14 de noviembre de 2008

Un domingo en Itxina


Después de más de un mes desde que surgió la idea y con la incertidumbre hasta casi el último día de saber si finalmente iba a ser posible, aquí estamos cuatro foreros de Mendiak, dispuestos a meternos en las entrañas de Itxina y disfrutar de una bonita jornada montañera. Tengo que agradecer nuevamente a Andua y Pirulo, o Fernando y Juanan, como más os guste, el haberse desplazado hasta aquí. Me hubiese gustado haberles organizado un comité de bienvenida más numeroso, pero avisé con muy poco tiempo y creo que mucha gente que ya tenía otros planes o que trabajaban se quedaron con las ganas de venir. En fin, otra vez será...

Salimos desde el aparcamiento del área recreativa de Urigoiti y nos dirigimos hacia los prados de Egalesaburu, bajo las Atxas de Itxina, El día está completamente despejado, el buen tiempo y las buenas vistas están asegurados.

En la parte alta de los prados, después de pasar un abrevadero nos encontramos una fuente, y tras ella el sendero que bajo las paredes de Itxina nos llevará hacia el Ojo de Atxular. Por el camino nos deleitamos con las impresionantes hayas que nos vamos encontrando, algunas ya más muertas que vivas.

Tras pasar una zona de bosque salimos a un claro, a nuestra derecha poco a poco se hace visible la puerta de entrada natural más bonita que podía tener el macizo de Itxina, el Ojo de Atxular.

Estamos en Itxina. Dejamos que nuestros visitants guipuzcoanos disfruten de Atxular antes de adentrarnos en este laberinto de karst y árboles, donde todos sus rincones parecen iguales, pero son muy diferentes.

Nada mas cruzar el ojo sale hacia la izquierda un camino señalizado con marcas de pintura roja y que nos llevará hasta el primer objetivo del día, la cima de Lekanda. Nuestros primeros pasos en Itxina van alternando zonas de roca con otras de prado.

Caminamos cerca del cordal, lo que de vez en cuando nos permite disfrutar de bonitas vistas hacia el norte, hacia tierras guipuzcoanas.

A medida que ganamos altura podemos ver Itxina por encima, viendo el relieve tan accidentado se intuye la inmensa cantidad de dolinas que esconden sus entrañas. Poco a poco vamos avanzando y dejamos atrás la cima de Arranbaltza para dirigirnos hacia el más visible vértice geodésico que preside igalirrintza.

No nos entretenemos mucho y seguimos directos hacia Lekanda, en cuya cima se aprecia un nutrido grupo de montañeros, aprovecharemos su presencia para que nos hagan una foto de grupo y dejar constancia nuestro paso por aquí.

Decidimos hacer una pequeña parada para comer un poco, así que nos alejamos un poco de la cima para refugiarnos del viento. Los guipuzcoanos han venido bien pertrechados, con los tupper llenos hasta los bordes, Isabolita y yo no tenemos ningún reparo en aligerarles un poco de peso y degustar los exquisitos quesos que han traído. Sinceramente chicos, no recuerdo cual de los dos me pareció mejor, así que tendréis que mandarme un buen pedazo para refrescarme la memoria. Reanudamos la marcha para dirigirnos a las campas de Arraba, es momento de relajar un poco las piernas y caminar por terreno firme y cómodo. Mientras bajamos podemos ver un anticipo de lo que nos espera cuando volvamos a entrar en Itxina por el paso de Kargaleku.

Deambulamos un rato por las campas, nos acercamos hasta el refugio de la federación y finalmente enfilamos nuestros pasos hacia Kargaleku para volver a adentrarnos en el mundo de Itxina.

De nuevo por el interior de Itxina el paisaje se repite una y otra vez, las rocas, las ramas de los árboles entre mezclándose, el verde de la hierba, el marron de las hojas caídas, el azul del cielo, es un paseo para degustar.

Los llanos de Lexardi dan un pequeño respire a este paisaje caótico, las marcas de pintura hacen que el caminar sea seguro, pero con niebla… como decía aquel… el que entra no sale.

Cuando estábamos en las campas de Arraba recibimos la llamada de Aurelio, está en Egalesaburu y le doy instrucciones para seguir hasta el Ojo de Atxular, al paso que vamos es posible que nos crucemos allí mismo y sino en la cueva de supelegor. Al llegar al ojo esperamos un poco, pero Aurelio no aparece. Continuaremos hacia la cueva de Supelegor. El camino es ahora cuesta abajo, pero el paisaje no cambia.

Pasamos junto a una primera cueva y Pirulo no puede evitar meterse a indagar, al salir se llevará un pequeño recuerdo en la cabeza, si es que te lo hemos dicho mil veces, hay que agacharse un poquito…

Desde aquí ya podemos ver la enorme boca de la cueva de Supelegor. Nunca había estado aquí, así que para mí también es la primera visita a un rincón desconocido.

Al entrar en una primera gran sala nos encontramos un ramal hacia la izquierda, al fondo se ve claridad e Isabolita y yo nos ponemos los frontales e investigamos un poco. Se trata de otra sala con dos aberturas en lo alto que dejan entrar la luz. Volvemos sobre nuestros pasos y nos reunimos fuera de la cueva con Andua y Pirulo, que charlan amigablemente con otro montañero, pero vaya, si es el mismísimo Aurelio. Mientras merendamos un poco nos cuenta como ha pasado de largo el Ojo de Atxular y ha llegado casi hasta el Lekanda bordeando todo Itxina, hasta que ha decidido subir todo recto para arriba y ha bajado por el camino por el que nosotros iniciamos el recorrido, al final se ha dado un buen paseo.

La idea era seguir desde aquí hacia la cima de Axkorrigan, pero nos hemos tomado el paseo con mucha calma y se hace tarde, tenemos el tiempo de luz justo para regresar al aparcamiento de Urigoiti, así que hoy no nos queda más remedio que regresar, pero así ya tenemos una buena excusa para volver.

Deshacemos el camino andado hasta las campas de Egalesaburu donde nos reciben los últimos rayos de sol del día. La vista de las Atxas y las paredes de Axkorrigan se ve realzada por la luz del atardecer.

Pirulo y yo nos dirigimos hacia el manantial de Aldabide, pero el resto del grupo se ha despistado y siguen por la pista que baja a Urigoiti. Nos volvemos a juntar y echamos una última mirada a esas paredes que esconden un lugar realmente mágico, lleno de lugares con un encanto especial y que bien merece varias visitas al año. Espero que Pirulo y Andua vuelvan pronto.



fotos

 




27 de octubre de 2008

Sierra de Aralar: Uakorri-Artubi-Zabalegi


Esta vez nos adentramos en tierras guipuzcoanas, rozando la muga con Navarra, para cumplir con uno de los montes fijos que deben hacer Iñigo y Miguel, eso les pasa por apuntarse a un club de montaña. Miguel es menos disciplinado, pero Iñigo debe ascender todas las cimas que el club se ha marcado como objetivo, y el Uakorri es una de ellas, así que aquí estamos los tres, junto a la iglesia de la localidad de Amezketa, listos para comenzar el paseo. ¿He dicho los tres? Bueno, en realidad durante un trecho fuimos cuatro.

Iniciamos la marcha por una pista asfaltada que discurre junto al cementerio, donde cogemos un sendero que sirve para ataja parte de la pista y evitar el asfalto. Finalmente acabamos en la pista, la cual abandonaremos un poco más adelante, junto a un bonito puente de madera que atraviesa las aguas del arroyo Arritzaga, que baja con un caudal respetable debido a las lluvias de los últimos días.

Cruzamos el Puente y comenzamos a ascender por un sendero pedregoso paralelo al arroyo, lo que nos permite disfrutar de las bonitas estampas que nos brinda el agua en forma de pequeños rápidos y cascadas. Todo ello en un entorno de un verdor exultante.

El día amaneció nublado y aunque durante el viaje desde Bilbao parecía que iba despejando, por esta zona las nubes se han quedado estancadas y una fina lluvia comienza a caer. La niebla nos priva de ver la parte alta de las montañas por la que desciende encajonado el arroyo, estamos remontando el barranco de Arritzaga en dirección a las antiguas minas. Dejamos atrás la borda de Anduitz. A ratos las nubes nos dejan ver las bonitas cortinas de agua que caen desde la parte alta de las montañas.

Seguimos avanzando. La lluvia me obliga a guardar la cámara, no me gusta que se moje mucho, pero hemos llegado a una zona donde el barranco se muestra en todo su esplendor y los saltos de agua están impresionantes, así que vuelvo a sacarla y a toda prisa intento plasmar la belleza de este tramo del arroyo.

