5 de mayo de 2008

San Vicente, o como tropezar dos veces en la misma piedra

Ya lo decía Paco Costas en aquel legendario programa sobre seguridad vial, “La segunda oportunidad”, el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra... y qué razón tenía.
Después de mi anterior visita a estas montañas ver http://perdidoenlasalturas.blogspot.com/2007/11/san-vicente-haciendo-difcil-lo-fcil.html) me había prometido que no volvería a meterme por semejante lapiaz, pero héteme aquí, esta vez acompañado por dos expertos montañeros, hechos a sí mismos por esas montañas de dios, dos insignes miembros del club ALDATZ GORA... Miguel, “el intrépido”, e Iñigo, “el prudente”, la cara y la cruz de una misma moneda. Ellos son así...




Entre risas y bromas comenzamos nuestro recorrido junto a la Ermita del Rosario, entre Rozas y Manzaneda. Esta vez ya conozco el camino de subida, así que no nos vamos a meter en un lapiaz nada más empezar a caminar, no como la otra vez que vine. Poco a poco vamos ganando altura y mientras observamos El Piquete, Miguel ya se imagina sentado allá arriba (¿por qué creéis que le llamo “el intrépido”), pero ya le he dicho que NO, que eso para otro día.


Mientras, Iñigo está un tanto preocupado, tiene metido en la cabeza que el San Vicente es un monte “difícil” y con muchos peligros ocultos entre sus rocas (¿por qué creéis que le llamo “el prudente”?) Ya le he explicado varias veces que si no te sales del sendero marcado ni te internas en las zonas de lapiaz, no exige más precaución que la normal, como en cualquier otro monte, pero no le veo muy convencido. Empiezo a sospechar que lo que realmente le preocupa es con quienes está subiendo el San Vicente y, la verdad, hoy no le va a faltar razón. A mí me está costando un poquito subir así que aprovecho para inmortalizar el mejor perfil de mis compañeros.


En el último tramo de subida se puede disfrutar de unas espectaculares vistas, y los buitres, que abundan por esta zona, sobrevuelan los cortados en otro espectáculo digno de ser presenciado.




Una vez en la cima, los tres nos relajamos un poco, Miguel ya no quiere subir El Piquete, Iñigo ya no cree que el San Vicente sea tan “difícil”, y yo recupero el aliento.



Mientras nos poníamos las botas antes de iniciar el recorrido, Miguel, en un acto digno del mejor de los carteristas, le ha quitado el paquete de chorizo a Iñigo de su mochila y ahora, cuando nos disponemos a comer, el pobre Iñigo descubre que “se ha olvidado” el chorizo en casa. Menos mal que aquí está Miguel para ofrecerle del “suyo”. Cuando se da cuenta de la jugada explota en una enorme carcajada y le da las gracias a Miguel por haberle aliviado un poco del enorme peso de su mochila. ¡Chicos, chicos... como sois!
Por cierto, a ver si adivináis quién es quién (si es que se les nota hasta en la cara)...

Iñigo a la izquierda y Miguel a la derecha.

Mientras decidimos lo que vamos a hacer nos volvemos a poner las botas, pero esta vez comiendo. Finalmente vamos a subir al Ancillo. No parece que esté lejos ni la subida parece complicada, el problema es que lo que nosotros creíamos que era el Ancillo, pues no lo era. Bajamos por el camino de subida, olvidándonos del cresterío, ese por el que dije que nunca más volvería a cruzar.

 

Con el terreno seco, la bajada, al igual que la subida, no ofrece grandes complicaciones, aunque puede que Iñigo tenga razón y el San Vicente esté lleno de peligros ocultos... Miguel baja delante y se ha escondido en una grieta sin que nos demos cuenta, a mí de deja pasar y me avisa para que inmortalice el gesto de nuestro amigo Iñigo en el momento que pase (si es que con estos dos es imposible aburrirse).

 

Seguimos bajando, pero por decisión unánime, o sea, por decisión mía y de Miguel, decidimos atajar un poco cruzando una zona rocosa. No es el jodido lapiaz del cresterío, pero hay que tener cuidado. Al principio Miguel acompaña a Iñigo, pero finalmente, decide abandonarlo a su suerte. Le ha costado un poco salir de este tramo, él está acostumbrado a caminar por pistas, senderos balizados, marcados, repintados y super dibujados en los mapas, si le sacas de ahí, es como un niño perdido, pero una vez en terreno despejado, recupera el terreno perdido y volvemos a juntarnos los tres. No sabe lo que le espera, bueno, la verdad es que ninguno de los tres lo sabíamos.


