22 de noviembre de 2007

San Vicente, haciendo difícil lo fácil

Fecha: 18-11-2007
Lugar: Sierra de Hornijo (Cantabria)
Cimas: San Vicente 937

Normalmente planifico mis salidas durante la semana, me documento a través de libros y de Internet, estudio las diferentes rutas y preparo un par de posibles salidas, pero hasta última hora no decido cual de ellas voy a hacer. Para este día tenía prácticamente resuelto que iba a ascender al Kolitza, en los montes de Ordunte, y después me acercaría hasta el Burgüeno, pero el sábado apareció mi cuñado “el montañero” y cada vez que viene aprovechamos para hacer una buena salida... montañera. Aunque esta vez venía con poco tiempo y se conformaba con hacer alguna cima donde no hubiese estado antes, así que como Kolitza y Burgüeno ya los había subido, había que cambiar de planes. Como ya le conozco un poco, le hice tres propuestas, pero ya sabía cual de ellas iba a elegir, la que yo quería hacer. Las propuestas eran, Balgerri en Ordunte, Lekanda por Gorbeia y... San Vicente. "Casualmente" yo había sacado días antes en Internet la ruta para subir a este último, con alguna fotografía de su impresionante silueta y en cuanto lo vio se dibujó una pequeña sonrisa en su cara “este”, no dijo más.

Madrugón, desayuno y coche hacia Ramales de la Victoria, donde hacemos una pequeña parada técnica para tomar café y tener una primera imagen de este pequeño coloso. La vista de la imponente silueta de la montaña que se tiene desde Ramales augura una subida emocionante, pero aún no nos imaginamos cuan emocionante va a ser, aunque con “el montañero” me puedo esperar cualquier cosa. Dejamos Ramales atrás y nos internamos en el valle de Soba para dirigirnos al lugar donde comenzaremos la subida, paramos un par de veces para hacer fotos, paradas cortas porque hace un frío que pela, hasta los árboles tienen escarcha.

Le indico a “el montañero” que debemos dejar el coche en Rozas, donde nos recibe una multitud de perros eufóricos, casi que aquí no nos bajamos, mejor un poco más adelante, pero al ver que la pista que se dirige a Manzaneda es de cemento y perfectamente transitable decide llegar hasta este barrio. Según el “libro de ruta” la ascensión comienza tras la última casa del barrio, lo cual está muy bien si sabes cual es la última casa, porque Manzaneda no es un núcleo sino caserones desperdigados. Continuando por la pista llegamos a un punto donde comienza a descender y a la izquierda sale otra pista de tierra en sentido ascendente, dos mas dos cuatro, giramos a la izquierda, un poco más adelante lo mismo pero a la derecha y, así hasta que se nos acaban las pistas. Bueno, pues aquí dejamos el coche. El San Vicente y su sierra son perfectamente visibles y no parece difícil llegar hasta su base. Invertimos unos minutos en intentar localizar algún sendero o marcas de pintura que nos guíen, pero no encontramos nada, y como buenos bilbaínos decidimos que la línea recta es el camino más corto. Grave error.




Nos hemos metido en un lapiaz de impresión. Tenemos delante nuestro una zona herbosa hacia la que nos dirigimos, pero a cada paso que damos, mas difícil nos resulta avanzar, difícil y peligroso, el terreno está lleno de gritas cubiertas por la vegetación, y para más INRI, yo me he dejado las botas y el bastón en casa y voy en zapatillas, por suerte “el montañero” siempre lleva un par de “makilak” (bastón de madera) en el coche y hoy, más que nunca, me va a resultar de gran ayuda. Seguimos avanzando y, por fin, tras pasar una hoyada y salir trepando, llegamos a terreno despejado ¡hemos invertido casi una hora en el maldito lapiaz!



No tenemos ninguna referencia del camino a seguir y lo que pone en la ruta que saqué de Internet ya nos da igual. Tenemos dos opciones, atacar la cima directamente o dirigirnos hacia el collado de la Muesca Grande y hacer el recorrido por el cordal. Dado lo cerca que estamos de la Muesca Grande, decidimos que esta es la mejor opción. Segundo error. Junto a la Muesca Grande, separadas por una pequeña mole de roca, El Piquete, se encuentra la Muesca Chica, que en cierta forma recuerda a la brecha de Roldan, en los Pirineos. La silueta de la sierra es realmente bonita.