A este tramo le sigue otro donde la pendiente se suaviza, y el arroyo se convierte en una sucesión de pequeños saltos y pozas que deben ser una gozada para los amantes del barranquismo. La verdad es que me está sorprendiendo mucho el lugar, no lo conocía y no me esperaba para nada el espectáculo de agua que estamos viendo.

El cable por el cual se deslizaban antiguamente las vagonetas cargadas de mineral, de las que aún queda algún resto, anuncian la proximidad de las minas de Arritzaga. El arroyo se remansa, arrecia la lluvia y esta vez sí que no me queda más remedio que guardar la cámara en la mochila para protegerla del agua.

Dejamos las minas de lado y ascendemos hacia una zona de bordas donde un pequeño refugio junto a una fuente nos sirve para guarecernos un poco de la lluvia. Entre la niebla podemos ver, a un centenar de metros de donde nos encontramos, una gran cantidad de buitres que daban buena cuenta de dos caballos muertos. Es una escena impresionante, ver como respetan su turno para acercarse a comer y su enorme envergadura cuando despliegan las alas. La lluvia no cesa, pero aprovechamos un momento en el que parece que cae con menor intensidad para remontar la fuerte rampa que nos ha de llevar al collado que separa las cimas de Uakorri y Artubi. La niebla apenas nos deja ver, pero sí que podemos oír cómo bajo nuestros, bajo tierra, fluyen las aguas de un arroyo que surge de vez en cuando para luego volver a desaparecer. La pendiente en este tramo es acusada, alcanzamos el collado y decidimos hacer primero el Uakorri. La niebla oculta el precipicio que se desploma hacia la vertiente navarra de estas montañas y también la fuerte subida que nos queda hasta la cima, yo que pensaba que lo peor ya lo habíamos pasado. Subimos pegados a una alambrada que evita que el ganado se despeñe, aunque tan pronto vemos a las ovejas de un lado como del otro de la valla, atravesamos una zona de rocas bastante resbaladiza y llegamos a la cima, no sin cierta dificultad ya que tenemos que saltar la alambrada y el paso de madera que estaba habilitado para hacerlo está roto. Al menos ha cesado la lluvia y podemos volver a hacer fotos, aunque no es que tengamos mucha visibilidad.

En vista del panorama no nos entretenemos mucho, lo justo para que Iñigo y Miguel dejen la tarjeta de visita del club y hacernos la foto de cima. Descendemos con cuidado intentando ecitar los resbalones, de vuelta al collado para afrontar la subida al Artubi.

En la cima de Artubi la situación no es más alentadora que en el Uakorri, la niebla no nos deja ver nada, tan sólo estamos el tiempo necesario para decidir cuál será el camino de vuelta. No lo tenemos muy claro, pero en vez de volver por donde hemos subido comenzamos a descender siguiendo lo que sería el cordal del Artubi, de nuevo pegados a otra alambrada, tras de nosotros debe quedar el Balerdi, pero como digo no se ve nada de nada. Cambiamos de lado de la alambrada ya que por el que vamos no se puede seguir debido a lo escarpado del terreno. Caminamos sobre una zona mixta de rocas y hierba, es una pena que no podamos ver nada porque el terreno promete.

Pero lo que es la montaña... en cuestión de un par de minutos todo va a cambiar, al menos durante un rato. La niebla se desplaza rápidamente hacia arriba y por momentos podemos ver cómo se va colando el sol y lo que hace unos instantes era una cortina de niebla es ahora un cielo azul intenso

Ahora podemos ver que estamos rodeados de ovejas por todos lados, además podemos distinguir las cimas en las que hemos estado e intuir la presencia de los grandes de Aralar, como el Gambo o el Aldaon.

Aprovechamos este momento de “lucidez” para decidir el camino a seguir. Nos vamos a dirigir a la cercana cima de Zabalegi para luego bajar hacia Larrondo y desde allí de vuelta a Amezketa. Pasamos junto a una gran hoyada en dirección al Zabalegi, a nuestras espaldas podemos ver lo que aún queda del barranco de Arritzaga, es una vista impresionante, pero la niebla se resiste a retirarse del todo y nos priva de tener mejores vistas. El camino hacia Zabalegui nos lleva finalmente a tener que trepar un poco hasta alcanzar el cordal y legar al buzón.

En la cima de Zabalegi, tan pronto despejada como cubierta de niebla, aprovechamos para comer al cobijo de las rocas y descansar un poco.

No llevo ningún track del recorrido y en el mapa que lleva Iñigo no está muy claro por donde debemos bajar, así que como buenos Bilbaínos decidimos tomar el camino recto, en el fondo del valle localizamos Larrondo y hacia allá nos vamos intentando mantener el rumb, pero el terreno nos obliga a desviarnos una y otra vez, la pendiente es muy fuerte y nos encontramos con zonas rocosas difíciles de pasar. La hierba húmeda nos cubre por encima de las rodillas y el agua comienza a calar las botas, en realidad yo hace tiempo que las llevo caladas, pues las mías son muy sencillitas y no tienen ningún recubrimiento impermeable, cada paso va seguido de un “chof” debido al agua acumulada en el interior. Las de Iñigo y Miguel resisten, pero por poco tiempo. Como digo la pendiente es muy fuerte y las zonas de rocas resbalan mucho, ha habido un momento que no sé exactamente como, pero he tropezado, he caído y he dado como una voltereta de forma que he aterrizado de pié, no me digáis cómo, pero así ha sido, de otra forma hubiese rodado muchos metros ladera abajo.

En algunos tramos, a pesar de estar vencida por su propio peso, la hierba nos llega a cubrir hasta la cintura, nunca había hecho una bajada como esta, y nunca me había empapado tanto. Al llegar a la zona de abajo localizamos las marcas rojas y blancas del sendero GR 121 que llega hasta Amezketa, por lo menos el resto del camino no será campo a través, como ya empezábamos a temernos.

Este Gr no parece muy transitado pues en algunos tramos tenemos que apartar la maleza con los bastones. Se nos ha hecho un poco largo la última parte del camino, pero finalmente salimos a una pista de cemento que da acceso a los diferentes caseríos de la zona y que lleva hasta la Ermita de San Juan de Tous. Aúnque la tarde parece que acabará despejándose las nubes siguen cubriendo Aralar.

Sí, las nubes siguen cubriendo Aralar y nos han privado de descubrir algunos de sus secretos, de disfrutar de las vistas de sus altos prados, pero quizás hoy haya sido mejor así, si hubiésemos visto lo que se esconde tras esta silueta no creo que hubiésemos podido resistir la tentación de acercarnos un poco más. En fin, tendremos que volver otro día, o mejor aún, muchos días…






track

19 de octubre de 2008

Toloño - Cantabria: "Vértigo"


Hasta última hora no me he decidido por este recorrido, la otra opción que barajaba era en la sierra de Aralar: Ganbo, Irumugarrieta y Balerdi, en un recorrido circular con salida y llegada en Amezketa, pero al final he tomado rumbo hacia la llanada alavesa, la sierra de Toloño-Cantabria tiene algo especial, un no sé qué, tal vez sea... ¿vertigo?
He salido de Bilbao a las siete de la mañana y mi destino es la localidad navarra de Lapoblación. La previsión del tiempo es buena, pero durante todo el camino veo que la provincia de Alava está cubierta de nubes y apenas se vislumbra la luz del sol, de todas formas ya está decidido, aunque es una pena pues me hubiera gustado aprovechar la luz mañanera del sol por el tema de la fotografía. Al tomar la salida de la autovía en La Puebla de Arganzón me para la Guardia Civil en un control de esos que dan miedo, con pasamontañas, metralleta y pinchos para las ruedas. Uno de los agentes, con gesto muy serio, me pide que baje del coche y abra el maletero mientras me pregunta a donde voy, le respondo que al monte. Al abrir el maletero su gesto se vuelve aun más serio si cabe, ¿al monte?, me pregunta. Al principio no entendía el porqué de su expresión, pero, ostras, el maletero esta vacío, cuando voy al monte sólo siempre dejo la mochila en el suelo de los asientos traseros, en cuanto me percato de ello informo al señor agente, aún así me invitó a sacarla y abrirla para comprobar su contenido. Tras el visto bueno prosigo mi camino y sin mas incidencias llego a mi destino, Lapoblación. Por aquí ya hay menos nubes, las siluetas de Lapoblación y el cresterío de Peña Alta auguran una bonita jornada montañera... y fotográfica. Dejo el coche junto a la iglesia y comienzo mi largo paseo...

La subida a Lapoblación es cómoda y rápida, en poco más de media hora estoy en la cima. Es curioso ver como las nubes que provienen del norte llegan hasta la sierra, la atraviesan cubriéndolo todo y acto seguido, como por arte de magia, se disipan, hacia el sur todo está despejado y el sol está ahí, quiere, pero no puede. Las vistas sobre la sierra de Toloño-Cantabria son excepcionales.

