el macizo de Izarraitz, un lugar que rezuma espiritualidad por sus cimas, coronadas por cruces. Y qué decir de la enorme figura del insigne San Ignacio, que extiende su mano hacia la localidad de Azpeitia con gesto acogedor. Pues eso, que aprovechando una visita de mi cuñado “el montañero” y que la meteorología no acompañaba mucho, los dos, ateos practicantes, decidimos acercarnos a tan místico lugar a ver si nos encontrábamos a nosotros mismos, y de paso, qué narices, darnos un paseo.
Partimos del collado de Zorrospe, cual penitentes, siguiendo los pasos de otras almas perdidas que han decidido realizar hoy esta misma procesión. Entre brumas y árboles, una luz nos guía hacia el buen camino, andamos en completo silencio, pues hemos hecho votos y no queremos alterar la quietud que nos rodea...




A lo largo del tiempo son muchos los que han buscado esta luz, pero no todos lo consiguen, el camino es largo, muy largo, y es fácil perder la fe…
Nuestro andar es pausado, buscamos la salvación, pero tampoco tenemos mucha prisa por encontrarla, y antes de renunciar por completo a los placeres de lo material, queremos disfrutar del camino.
El Señor nos pone a prueba con una pequeña cuesta antes de alcanzar la primera de las cruces del Erlo, pero el diablo no anda lejos y nos tienta con una de sus mil formas, si unos se dedican a poner cruces, otros se entretienen colocando antenas. No podemos evitarlo, tenemos que acercarnos a verla, aún somos débiles...




Sí, hemos sido débiles, pero muy poquito, y enseguida hemos vuelto al camino recto, tan recto que casi nos descalabramos entre las resbaladizas rocas. Nos alejamos del lado oscuro para abrazar de nuevo la luz que esta vez toma forma de cruces.
Mi cuñado “el montañero” no puede evitar romper el voto de silencio al verse en tan magnífico lugar y exclamar “Yo, creo”, ¿Será posible que se haya obrado el milagro y que la fe se haya apoderado de él tan rápidamente? Ante tal euforia no puedo evitar acabar también con mi silencio, pero para decirle “Pues yo... no creo lo que veo... ¡¡¡pero si allí hay otra cruz!!! ¡Señor, qué quieres de nosotros! Acaso no hemos dado muestras suficientes de que queremos cambiar. Aunque también puede ser que haya puesto una cruz para cada uno de nosotros. Pues hala, esta para ti y aquella para mí (que es más grande)




Creo que estamos en el buen camino, y prueba de ello es que ahora descendemos, y cuesta abajo todo se ve más claro. Buscamos un lugar donde recogernos y meditar acerca de nuestro destino, de las nuevas pruebas que nos deparan, pues el Señor no debe estar muy convencido de nuestra conversión y nos ha enviado un mensaje, debemos ir a rendir culto a uno de sus servidores, San Ignacio de Loyola, y confesar allí nuestros pecados, limpiar nuestras almas (hacernos una foto con el susodicho santo y, que pena que era una estatua, que si no, también le habríamos pedido un autógrafo)
Nos alejamos de nuestro refugio y nos encaminamos al encuentro de nuestro redentor. Nos sentamos a sus pies y soltamos todo lo que llevábamos dentro... dentro de las mochilas, el bocata, la lata de sardinas, la fruta, vamos, que nos pusimos las botas, que una cosa es la fe y otra es pasar hambre. Pero ni aquí, a la sombra de este santo varón, dejaban de acosarnos las tentaciones del maligno.
Ya casi estábamos salvados y convertidos, pero aún debíamos superar la prueba más dura, la peor de las tentaciones... pasar junto al bar-refugio del cual se desprendía un olorcillo a tortillita y chorizo que para qué os voy a contar, y aquellas cervecitas burbujeantes, con su espumita, con las copas sudorosas a causa del frescor de su contenido, pero fuimos fuertes... y tontos, porque nos dejamos las carteras en el coche y no teníamos ni un puñetero euro.



Ahora por fin habíamos encontrado el camino, habíamos vuelto al rebaño y para celebrarlo corrimos y retozamos alegres por los campos (cada uno por su lado, que nadie piense mal)
Ya solo nos quedaba una última cosa por hacer, acercarnos hasta la cruz de Kakueta y allí, a sus pies, arrodillarnos a rezar y pensar en nuestra vida a partir de ahora.
Tal vez podríamos hacernos misioneros y llevar la fe a todos aquellos que, como vosotros, también queréis encontrar el camino... ese camino que después de abandonar Kakueta, y por hacer caso a mi cuñado, volvimos a perder y ya nunca pudimos volver a encontrar, así que otra vez nos tocó patear entre rocas, árboles, niebla, aquello no presagiaba nada bueno, las tinieblas se echaban sobre nosotros...




Estamos confundidos, se está tan a gusto aquí, en el lado oscuro... y cuando salimos de él, nos damos cuenta de que hemos vuelto al principio, al inicio de nuestro camino, allí donde descansan los que quieren y no pueden.


Esto sí que es una señal del cielo, la luz no hay que salir a buscarla, la llevamos cada uno de nosotros dentro, sólo tenemos que decidir hacia donde queremos alumbrar... amén, Jesús.

NOTA: espero que se haya entendido el sentido irónico y jocoso de todo el relato, y que nadie se haya sentido ofendido por algo de lo que haya escrito, si es así, pido disculpas, pues en ningún momento ha sido mi intención molestar a nadie.




 

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