12 de mayo de 2008

Jañona - Montañas de Extremadura


Aprovechando la pasada Semana Santa cogí unos días libres y me fui con la familia a la tierra de mi padre, Extremadura. Hacía tiempo que no pasaba una semana entera por allí, y ya tenia ganas. Sobre todo porque desde que nació mi afición por el monte no he dejado de pensar en todos los veranos que he pasado entre las montañas de la Sierra de Gata sin prestarles la más mínima atención. Pero ahora es diferente, además, no tengo más que salir a la puerta de casa y comenzar a subir...
Me levanto pronto y me reúno con mi compañero de travesía, otro Lucio, como yo. El plan del día es acercarnos al lugar conocido como las Chorreras, una sucesión de pequeños saltos de agua que, con las últimas lluvias, esperamos que nos ofrezcan un buen espectáculo. Después, si encontramos camino para seguir, intentaremos llegar a la cima de la Jañona, que con sus 1.367 metros es la tercera cima de la sierra de Gata, tras el Jálama (1.492) y la Bolla Grande (1.519) techo de esta sierra.
Como ya he dicho, la ascensión comienza apenas unos cientos metros después de salir de casa. Tomamos una pista que sube en grandes zigzag y poco a poco vamos ganando altura y disfrutando de las bonitas vistas del entorno, en especial de la silueta de la Almenara, una torre de origen árabe, con cinco lados, que se eleva por encima de los mil metros sobre la localidad de Cadalso, que es de donde hemos salido nosotros.




Seguimos subiendo por la pista hasta llegar a un pequeño llano donde se ha levantado una balsa a modo de depósito de agua que recoge el agua canalizada desde las mismas Chorreras a las que vamos. A partir de aquí el camino discurre por un sendero, remontando en suave pendiente un barranco a través del cual discurren los diferentes arroyos que surgen a cada pliegue del terreno.
Por terreno casi llano nos acercamos a las Chorreras. No están tan espectaculares como esperábamos, pero el sonido del agua fluyendo y saltando entre las rocas es suficiente para dar por bien invertida la mañana.




Llegamos al final del camino, donde comienzan los pequeños saltos de agua y casi sin tiempo para hacer fotos, mi compañero de ascensión cruza el arroyo y comienza a buscar restos de un antiguo sendero que, según él, nos debe llevar hasta el cordal. Me da la impresión de que ese sendero debió de existir en los tiempos de Maricastaña, porque ahora no encontramos nada más que maleza, monte bajo, típico de esta zona, jara, brezo, madroños, escobas, pero de senderos nada de nada. Lo que sí se puede distinguir es una especia de vereda, posiblemente abierta por los jabalíes, que abundan por esta zona, y con esto y buscando el camino menos enmarañado, vamos subiendo casi en línea recta. Por momentos parece que la vereda es en realidad el antiguo sendero del que hablaba mi compañero, más tarde, en casa, al descargar el track del recorrido en el ordenador, pude comprobar que casi hemos subido por lo que, en su día, era el sendero. En este tramo la pendiente se vuelve más acusada y finalmente, tras pasar la zona donde la maleza es más tupida y saltar una alambrada, llegamos al cordal. Un enorme cortafuegos recorre toda la sierra y sirve para delimitar las provincias de Cáceres y Salamanca. El efecto estético de los cortafuegos no es que sea muy agradable, pero, por desgracia, son la única manera de efectiva de poder controlar los incendios que, hace años, devastaron estas montañas y que, muy poco a poco, se van regenerando.
El paseo hasta aquí ha sido largo y algo durillo en la última parte. Al llegar al cortafuegos hemos buscado un sitio para refugiarnos del fuerte viento que hace aquí arriba y hemos comido un poco. Hasta la cima ya no queda mucho, y todo el camino es por el tedioso cortafuegos, que en algunos tramos también tiene una pendiente considerable. Finalmente llegamos a la cima, que se encuentra a escasos metros del cortafuegos. Las vistas son espléndidas. A un lado Cáceres, al otro Salamanca y muy cerca, Portugal.



A parte de las vistas, la cima de la Jañona no tiene gran cosa, es más, de no ser por el vértice geodésico que la corona, bien podría pasar desapercibida. Ahora toca plantearse la vuelta, podemos regresar por el mismo camino de subida o seguir el cordal que desciende hacia el valle y que lleva hasta la base del cerro donde se alza la torre de la Almenara. Desechamos la primera opción por lo largo del recorrido, a mi compañero le ha costado un poco el tramo final de la ascensión y si podemos acortar un poco la vuelta, pues mejor, así que decidimos seguir el cordal, que recibe el nombre genérico de las Jañonas. Lo que viene a continuación es uno de los paisajes naturales más bonitos que he visto en mi vida. No sólo por lo espectacular que es, sino también por lo inesperado. No nos podíamos imaginar como una loma pelada se iba a convertir en cuestión de metros en una sucesión de enormes rocas que se soportan unas a otras en posiciones casi imposibles, rocas agrietadas, desgajadas, pero juntas, como si de un puzzle se tratase, enormes cantos rodados pulidos por el agua, el viento y el hielo a punto de caer rodando montaña abajo, pero bueno, mejor que lo veáis y juzguéis vosotros mismos...




Casi he agotado las tarjetas de memoria de la cámara. Cuando llegamos al final del cordal podemos bajar hacia el cerro de la Almenara, a nuestra derecha, o bajar por un empinada pista hacia el depósito de agua por el que pasamos por la mañana y que queda a nuestra izquierda. Mi compañero decide que es mejor bajar por la pista, pero no ha medido bien la pendiente y al final se va a convertir en un pequeño calvario para sus castigadas rodillas. Pasado este tramo enseguida llegamos al depósito donde podemos refrescarnos y llenar de agua las botellas, nos habíamos quedado sin nada. Ya sólo nos queda deshacer el camino andado por la misma pista por donde subimos, aunque en una de las curvas de herradura, haciendo caso del mapa que llevo en el GPS y que indica la existencia de un sendero, nos salimos de la pista. Al principio hay trazas claras de sendero, pero este termina en una explanada donde se han instalado unas colmenas, así que nos damos media vuelta y como el terreno no es muy complicado, acabamos bajando monte a través. Yo no tengo ni idea de por donde vamos, pero mi compañero conoce bien la zona, así que me olvido del GPS y dejo que él nos guíe a través del entramado de pistas y caminos rurales que, finalmente, nos llevan hasta el pueblo, al punto de partida, pero, como siempre, hay que echar una última mirada atrás.




Ha sido un grato y largo paseo de casi 23 kilómetros, con un desnivel de subida acumulada de más de 1.000 metros, lo cual no tendría mayor importancia si no fuera por que mi compañero de ascensión es mi padre y que el próximo mes de diciembre cumplirá 71 años. Pasó su infancia y juventud por estas montañas, pero cuidando cabras y haciendo carbón, pasó mil veces bajo la cima de la Jañona y hoy, por fin, ha tenido la oportunidad y el pundonor de subir hasta allí arriba.






 

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