La cima de Lapoblación, en contraste con el resto de la sierra, es una amplia explanada donde nos encontraremos un vértice geodésico, el buzón, restos de una plataforma donde probablemente hubo alguna antena y los restos del supuesto castillo de Punicastro, aunque puede que sólo sean restos de antiguas fortificaciones de las guerras carlistas.

Aún hay muchas nubes así que decido pasar un rato deambulando por la cima, recorriendo el cordal, contemplando mi próximo objetivo y su impresionante silueta, Peña Alta. Asomándome a las verticales paredes de esta cima en su vertiente norte, sintiendo la montaña...

Las nubes van desapareciendo poco a poco y el sol se va haciendo sitio, es hora de ir bajando hacia el puerto de Bernedo. Más o menos a un centenar de metros antes de la cima sale el sendero que, por la vertiente norte, aunque parezca infranqueable, lleva hasta el puerto de Bernedo, A mitad de bajada la senda se bifurca en dos, yo cojo el camino de la derecha pues antes de ir al puerto quiero bajar hasta un pequeño claro para hacer algunas fotos de las paredes de Lapoblación, pero tengo el sol de frente y no puedo hacer gran cosa.

Una pista lleva a un repetidor junto al cual cojo el sendero que llega hasta la carretera, unos metros antes de coronar el puerto. Cruzo la carretera y me interno en el bosque a través de una pequeña abertura entre las ramas de los árboles y la maleza, que lo cubre todo. El sendero zigzaguea un poco y enseguida sale a terreno despejado, se pasa junto a una borda y enseguida tengo ante mí el fabuloso cresterío de Peña Alta. Abandono el sendero que discurre paralelo al cordal y que evita el mal trago de sufrir a aquellos que padezcan de vértigo o prefieran eludir el riesgo que implica caminar al borde mismo del precipicio.

El día se ha despejado por completo y el sol brilla con fuerza, las vistas desde aquí son una gozada, el ir caminando en el mismo filo de la montaña es una sensación increíble, uno tiene la sensación de que va a echar a volar y, en caso de tropiezo, eso es lo que te puede ocurrir, que eches a volar... hacia abajo. La verticalidad de las paredes que tengo por delante, y perdón por la expresión, es acojonante.

El camino es una continua sucesión de resaltes rocosos, por algunos de los cuales hay que trepar, pasillos aéreos, muy aéreos, pero que como he dicho antes, siempre se pueden evitar siguiendo el marcado sendero que discurre a mi derecha, pero si queréis disfrutar de verdad de este paseo tenéis que acercaros todo lo que podáis, aunque sólo sea para echar alguna que otra mirada hacia abajo. Es un buen ejercicio para quitar el miedo a las alturas, os lo dice alguien que hasta no hace mucho padecía de vértigo.

A medida que me aproximo a la cima la adrenalina se dispara, los pasos que hay que salvar son cada vez más impresionantes, quizás el más espectacular sea un peña escorada hacia el vacío, literalmente se sale de la montaña.

A este paso le sigue otro, es la parte más bonita de la subida. Un pequeño respiro, una mirada hacia atrás para recordar el camino ya recorrido, una mirada hacia abajo para no bajar la guardia y un último obstáculo...

Tengo ante mí la cima, un angosto pasillo y un sencilla trepada me separan de ella, casi me da pena que esto se acabe. Avanzo con decisión por este último tramo de la arista, la mirada hacia abajo pone los pelos de punta, comienzo a trepar y antes de darme cuenta estoy frente al buzón que señala la cima de Peña Alta, la sensación que tengo en este momento, echando la vista atrás, es indescriptible.

Por si a alguien le sabe a poco, el cresterío se alarga hasta la cima de Payo Redondo, pero creo que aquí ya es necesario utilizar material y, por supuesto, saber escalar, algo que de momento esta lejos de mis posibilidades, así que yo me conformo con haber llegado hasta aquí. Sentado sobre el pie del vértice geodésico que acompaña al buzón en la cima aprovecho para comer y disfrutar de las vistas.

He cubierto la primera parte de mi recorrido, ahora toca una bajada vertiginosa hacia Bernedo por una senda que me ha resultado muy incómoda, la fuerte pendiente y que casi toda la bajada es como una pedrera hacen que continuamente tenga que ayudarme de las ramas de boj para no caerme. Acabo saliendo como disparado hacia una pista por la que poco a poco iré remontando otra vez los muchos metros de desnivel perdidos, mi objetivo ahora es San Tirso.

Esta parte del camino discurre entre arbolado, a la sombra, pero con una humedad muy alta, me ha tocado sudar de lo lindo, esto, unido al bocata de chorizo, ha hecho que acabe casi con mis provisiones de agua, por suerte estoy informado de la existencia de una fuente bajo las paredes de San Tirso, la fuente del Aguila, a la que llega tras atravesar un curioso y estrecho paso entre dos enormes rocas, lo que no sabía es que a estas alturas del verano me iba a encontrar un pequeño charco de agua estancada... de todas formas eché un traguito. Como decía, todo el camino transcurre entre árboles, con pocas vistas, hasta que finalmente se sale a una senda que parece asfaltada al estilo Zen, justo al llegar a la base del Bonete de San Tirso.

El Bonete de San Tirso casi merece un capítulo aparte, es increíble como esta mole de roca surge de la tierra y se eleva por encima de los 40 metros.

Sólo unos metros separan el Bonete de la peña bajo la cual se encuentra la ermita de San Tirso. El camino se encrespa y en algún momento incluso tengo que apoyar las manos, a la izquierda dejo la cima de la peña bajo la cual está la ermita y a la que me acercaré más tarde para hacer fotos del Bonete. Ya tengo a la vista la cima en la que me voy a encontrar con dos buzones, uno de ellos muy curioso, con forma de veleta, con gallo y todo y de muy vivos colores.

Tengo que decir que después de todo, el cresterío de Peña Alta no me pareció tan dificil como imaginaba, eso sí, peligroso es muy peligroso, pues cualquier tropezón puede hacer que nos despeñemos, sin embargo, la cima de San Tirso me puso bastante nervioso, es una cima muy estrecha, rocosa y muy incómoda para moverse, al menos la zona de los buzones, y el rato que estuve sacando fotos no podía apartar la mirada del abismo que tenía al lado, a apenas medio metro de mi amigo el gallo. Estuve el tiempo necesario para sacar unas cuantas (bastantes fotos) y me alejé unos metros hacia una zona algo menos expuesta.

Antes de iniciar el camino de vuelta tengo pendiente una última cosa, dedicarle unos minutos al Bonete de San Tirso, que como he dicho antes me parece un pedazo de roca impresionante. Me acerco hasta lo alto de la peña sobre la ermita, desde donde se tiene una vista excelente del peñón, de Peña Alta, de Lapoblación, de la sierra de Kodes y del resto de la sierra de Toloño-Cantabria en dirección a Peña del Leon, la siguiente cima, no muy lejos de San Tirso.

Toca deshacer el camino andado, y sin agua, poco antes de llegar al Bonete hay un cartel que indica la existencia de una fuente a diez minutos, la fuente de los Cazarros, pero hay que descender, y diez minutos bajando pueden ser muchos metros de desnivel para luego tener que volver a subir, además es bastante probable que me encuentre con otro charco como el de la fuente del Aguila, así que toca hacer de tripas corazón y aguantar un poco, total sólo son unos diez kilómetros hasta el grifo más cercano... El regreso lo hago por la vertiente sur, primero por sendero y después por pista, al llegar al desvío hacia el puerto de Kripán, camino por el que vine, continúo de frente por el ancho camino que desciende hacia la llanada. Hay varias pistas, alguna de las cuales recorre la base de la sierra, mi intención en principio era tomar la más próxima a las paredes de Peña Alta, pero finalmente, entre la sed que tenía y algún despiste que otro continué siempre por la pista que baja hacia Kripan para después tomar un camino forestal dirección a Meano.

Cansado y sediento aún tenía que aprovechar para hacer alguna que otra foto y echar una última mirada a esas paredes que he recorrido esta mañana, ¡que diferente se ve desde aquí abajo!

La llegada a Meano fue como la de un naúfrago que llega a una isla paradisiaca o como la de alguien que en medio del desierto se encuentra un oasis, sólo buscaba la fuente del puebl... y la encontré, el resto os lo podeis imaginar. Ya sólo me queda recorrer la distancia que separa Meano de Lapoblación, por carretera y cuesta arriba, la estampa que tengo ante mí de Lapoblación no tiene nada que ver con la pared vertical que he estado viendo durante casi todo el día, es el leon dormido, como también la llaman.