Ahora debemos remontar la fuerte pendiente hasta alcanzar el cordal. No hay ningún camino marcado y buscamos los pasos más fáciles. Llega un momento en que nos separamos, yo decido subir trepando por una zona de rocas y matorrales, y zarzas, y espinos, vamos, una delicia de paseo, pero enseguida alcanzo el cresterío. “El montañero” ha preferido ladear un poco, será la edad, pero enseguida se reúne conmigo arriba. Nos recreamos con las vistas hacia ambos lados de la cresta rocosa y enseguida nos damos cuenta de que crestear no era la mejor opción.



Pero ya no nos queda más remedio, así que nos ponemos a la faena. El principio parece cómodo, lo hacemos por el mismo filo del cordal, pisando sobre roca firme hasta que nos desviamos hacia la derecha para pasar una de las pequeñas cimas que hay antes de llegar al San Vicente. Ahora sí que nos metemos de lleno en otro lapiaz, otra vez rocas afiladas como cuchillos, grietas cubiertas de vegetación.. “el montañero” va delante y varias veces le oigo gritar ¡cuidado! después de hundir la pierna hasta la rodilla en algún agujero. El bastón se convierte en nuestro mejor aliado, hay que ir tanteando antes de poner el pie. Yo procuro buscar el paso firme sobre la roca aunque tenga que agarrarme y hacer algún que otro ejercicio de equilibrio, pero de todas formas el avance es lento y penoso.



Llegamos a la última de las pequeñas cimas que anteceden a nuestro objetivo. Debemos bajar a un collado, pero en línea recta es imposible, aquí el lapiaz se vuelve más salvaje, pináculos de roca que se elevan como penitentes. Retrocedemos unos metros y bajamos hacia nuestra izquierda en busca de un pequeño corredor herboso que desemboca en el collado. A partir de aquí que cada uno suba por donde pueda, total, ya no puede ser peor de lo que hemos pasado.



Y al fin... la cima. Como siempre, las vistas y cierta sensación de superación, son la recompensa a tanto esfuerzo. Miradas hacia el valle de Soba, hacia Santander, hacia la cercana cima de la Mortera, hacia Ramales de la Victoria, allá, bajo un precipicio de casi 900 metros. En el buzón me encuentro una ficha del Grupo Alpino Aldatz Gora de Bilbao, dejada por otros montañeros el día anterior. Lleva una nota escrita por detrás y al leerla no puedo evitar una carcajada, textualmente dice “... al principio del camino nos hemos despistado y hemos acabado subiendo como las cabras...” Vaya, parece que no somos los únicos...


Comemos, descansamos y para abajo, que a “el montañero” aún le queda un largo camino de vuelta a casa. Ahora sí, sin ningún problema hemos localizado los hitos y marcas de pintura que señalizan el camino, así evitamos bajar al collado y enfrentarnos con ese ejército de penitentes en forma de rocas. Además ahora el camino resulta mucho más cómodo y bonito, aunque no exento de dificultades, la pendiente es fuerte y entre piedras, un tropezón y bajaríamos rodando hasta el lapiaz donde empezamos el recorrido, y la verdad, no me apetece mucho.


“El montañero” tiene prisa, hemos salido del terreno rocoso y le he perdido de vista, pero es que mientras él sigue bajando, yo no puedo evitar darme la vuelta cada dos por tres para mirar la montaña. Parece que se ha unido a las nubes para hacernos señales, no sé si se está despidiendo de nosotros “adiós, hasta la próxima...” o nos está amenazando “si volvéis por aquí, no seré tan benevolente...” 


Ahora sí estamos en la última casa del barrio de Manzaneda, justo unos metros más adelante del lugar en el que nos desviamos por primera vez de la pista de cemento, pero bueno, así se aprende. Ultimas miradas al San Vicente y a su sierra. Al final el día ha dado para mucho, yo he subido la montaña que quería y “el montañero”... “el montañero” también.





 

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