Comenzamos un tramo de fuerte pendiente aún por terreno por el que se puede andar sin peligro de caerte a un agujero. Al llegar a una pequeña plataforma es cuando nos damos cuenta de que lo que pensábamos que era el Ancillo realmente no lo es, y que aún nos queda un buen paseo hasta la cima que teníamos delante, que por cierto, tampoco era el Ancillo. Lo que sí podíamos ver ahora era el lapiaz que se nos venía encima y que era peor que el del cresterío entre El Piquete y el San Vicente.


Tras pasar una primera hoyada subimos por un corredor de hierba muy empinado y aquí hicimos algo que, la verdad, después, cuando lo piensas tranquilamente, te das cuenta de que ha sido una imprudencia, los tres nos separamos. Miguel, que siempre va sobrado de fuerzas iba por delante y enseguida le perdimos la vista, se dirigía a la cumbre que creíamos era el Ancillo. Yo, intentando evitar la fuerte pendiente, me metí en una zona de rocas como cuchillos, grietas y maleza a media ladera, me costaba mucho avanzar y finalmente no me quedó más remedio que subir trepando por donde pude. Iñigo, el más sensato, decidió subir por una canal herbosa, buscando el camino menos peligroso, si es que lo había, para llegar a otra pequeña cima. Por momentos nos perdíamos de vista, así que, si alguno de los tres se hubiese caído en una grieta... uff, prefiero no pensarlo.


Superado este tramo, veo a Miguel encaramado a la cima del Ancillo, en ese momento me suena el móvil, es Miguel, otra bromita, supongo “...oye Lucio, que aquí no hay buzón ni hay nada, me parece que este no es el Ancillo. Hay otra cima un poco más adelante, yo me voy para allá. Ah, no subas por aquí que está muy complicado...”


¡que no vaya! ¡y una mierd...! yo subo allí como sea, tiene que haber una vista impresionante del cordal. Así que para allá me encamino. El terreno es realmente lo más complicado que he recorrido, las rocas afiladas como cuchillos, las enormes grietas obligan a caminar por el filo mismo de las piedras y el bastón, más que una ayuda, puede resultar un incordio, es casi mejor andar en cuclillas y agarrarse con las manos, pero finalmente llego hasta allí arriba. De frente tengo el cordal, que bien merece una foto, y a mi espalda una hoyada impresionante.


Más adelante puedo ver a Miguel que, esta vez sí está en el Ancillo, así que para allá me voy. Camino por el cordal, por llamarlo de alguna manera, porque esto sigue siendo un muro de rocas cortantes tras otro, aunque más cómodo que lo anterior.


La cima de Ancillo está señalada únicamente por un pequeño túmulo de rocas, a modo de hito, pero, por fin, lo hemos encontrado.

 

Me había olvidado de Iñigo, que al final encontró un camino que, aunque con una fuerte pendiente, no tenía tantas rocas, y nos esperaba placidamente sentado junto al buzón de una cima cuyo nombre desconocemos.


Ahora tocaba plantearse la bajada. Volver hacia atrás nos suponía, además de un camino largo, volver a pasar por el calvario del lapiaz, así que decidimos bajar casi en línea recta hacia una especie de llanura o collado y desde allí, ver si faldeábamos para evitar el lapiaz o encontrábamos una bajada más directa. Por este lado también había mucha roca, pero por lo menos las grietas y el terreno tan incómodo que habíamos tenido que sufrir iba desapareciendo y quedando atrás.




Iñigo, al igual que en las subidas, baja a su ritmo, por lo que en algunos momentos era un pequeño puntito rojo perdido entre rocas y matorrales, es como “Buscando a Wally”, versión vasco-montañera. A ver si lo localizáis.






Tuvimos suerte, y al llegar al collado descubrimos indicios de senderos creados por el ganado y pudimos bajar sin más problemas que la fuerte pendiente y el cansancio acumulado en las piernas, que ya se hacía notar.





Con el sol ya bajo llegamos por fin a terreno firme ¡vaya descanso para las piernas! Ya sólo nos queda recorrer unos cientos de metros por pista para llegar hasta el coche, no sin antes echar la última mirada atrás a esta sierra.





Visto lo visto no diré aquello de “por aquí no volveré a subir más” porque nunca se sabe... además, aun me queda por recorrer una parte de esta sierra, la zona del Hornijo, que supongo que, en cuanto a lapiaces, no tendrá nada que envidiar a esta. Lo que no sé es si me llevaré conmigo a estos dos elementos...
...yo creo que si.




 

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