Fin del trayecto. Sentado en la pequeña plaza junto a la iglesia de Lapoblación, mientras me quito las botas y me cambio de camiseta, escucho el estridente sonido de algún grupo heavy, la música sale de un coche aparcado muy cerca, y pienso en el contraste entre el silencio que me ha acompañado durante todo el día allí arriba, apenas me he cruzado con gente, y el ruido de aquí abajo, de todas formas no está mal porque si tengo que buscar un calificativo para el paseo de hoy, además de vertiginoso, diría que ha sido... muy heavy.






Pincha aquí para acceder a la descargar del track



ACERCA DEL TRACK: Si os descargais el track y decidís seguirlo, mucho cuidado, ya sabeis que la posición del GPS no es exacta y puede haber unos metros de error, y en este recorrido un metro puede ser la diferencia entre contarlo y no, ni que decir tiene que con niebla no es nada recomendable, lo mismo que si la roca está humeda.

12 de octubre de 2008

Gorbeia: Aldamín


Nueva incursión en el parque natural del Gorbea con un objetivo muy claro, rendir homenaje a un gigante que, aunque por su proximidad es casi paso obligado para todo aquel que sube al Gorbea, queda un tanto en el olvido o no se valora en su justa medida toda su belleza, que desde mi punto de vista es más que la de su hermana mayor.
La subida la voy a iniciar en el pequeño embalse de Iondagorta, al que se accede por una empinadísima pista en la que el coche acaba sufriendo lo suyo, poco le ha faltado para acabar echando humo, pero bueno... un cartel indica que ya no se puede (o no se debe) segur en coche, aunque la pista de cemento continua hasta la campas de Arimegorta. A mi espalda la bonita vista de otra ilustre y olvidada cima de este parque, Lekanda, que no se preocupe que este otoño le dedicaré también un reportaje a él solito...


En las verdes campas de Arimegorta pastan plácidamente los caballos, que me ofrecen la posibilidad de obtener bellas postales del lugar, es temprano y algunos aún no han despertado del todo, así que me permiten acercarme bastante.

Antes de dirigirme hacia Aldamiñape me cruzo con un guarda de la Diputación, también aficionado a la fotografía (y por supuesto a la montaña). Charlamos un rato sobre ambas aficiones y me indica un camino diferente para volver al embalse y que más tarde será el que utilizaré en lugar de la pista por la que he subido. Nos despedimos y yo continuo mi camino hacia la majada de Aldamiñape, donde Aldamín me muestra su cara más abrupta, nadie diría que tras esa pared se esconde la redondeada cima de Gorbeia.

Me acerco hacia el poste de señales que marca la dirección y los tiempos hacia Egiriñao y Gorbea, pero no voy a coger ninguno de los dos. Me voy a dirigir directamente hacia la base de las paredes de Aldamín.


Atravieso la majada y en fuerte pendiente voy ascendiendo por una zona herbosa que enseguida se convierte en pedrera. Cuanto más cerca estoy de la pared más impresionante me parece.

Continuo atravesando una zona de rocas, donde muere una pedrera, casi al pie de la montaña. Aquí me detengo un rato, frente a frente con el Aldamín, como midiendo nuestras fuerzas, por aquí no puedo subirte amigo, pero no tengo más que rodearte para llegar a tu cima, así que no te pongas farruco.

Hacia atrás el panorama no es tan amenazador, pero es igual de bonito, la vista sobre las campas de Arimegorta y el cordal que lleva hasta Arralde bien merece unas cuantas miradas.


Tras el “cara a cara” con el Aldamin me dirijo a media ladera en dirección al Dulao, cuya cima alcanzo en pocos minutos, atrás quedan las pedreras y la vista del cordal y hacia abajo las bordas y refugios, abundantes en la zona.

Desde aquí Aldamin ya no es tan feroz como antes. Dulao es una cima secundaria, pero ofrece unas bonitas vistas a uno y otro lado. Tengo que reconocer que la imagen que ofrece el Gorbea desde aquí me gusta.

Pero a pesar de la presencia del Gorbea y del Aldamín, fijo la mirada en otro punto, el barranco de Dulao, hacia donde me voy a dirigir para subir al collado de Aldamiñospe, en lugar de utilizar el marcado sendero. Mientras desciendo al inicio del barranco puedo ver la cara sur de Aldamín, menos vertical que la norte, pero igual de abrupta, y una vez en el barranco echo una mirada hacia arriba para ver la espectacular subida que me espera, tanto por la pendiente como por la belleza del lugar.


Una vez arriba me tomo unos minutos para recuperar el pulso y echar una mirada hacia el barranco, pero ahora desde arriba.

Recuperada la respiración me dirijo hacia las paredes rocosas de Aldamín para encaramarme a su parte más alta, aunque es todo roca no entraña dificultad alguna y enseguida se llega a la cima, coronada por dos pequeños buzones y un enorme montón de piedras

Las vistas son excepcionales hacia todos lados, incluso hacia el Gorbea, lo reconozco, no, si al final va a resultar que el Gorbea es algo más que la montaña más alta de Vizcaya y Alava...


Hora de comer y planificar el resto del día, aunque, si he de ser sincero, ya lo tenía bien planificado... después de descansar un poco doy unas cuantas vueltas por los alrededores de la cima, hoy es el día del Aldamín, así que tengo que mirarlo y mostrarlo por sus cuatro costados.

Desciendo de Aldamin y voy hacia el pluviómetro en el collado que lo separa del Gorbea, nueva mirada hacia el barranco de Dulao y hacia Aldamín. No entraba en mis planes, pero a pesar de que comienzan a aparecer nubes me dirijo en línea recta hacia la cruz.

A medida que asciendo la fuerte pendiente que lleva a la cima, la silueta de Aldamin cambia radicalmente, ahora queda por debajo de mi y ya no parece tan fiero como esta mañana cuando me encontraba a sus pies. Tiene una silueta que me recuerda a...

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Llego a la cima al mismo tiempo que las nubes, que lo han cubierto todo en cuestión de segundos. Como ya he dicho antes, hoy mi objetivo no es el Gorbea, así que no me entretengo mucho en la cima, además hay algunos inquilinos a los que no parece gustar mi presencia y casi se me echan encima.

Comienzo a descender casi en línea recta por la vertiente oeste, mirando continuamente hacia Aldamin, para ver si las nubes dejan algún resquicio a través del cual pueda verlo. Las nubes pasan bastante rápido, así que enseguida tengo la oportunidad que esperaba, me siento en la hierba para hacer una toma casi a ras del suelo.


Como decía antes, sin contar la ascensión al Gorbea, el resto del recorrido lo tenía bien planificado, el objetivo principal era Aldamín, y después le tocaba el turno al refugio de Egiriñao, y hacia allí es adonde me dirijo, pero no por el camino normal de bajada desde Aldamiñospe, sino bordendo este camino por la parte alta del barranco que se forma, y dejando el refugio a mi derecha. La primera vez que subí al Gorbea fue con mi cuñado “el montañero” y como no podía ser menos, en lugar de seguir el camino recto, me metió una embarcada de las suyas y me hizo subir por el mismo lugar por el que estoy bajando hoy, y el motivo por el que lo hago es porque desde un pequeño saliente en la roca se tiene la que quizás sea la mejor vista del refugio de Egiriñao.

Acabada la verde loma del Gorbea comienza una zona de rocas, me dirijo hacia mi derecha para acercarme lo más posible al borde del barranco y localizar el punto exacto desde el que recuerdo haber tenido aquella vista tan impresionante del refugio. No tardo mucho en dar con el lugar. Me lo voy a tomar con calma, así que monto la cámara sobre el trípode y a esperar que las nubes dejen pasar algún rayo de sol...


Pero este no es el único refugio de la zona, que está llena de pequeñas construcciones y bordas utilizadas por los pocos pastores que aún quedan por este lugar. Sin más, desciendo hasta el refugio cruzando el pequeño arroyo que nace algo más arriba.

Ya en los prados de Egiriñao me siento tranquilamente sobre la hierba y antes de comenzar la sesión fotográfica meriendo un poco y me entretengo con unos animalillos que me han acompañado durante toda la excursión, había centenares de ellos por todo el camino...

El resto del tiempo lo dedico a rodear una y otra vez el refugio, me acerco, me alejo, espero que aparezca el sol y... a disparar.


Tras una corta visita a la ermita de la Señora de las Nieves tomo el camino que lleva a las campas de Arraba para enseguida, junto a un poste de señales, desviarme hacia la derecha en dirección hacia Aldamiñape a través de la senda de Lapurzulo, pero no llegaré hasta Aldamiñape, sino que antes me deviaré por un senderillo que acaba convertido en una pista que lleva directamente al embalse de Iondagorta, donde empecé mi recorrido.

Os aconsejo que alguna vez os acerqueis hasta esta montaña y le deis una vuelta entera dejando de lado el Gorbea, os aseguro que vais a disfrutar y no echareis de menos el no haber llegado hasta cruz.






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5 de octubre de 2008

Sierra de Altzania: Elurzuloak, Aratz e Imeleku


Salimos de Bilbao a las 7 de la mañana dirección a la localidad alavesa de Araia, nos hemos reunido Miguel “el intrépido”, Aurelio “geyperman” y su mujer Isa. Nuestro objetivo es el Aratz, una mole cuya cima rocosa en forma de volcán atrajo mi atención ya hace mucho tiempo, la tenía un poco olvidada, pero hace unas semanas que estuve por aquí cerca y la idea de subir esta montaña empezó a tomar forma, además hemos tenido la suerte de contar con el mejor de los guías. Hace un año que participo en los foros de Mendiak, una página dedicada a las actividades de montaña y a través de la cual tomé contacto con Mikel, en Mendiak Es más conocido por su Nick, Jefoce, cuyos reportajes son una auténtica gozada. En fin, que habíamos quedado con Mikel en Araia para realizar juntos la ascensión al Aratz. Durante el trayecto en coche la niebla lo cubre todo, no puedo evitar sentir cierto nerviosismo ante la idea de conocer a Jefoce en persona. Llegamos a Araia y allí, a la entrada del pueblo, nos espera Mikel. Tras los saludos y las presentaciones de rigor desaparecen por completo los nervios, es como lo imaginaba, además de muy alto es muy afable, simpático y conversador. Iniciamos el recorrido que ha preparado Mikel cerca de la antigua fábrica de Ajuria, por una pista donde un cartel indica la dirección al Aratz. Comenzamos a ganar altura y a disfrutar de las primeras vistas del espléndido día que nos espera.


Esta primera parte del camino discurre a través de un entramado de pistas, y aunque abundan los carteles indicadores, puede resultar fácil despistarse. Llevo el GPS, pero yendo con Míkel es como si lo llevara de adorno pues parece conocer todos y cada uno de los desvíos que debemos tomar. Entre el arbolado, a través de un claro, destaca la peña de Marutegi y los restos de su antiguo castillo.

Abandonamos las pistas para tomar un bonito sendero rocoso que asciende entre las hayas y aprovechamos para charlar y conocernos un poco más.


Seguimos ascendiendo por el camino que, poco antes de salir a terreno despejado, se encajona entre las rocas y toma un aspecto soberbio. Llegamos a una zona de pastos donde destacan las vistas sobre el cercano Aizkorri y una borda conocida como la del tuerto, su historia tendrá, supongo… A nuestra derecha tenemos ya el Aratz. Antes de remontar la fuerte pendiente avanzamos un poco a media ladera, pero finalmente no queda más remedio que tirar recto para arriba, este será el tramo más duro que debamos afrontar en todo el día.


Esta parte de la subida se me está atragantando un poco, Jefoce siempre se deshace en halagos para con mis fotos y más de una vez me ha preguntado por mis “secretos”… pues bien, hoy voy a desvelar el más evidente, pero en el que nadie repara: cuando subo muy asfixiado o falto de fuerzas me paro muchas veces, necesito coger aire, y ahí es donde aprovecho para sacar fotos que para otros suelen pasar desapercibidas. Así que ya lo sabes Mikel, hay que subir despacito, despacito.

Antes de hacer cima en el Aratz se pasa por una cota secundaria, Elurzuloak, que como nos explica Mikel, debe su nombre a dos enormes neveras naturales que hay bajo su cima, en la vertiente norte. Aprovechamos para hacernos la primera foto de grupo del día y disfrutar de las preciosas vistas que tenemos a todos lados, después cada uno sacando fotos por su lado para finalmente dirigirnos hacia la cercana cima del Aratz.

Recorremos los pocos metros que nos separan de nuestro objetivo principal y nos despojamos de las mochilas, durante unos instantes nos dedicamos a disfrutar de las vistas para luego pasar a dar buena cuenta del bocadillo, que nos lo hemos ganado.


En estas estamos cuando aparecen un grupo de montañeros que se saludan efusivamente con Mikel, son sus tíos y unos amigos de éstos, que también han elegido hoy el Aratz para su salida montañera.
Abandonamos la cima de Aratz no sin cierta pena, al menos por mi parte, es un lugar que me ha gustado mucho y al que no creo que tarde en volver, pero debemos seguir, vamos bajar hacia Imeleku, o Aratz Txiki, como lo llaman los tíos de Mikel, para completar un recorrido circular. El descenso es rápido, enseguida se pierde de vista la cima y la mirada se va hacia Imeleku, en el que también destaca su cima rocosa.

El intenso azul del cielo y las nubes nos ofrecen la posibilidad de sacar fotos muy vistosas y no desaprovechamos la oportunidad, además, ya conoceis mi secreto, y es que bajando también me canso…

Llegamos al collado donde se inicia la subida al Imeleku y, aunque se puede evitar, nos metemos unos momentos en un precioso hayedo, en un mes esto va a coger unos colores increíbles. Hacia atrás queda el Aratz


Tras una corta subida alcanzamos la cima de Imeleku donde nos encontramos con dos curiosos buzones, uno de ellos en forma de cohete, aunque alguno intentó darle un uso muy diferente, y otro que a mí me gustó mucho ¿por qué será? De nuevo las cámaras de fotos salen a relucir y nos retratamos unos a otros, en todo tipo de posturas, unas más montañeras que otras…

Imeleku me ha gustado mucho y me parece el complemento perfecto para cualquier ruta que pase por la cima del Aratz, tiene unas vistas muy buenas sobre la llanada y tiene una vertiente rocosa que recuerda a zonas de mucho más renombre, tipo Pirineos o Picos. El cielo y las nubes siguen dando un toque de color especial a las fotos.


Descendemos siguiendo las marcas rojas y blancas del sender GR de la vuelta a Gipuzkoa para dirigirnos hacia el collado de Allarte. Hacia Navarra aún persiste la niebla y hacia atrás Imeleku nos sigue brindando la oportunidad de sacar bonitas fotos y llevarnos un buen recuerdo para casa.

En el collado de Allarte tomamos la pista que desciende directamente hacia Araia, pero nos desviaremos hacia el nacedero del río Zirauntza, donde ya estuve hace poco, un lugar desconocido para todos mis acompañantes, incluido Mikel, así que vamos a aprovecha para acabar la jornada junto al relajante sonido de las aguas del arroyo.
Abandonamos la pista y tomamos un camino a la derecha que discurre pegado a un canal que nos llevará hasta el nacedero, un bonito y tranquilo lugar para pasar una tarde de verano. De nuevo toca sesión de fotos.


Dejamos el nacedero para afrontar el último tramo de nuestro paseo. Caminamos junto al arroyo que discurre en sucesivas cascadas formando pequeñas pozas en las alguno tuvo la tentación de meterse, es un lugar muy bonito.

El paseo llega a su fin, ha sido un día redondo, por el recorrido, por la meteorología y sobre todo por la compañía, pero aún nos queda tiempo de disfrutar de esto último pues aprovechamos para comer en un restaurante de Araia y compartir un rato más con nuestro anfitrión, Mikel (Jefoce), un gran montañero y una gran persona.



 



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28 de septiembre de 2008

Sierra de Gata: Bolla Grande (montañas de extremadura)


El verano quizás no sea la mejor época del año para moverse por estas montañas, pero no tengo muchas oportunidades de acercarme por estas tierras a lo largo del año, así que hay que aprocechar cuando se puede. Después de abortar el intento de ascensión a esta montaña un par de días debido al intenso calor y a que tampoco me apetecía mucho madrugar, para qué voy a mentir, finalmente decidí desechar el recorrido que tenía pensado, una circular de casi 20 kilómetros, y en una sálida corta hacer únicamente la cima de la Bolla Grande y volver para casa, lo que no me llevaría más de tres horas en total. Le propuse a mi mujer que me acompañara y accedió.

Salimos de casa a eso de las 8,30 de la mañana y nos dirijimos hacia la cercana localidad de Robledillo de Gata, aquí empezaba el recorrido original, pero ascendemos con el coche hasta lo más alto del llamado puerto viejo y tomamos una pista de tierra a la derecha . Al llegar a un cruce de pistas y cortafuegos dejamos el coche y comenzamos a remontar el amplio cortafuegos que, sin complicaciones de ningún tipo, nos llevará hasta la cima de la Bolla Grande.

Debemos pasar dos pequeñas cotas, Hiedra Mayor, de 1096 metros y el Cotorro Albecerro, de 1263 metros. La pendiente no es muy fuerte, pero sí es constante, así que nos tomamos la subida con calma. Ante nosotros comienzan a mostrarse las amplias vistas hacia la meseta castellana, especialmente de la zona conocida como La Malena, donde predomina el monte bajo, brezo, jara, escoba... el terreno está surcado por infinidad de pistas y cortafuegos.


En la última parte de la subida la pendiente es más pronunciada, el cortafuegos se ensancha y las vistas sobre el valle del río Arrago y La Malena son excepcionales. Mari, mi mujer, se queda un poco rezagada, además de estar un poco desentrenada nota los efectos del tabaco, pero en un plis plas se planta en la cima tras de mí.

La redondeada cima de la Bolla Grande está presidida por un vértice geodésico, por aquí no parece costumbre marcar las cimas con buzones. Aunque el acceso sea muy fácil, tengo la impresión de que no es una cima muy visitada, pero merece la pena acercarse hasta ella, aúnque sólo sea para contemplar la inmensa vista que se aparece ante nuestros ojos.


Llegar hasta arriba nos ha llevado poco más de una hora, menos tiempo de lo esperado, el día es muy soleado, lo normal para esta época del año, pero no calienta como yo esperaba, la verdad es que hace una temperatura muy agradable. Le propongo a Mari continuar por la pista que recorre el cordal para alargar un poco la excursión, después bajaremos por otro cortafuegos hasta una pista que nos llevará directamente al lugar donde hemos dejado el coche. El camino es cuesta abajo, aúnque la vista nos engaña, ya que tendremos que superar un par de fuertes repechos, pasando por otra pequeña cota, Cotorro de la Golondrina, de 1457 metros, pero continuamos con nuestro paseo.

Llegamos al cortafuegos por el que teníamos pensado bajar, pero decidimos dejarlo de lado y seguir adelante, vamos a completar el recorrido que yo tenía pensado y que deseché pensando que el calor iba a ser agobiante, seguiríamos por la pista hasta un nuevo cortafuegos que baja directamente a la localidad de Ovejuela para luego remontar el río Ovejuela hasta la preciosa cascada del Chorrituero


Caminamos cómodamente por el cortafuegos hasta que llegamos a una zona donde la pendiente pasa del 40%, por momentos da la impresión de que estamos justo encima del pueblo de Ovejuela. A lo lejos podemos ver ya el salto de agua del Chorrituero.

Bajando por el cortafuegos cruzamos una pista que nos da un pequeño, pero corto respiro, pues la vertiginosa bajada continúa y el terreno se vuelve cada vez más incómodo, estamos llegando a la parte final del cortafuegos, donde unas curiosas formaciones rocosas emergen del suelo, como si fuesen guardianes de la montaña. Ante mí se pasea un pequeño y precioso ejemplar de la mariposa macaón (papilio machaon), no me he traído el objetivo macro, pero hay que aprovechar esta oportunidad...




Seguimos bajando, ahora ya por un sendero, hacia el río, dejando de lado el pueblo. En el río nos refrescamos un poco, lo cruzamos y continuamos por un camino que desemboca en el sendero de pequeño recorrido, señalizado con marcas de pintura blanca y amarilla que lleva hasta la base del Chorrituero. Debemos remontar el río pegados a su cauce, cruzándolo varias veces. En esta época del año el río no lleva mucha agua, por lo que el camino, que en algunos tramos transcurre casi por el lecho del río, no resulta complicado.

El camino serpentea y tras una revuelta nos topamos de frente con el bonito salto de agua que cae desde unos 30 o cuarenta metros formando una pequeña piscina de aguas cristalinas. Hacía muchísimo tiempo que tenía ganas de visitar este lugar que, con más agua, debe ser espectacular, pero aún con poca merece la pena visitarlo y darse un chapuzón.


Nos sentamos bajo la cascada a contemplar la caída del agua y mientras Mari charla con una pareja que se ha acercado al lugar a pasar el día junto con su hija, yo aprovecho para sacar fotos y más fotos, después habrá tiempo para un chapuzón y comer algo tranquilamente junto al río. El agua sale proyectada al vacío por una pequeña canal en la roca y después se divide en varias cascadas que se deslizan sobre la roca y acaban cayendo sobre el pequeño pozo que se forma. Es un lugar con un encanto especial.

Da pena marcharse de este lugar, pero debemos continuar, lo que iba a ser un corto paseo hasta la cima de la Bolla Grande se está alargando, hace ya seis horas que iniciamos el recorrido, aunque es cierto que hemos pasado un buen rato en el Chorrituero. De espaldas a la charca y a nuestra derecha nace un sendero, si mis apuntes son ciertos nos debería llevar hasta el sendero GR-10 que pasa por Ovejuela y remonta la sierra hasta su parte más alta para luego bajar hasta hasta Robledillo de Gata, es el camino que debemos seguir. Comenzamos a subir por el camino, parece como si lo hubiesen habilitrado no hace mucho, o al menos lo han estado limpiando. Ascendemos rápidamente y, efectivamente, acabamos saliendo al GR-10, perfectamente señalizado con las marcas de pintura roja y blanca. A nuestra espalda se muestra el Chorrituero en todo su tamaño y esplendor.


A nuestra derecha queda el barranco por el que discurre el río, que nace bajo las faldas de la Bolla Grande. Ahora podemos ver perfectamente el lugar en el que agua se desploma formando la cascada.

Caminamos acompañados por el aroma de la jara y el brezo para internarnos en una zona donde conviven los pinos, robles, castaños y alguna que otra encina. El paisaje es precioso, Las marcas rojas y blancas no dan lugar a dudas del camino a seguir hasta llegar al cordal de esta sierra.

Salimos al amplio cordal, en terreno completamente despejado, junto a un poste de señales que indica las diferentes rutas que se pueden seguir. Dejamos las marcas del GR para tomar hacia la derecha por la pista principal por donde ya sólo nos queda llanear hasta llegar al coche.






t r a c k

22 de septiembre de 2008

Pirineos: La Tierra de los Sueños


Tras casi un mes de preparativos y después de nueve meses desde mi primera visita a los pirineos, por fin había llegado la hora de volver. Un fin de semana entero, pero la cosa no empezó bien, por circunstancias personales no pude marchar el viernes con el resto del grupo, así que salgo de Bilbao el sábado a las doce del mediodía en dirección a Isaba. Probablemente a esta hora mis compañeros estén ya en la cima de la Mesa de los Tres Reyes disfrutando de aquellos paisajes. No puedo evitar sentir un poquito de envidia, lo que daría por poder estar allí arriba con ellos... En fin, para aprovechar la tarde, mi intención es subir directamente al puerto de Belagua y, desde allí, realizar alguna ascensión tranquila o pasear por la zona haciendo fotos, buscar un lugar elevado y esperar a la puesta de sol, que desde aquí y con el telón de fondo de estas montañas, debe ser espectacular. Podría haber sido Lakartxela, podría haber sido Bimbaleta, o Lakora, el Arlas, Txamantxoia, Ezkaurre, o incluso La Paquiza, pero hay momentos en la vida en los que un hombre tiene que hacer lo que un hombre tiene que hacer, y yo, tenía que subir a la Mesa de los Tres Reyes. Tras cruzar Isaba marco el intermitente a la derecha, dejo la carretera del puerto de Belagua y cojo el desvío que lleva primero a Zuriza y después al refugio de Linza.
Son las cuatro de la tarde, el refugio, el parking y las campas de Linza están llenas de personas que regresan después de haber hecho cima, unos en La Mesa, otros en Petrechema, Atxerito, Chinebral... pero todos vuelven, yo, comienzo a subir.




Durante la subida me cruzaré repetidas veces con grandes y pequeños grupos de montañeros que regresan y, además del típico y cordial saludo, hay una frase que se repetirá varias veces: “..pero, ¿ahora vas para arriba?” Pues sí, ahora voy para arriba. Las primeras rampas discurren por terreno en el que el verde de la hierba sólo se ve alterado por los senderos que evidencian lo muy concurrida que es esta subida.
Creo que nunca he comenzado una ascensión con la emoción con que lo estoy haciendo hoy, he leído y he visto tantos reportajes en internet sobre esta zona que creo conocer al dedillo cada uno de sus rincones, pero al mismo tiempo me resulta todo irreconocible, comienzan a aparecer ante mí los primeros gigantes y apenas recuerdo sus nombres.




A cada paso que doy encuentro un motivo diferente para deternerme y tomar una fotografía, a este paso no voy a llegar nunca, pero qué más da, no sé cuando volveré a tener una oportunidad como esta, así que voy a disfrutarla a mi manera.
Cada vez que miro hacia atrás el panorama es el mismo, da igual cuantas veces mire, parece siempre la misma imagen, la impresionante estampa del Txamantxoia y montañeros que descienden hacia Linza.
Apenas he avanzado unos cientos de metros y las piernas comienzan a recordarme que no he comido nada en todo el día y que será mejor que me lo tome con calma. Me aparto un poco del camino y me siento. Mientras como no puedo dejar de obserbar cómo se mueven las nubes y el continuo goteo de personas bajando por el camino, ahora parezco uno más de ellos, pero que no ha aguantado a llegar hasta Linza para reponer fuerzas.




Atravieso el rellano que forma el Sobrante de Linza, una de las zonas que, junto al collado de Linza, proporciona un pequeño respiro en la larga y dura caminata hacia la Mesa. Bajo la cima de Lapakiza de Linzola nace un arroyo que se desploma en cascadas hasta llegar al Sobrante de Linza, donde se remansa un poco y sirve para refrescarse antes de volver a encajonarse y desaparecer. Desde aquí, otros gigantes comienzan a dejarse ver, Chinebral de Gamueta.
A los pies de Lapakiza el camino se vuelve a poner cuesta arriba, bastante cuesta arriba, pero cuanto más alto, más bonito se vuelve el pasisaje. A un lado las empinadas laderas de Lapakiza, y al otro el cordal que lleva la vista hacia Chinebral de Gamueta y Atxerito. Hacia atrás sigue presente Txamantxoia y se aprecia mejor la mole rocosa de Ezkaurre. Hacia abajo, los verdes prados del Sobrante de Linza y un pequeño refugio.




Este tramo de subida se me ha hecho bastante duro y largo, pero una vez superado, me da un pequeño respiro, ahora estoy en una zona de menos pendiente y la próxima parada no será hasta llegar al collado de Linza, si es que consigo parar de sacar fotos, claro.
El collado de Linza más que verse se intuye, pues se encuentra en una vuelta del camino, un camino que parece una pista de atletismo por los senderos tan marcados entre la hierba, dan ganas de echar a correr, pero mejor no, esto no es una carrera de relevos, sino más bien una maratón.
Una pequeña subida por un paso entre rocas y ya puedo ver el collado de Linza. Sé que desde aquí ya se ve la cima de La Mesa de los Tres Reyes.
La emoción con la que comencé la subida es ahora mayor, quizás hasta tengo algo de nervios ¿cómo será la primera imagen que tenga de la Mesa? ¿será como me lo imaginaba? ¿y si me decepciona? Es una tontería, pero la primera imagen de una ciudad o, en este caso, de una montaña, es una de esas cosas que me gusta recordar.



No es como lo imaginaba... es mucho mejor. Esa imagen que tantas veces he visto en fotografías está ahora delante de mis ojos y os aseguro que de todas esas imágenes que he visto, esta siempre será la mejor. Pero la Mesa no está sóla, de frente, desafiante y como girando la cabeza para ver quien se acerca por Linza, está el Petrechema.
Después de este primer momento de encuentro y miradas fijas hacia las cimas, es tiempo de descansar un poco y deleitarse con el conjunto. La Mesa y Petrechema son impresionantes por sí mismos, pero el marco incomparable de pequeñas cimas rocosas y prados que las rodean hacen que la vista no alcance a contemplarlo todo, sobre todo lo que hay detrás de ese cresterío, los PIRINEOS con mayúsculas.
Desde el collado de Linza se puede elegir entre dirigirse por un sendero hacia la derecha, dirección al Petrechema, o continuar por el camino más ancho y marcado, dirección a la Mesa. Este camino, en descenso, da acceso a un lugar cuyo nombre lo dice todo, La Hoya de la Solana, un lugar desde el que las vistas del cresterío entre Petrechema y la Mesa son de quitarse el sombrero, o mejor no, porque aquí el sol puede ser abrasador, y el calor asfixiante, es un lugar que nos recuerda que para subir a la Mesa hay que ir bien provisto de agua.




A medida que avanzo la Mesa va desapareciendo de mi vista, sin embargo, Petrechema se va mostrando en todo su esplendor.
Sigo cruzando la Solana para dirigirme a una zona rocosa donde el camino se vuelve otra vez cuesta arriba. Decido sentarme a comer otro poco y, como no, a sacar fotos sin parar, cada paso que doy me ofrece una visión mejor del paisaje, o al menos eso me parece a mí.
En esta zona, hablar de roca es hablar también del pino negro, es increible ver como esta especie se agarra a un suelo en apariencia tan estéril y cómo sus ramas toman las formas más insospechadas.




La Solana le ha dado un respiro a mis piernas, pero se me ha hecho un poco larga y noto mucho el esfuerzo, sobre todo al empezar a subir el tramo hacia las rocas, que también parece que no se acaba nunca. Me he cruzado con tres montañeros, las últimas personas que veré y, sí, ellos también me lo han dicho “pero, ¿vas para arriba?” Pues sí, voy para arriba. Son las seis de la tarde.
Algo no va bien, ya he comido un par de veces y he bebido cuando el cuerpo me lo ha pedido, pero las piernas no van como debieran. Hace bastante calor, pero tampoco me parece tan agobiante, llevo la gorra y la he mojado cada vez que he pasado junto a algún arroyo, el último en la misma Solana, así que la cabeza no se me ha calentado, aparte del subidón emocional por estar donde estoy, pero la cosa no va bien. Subo con la mirada clavada en el suelo, prefiero no mirar para arriba, tanto que me he salido del camino y para volver al mismo en lugar de retroceder y bajar para luego tener que volver a subir, sigo subiendo por las rocas, trepando hasta alcanzar la parte alta de este “pequeño” promontorio que hay que cruzar. Al llegar arriba me encuentro en una zona de karst, con enormes grietas cubiertas de neveros, pero que dejan entrever lo que se esconde bajo ellos, tengo que reconocer que por un momento me ha entrado hasta miedo, algo más abajo puedo ver los hitos que marcan el camino correcto y me apresuro a bajar hacia ellos, este trozo me pone los pelos de punta...




De vuelta al camino correcto este desciende hacia un pequeño barranco para enfilar en línea recta y bajo las laderas del Budogia hacia la Mesa, que vuelve a ser visible. Esta imagen parece haberme dado nuevas fuerzas para seguir adelante, parece tan cercana... pero aún queda mucho por andar y mucho desnivel por delante, estoy sobre los dosmil metros
La aparición de pequeños neveros le da un aire aún más montañero si cabe a la ascensión y me da la oportunidad de sacar fotos de gran belleza, lo que tengo claro es que el recuerdo que me voy a llevar para casa será imborrable.
El camino, perfectamente marcado hasta ahora, se difumina por momentos al cruzar por zonas de rocas sueltas. Al ganar altura, Petrechema, que también había desaparecido de mi vista, vuelve a asomarse sobre la cima de Mouscate, y por primera vez puedo ver la aguja de Ansabere. En el horizonte puedo vislumbrar algunas cumbres del pirineo francés y del aragonés.




De nuevo aparece el pisado sendero, ahora las zonas de roca están cubiertas de neveros y las huellas de todas las personas que han pasado hoy por aquí marcan el paso más fácil, un paso que cada vez se vuelve más lento, más cansino y más duro. La cima, que hace un rato me parecía tan cerca parece estar ahora a kilómetros de distancia, necesito parar cada pocos pasos, por más que lo intento creo que voy al límite. Me paro un momento para coger aire, miro el GPS, estoy a 2.276 metros de altura, me quedan casi 200 de desnivel y son casi las siete de la tarde...
Cuesta reconocerlo, pero hoy, estas vistas serán toda mi recompensa, no puedo seguir, al paso que voy no sé cuanto tiempo tardaría en llegar a la cima, es más, no sé si hubiera sido capaz de llegar. Además, luego hay que bajar, aunque por algún momento se me ha pasado por la cabeza la descabellada idea de vivaquear por aquí, pero hay un pequeño detalle, nadie sabe donde estoy.




No me siento abatido, ni desilusionado, sino todo lo contrario, me siento afortunado por estar donde estoy, ver lo que estoy viendo, caminar por donde estoy caminando, pensando en que tarde o temprano volveré y subiré esta montaña, y aquella otra, y la de más allá, aunque no sepa sus nombres, y no las subiré sólo por el hecho de subirlas y contarlo, sino para disfrutar de ellas igual que he disfrutado hoy.
Comienzo el camino de vuelta. Cruzo otra vez los mismos neveros, las mismas pedreras, el mismo karst, pero parecen diferentes. El sol está bastante bajo y la luz crespuscular comienza a teñir todo lo que toca, es una hora mágica para la fotografía, así que parece que aún me queda un buen rato para disfrutar.
Mientras atravieso la Solana no puedo evitar reirme al recordar como hace apenas dos horas, mientras subía por aquí, iba pensando en lo que escribiría después en el blog, cosas como “sólo los sarrios y las marmotas son testigos mudos de mi sufrimiento, de esta hazaña que estoy a punto de culminar” y es que justo en este punto y seguido unos de la otra, se me han cruzado dos sarrios como una exhalación y una marmota. Al final ha sido cierto, han sido testigos, pero más del sufrimiento que de una gran hazaña.




De nuevo en el collado de Linza, igual que antes estaba emocionado por la primera imagen que iba a tener de la Mesa, ahora lo estoy porque va a ser la última. Me siento sobre la hierba pues este es otro de esos momentos que me gustará recordar.

El sol se oculta tras las nubes antes de despedir el día y todo se oscurece. De vez en cuando las nubes dejan escapar algún rayo de sol para que toque la cima de estas montañas y me deje disfrutar hasta el último minuto del día en que no subí la Mesa de los Tres Reyes, pero que me paseé por la tierra de los sueños.



 


21 de septiembre de 2008

Pirineos: La llamada


Como casi todos los años, mi cuñado “el montañero” y su pareja regresaban de unas largas vacaciones recorriendo Europa en un ZX que tiene una pila de años y de kilómetros, pero que nunca les falla. Y como todos los años, dejan unos cuantos días para pasearse por los pirineos. No todos los días recibo una invitación para acercarme a estas montañas, así que, cuando recibí la llamada de “el montañero”, ni siquiera le pregunté que cima tenía pensada, simplemente le dije “dime donde y cuando” (previa autorización de mi mujer, claro).
Salgo de trabajr el viernes y después de comer me dirijo a Zuriza, donde hemos quedado y donde pasaremos la noche en el albergue del camping para, a la mañana siguiente, ascender el Mallo de Atxerito. Tras un buen desayuno y un café/colacao en el bar del camping, nos dirigimos hacia el refugio de Linza, donde aparcamos el coche. El aparcamiento está hasta arriba así que tenemos que dejar el coche unos cientos de metros antes del refugio, el número de personas que seguramente se dirijen a la Mesa de Los Tres Reyes es muchisimo mayor que el de los que tomamos la dirección contraria, de hecho, sólo “el montañero”, su pareja y yo tomamos el camino que nos llevará al paso del caballo. Ante nosotros destacan las blancas paredes de roca del Ezkaurre y la cima piramidal de Txamantxoia.

En seguida comienzan las primeras rampas que nos llevan hasta el paso del caballo, el cual se alcanza en pocos minutos, descendemos unos metros y proseguimos la ascensión hacia el collado del paso del oso remontando una senda que discurre a través de un bonito hayedo. El sol va a calentar de lo lindo y, aúnque aún es temprano, se agradece la sombra que proporcionan las hayas.

Una vez en el paso del oso, me desvío un poco a la izquierda para encamarme a unas rocas y contemplar las vistas hacia la Paquiza de Linzola y la zona por la que discurre la subida a la Mesa de los Tres Reyes.

La estampa es para sentarse un rato a disfrutar de las vistas, pero nos queda mucho camino por delante, mucho y duro, porque la rampa que tenemos enfrente es de las que quitan las ganas de seguir adelante.

Delante nuestro suben una pareja con un niño de unos diez años, el pobre está hecho polvo, no me estraña, su padre nos comenta que esta es la primera vez que le llevan al monte... pues se le van aquitar las ganas de volver. Más o menos a mitad de la subida, gracias a dios, hay que desviarse hacia la izquierda para buscar un sendero que parte desde un pequeño llano y que en suave pendiente va bordeando la infernal loma que lleva hacia Chinebral de Gamueta. Siguiendo este sendero se llega a la Plana de Diego, una pequeña depresión que hemos de remontar, primero por terreno herboso y después entre rocas, ya siempre bajo las impresionantes paredes de Chinebral de Gamueta a nuestra derecha y con la vista puesta en la cima de Atxerito.

Este tramo proporciona un pequeño respiro a las piernas antes de afrontar las rampas que dan acceso al collado del Huerto y que a mí se me hizo algo durillo, claro que aún no había visto de cerca la pala final de subida... Dejamos a nuestra izquierda el sendero que desciende hacia las Foyas del Ingeniero y al barranco de Petrechema. A nuestra derecha las impresionantes paredes de Chinebral de Gamueta.

Llegamos al collado del Huerto y la vista que tengo ante mis ojos hace que me olvide del esfuerzo realizado. Son los Pirineos con mayúsculas. Allí al fondo hay una silueta oscura inconfundible, lo he visto tantas veces en foto... de los demás necesito la ayuda de mi cuñado para ponerles nombre, pero el Midi es inconfundible, esta es la primera vez que lo veo en persona. El paisaje que se abre a mis pies es impresionante.

Como decía antes, ahora tenemos delante nuestro la pala final, lo más duro de la ascensión, a mí se me hizo interminable, no sé cuantas veces me paré por el camino, y no fui el único... no, mi cuñado “el montañero” ni siente ni padece, ese sube como un cohete. Además, para más INRI, subía tan asfixiado que no me di cuenta y me desvié del sendero que rodea la antecima siguiendo los pasos de un par de chicos que iban delante siguiendo trazas de un sendero que se dirigía a una brecha tras la cual yo suponía que estaba la cima, pero no, lo que había era una pequeña canal que había que destrepar, los chicos que llevaba delante se dieron la vuelta para regresar al camino correcto, pero yo decidí bajar por la canal como un jabato, eran unos diez metros casi en vertical, pero con muy buenos agarres, después ya sólo quedaba remontar unos metros para llegar a la cima, donde “el montañero” y su pareja hacía un rato que habían llegado.

Una vez más las vistas hacen que uno se olvide del esfuerzo realizado y de otras muchas cosas que nos agobian en el día a día. La vista se pierde en el horizonte. Nos hacemos la foto de cima y avanzo un poco por el cordal buscando un lugar donde sentarme un poco a recuperar el aliento y disfrutar del inmenso paisaje que tengo delante.

Desde aquí, con la ayuda de los prismáticos, se puede contemplar como en la cima de la Mesa de los Tres Reyes se amontona la gente, sin embargo, aquí, no estamos más de diez personas, unos llegan y otros se van, pero todos aprovechamos para reponer fuerzas, yo también, por supuesto, pero sigo deleitándome con las vistas a uno y otro lado. Por la zona francesa, como casi siempre, un manto de nubes choca contra las montañas.

No se cuanto tiempo hemos estado en la cima, pero se me ha hecho muy corto, es una pena, pero tenemos que iniciar el camino de vuelta, yo debo regresar a Bilbao, y son tres horas y media de camino, así que no queda más remedio que volver, pero la diversión no ha terminado, comenzamos la que sin duda ha sido la bajada más bonita que he hecho nunca, nos dirigimos a las Foyas del Ingeniero.

La bajada por las Foyas del Ingeniero es vertiginosa, por terreno de roca descompuesta y propicio a los resbalones, al principio se desciende encajonado entre rocas en las que se agarra el pino negro y poco a poco se va abriendo hacia el barranco de Petrechema ofreciendo unas fabulosas vistas de la cara sur de esta cima. A medida que bajamos no puedo dejar de mirar hacia atrás, es un paisaje que te engancha.

Por suerte, a mi cuñado “el montañero” también le gusta sacar muchas fotos, así que aunque continuamente me quedo rezagado, no tardo mucho en dar alcance a la pareja para, una vez más, volver a quedarme atrás, un árbol, un cairn, el sendero marcado en una pedrera, todo es excusa para sacar una foto.

La bajada se suaviza antes de alcanzar el barranco de Petrechema, hacia cuyo fondo nos dirigimos nosotros, tras cruzar una gran pedrera salimos a un llano y nos desviándonos del camino que lleva hasta Linza pasando por el refugio de Petrechema, para así continuar por el fondo del valle, donde las vistas hacia atrás son para recordar.

Una vez en el fondo del valle el resto del camino es un agradable paseo entre árboles, cuya sombra a estas horas y a estas alturas del recorrido se agradece enormemente. Es una pena que la fuente de Linza, con ese agua tan fresca, no esté más arriba, pero aprovechamos para refrescarnos, llenar las cantimploras y llevarnos algo que, al menos a mí, aúnque sólo sea por unas horas, me va a recordar el magnífico día que hemos pasado.

Entre bromas le digo a mi cuñado “el montañero” y su pareja que tengo ganas de que se vuelvan a marchar de vacaciones, o mejor, de que vuelvan de vacaciones y volver a recibir esa llamada invitándome a subir una montaña con ellos, la que sea, me da igual, pero por favor... ¡que me llamen!




 


 

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